viernes, 28 de abril de 2017

Lucio


El verdadero cementerio es la memoria
R.Walsh

Duerme Graciela, se deja envolver por la tibieza de unas sábanas blancas, mientras afuera la madrugada es agosto y el viento enloquece las ramas peladas. En su rostro se dibuja una sonrisa que no es de felicidad, es apenas un respiro. Desde hace un tiempo la felicidad no es para ella, es cosa del ayer. Se revuelve en la cama y la sonrisa por un instante se nota más, asoma entre sus labios un destello y luego vuelve el gesto sereno, por poco perceptible, un atisbo de sonrisa.

La abuela se divierte con Lucio, que payasea como él sabe hacerlo. Es un momento exiguo, unos minutos, que por muy repetido no deja de ser breve, un flash. La campera negra, el pelo hasta los hombros, una mirada de soslayo, de circunstancia, y en la cabeza un gorro de lana rojo, que simula con ojos blancos, cejas negras y nariz amarilla un pajarraco, algo así. Y la abuela que detrás de sus anteojos no sabe qué decir en su disfrute. Graciela los mira, con el mate en la mano, está en el flash aunque la escena no la muestre. Es un sueño.
El sueño, inasible, tiene sin embargo una base cierta, un ancla en la memoria. Ella y su hijo y su madre son lo que han sido: carne, pensamiento e historia. Sueño breve, una ráfaga, pero con un claro contorno de consciencia.
Yendo hacia atrás, Lucio es flaquito, le sobra remera alrededor de las costillas y está sano. El pelo negro, casi largo, enmarca sus ojos profundos, que son desafiantes. Sostiene una bandera cuya leyenda es una advertencia: podrán ignorarnos, pero no callarnos. Graciela, sin que haga falta soñar, recuerda aquel día, cuando desde el oeste llegaron a la plaza los inundados, ellos, a hacer oír sus voces. A reforzar su dignidad, dirá ella, cuando el agua que invadió todo no se había retirado todavía. Porque eso también le pasa: la Marcha de las Antorchas es también Lucio, todo es Lucio si se pone a pensar.
Graciela parece despertar, pero no. Se da vuelta, cuando afuera el viento silba entre los cables y a través de las ramas sin hojas de los fresnos. Lucio sigue mirando serio, riendo por dentro, atento a las reacciones de su abuela. Le muestra su perfil izquierdo, el de la mancha color café en la mejilla. Graciela piensa en su Manchau, aunque para algunos Lucio sea Bonete y para otros Bruja, por sus épocas de mechas largas y rebeldes.
Tiene Lucio en el sueño el mismo gesto grave de aquellos días, todavía días de impunidad para los que se refugiaron en su asqueroso poder, cuando hubo que llevar los muertos a la plaza, nombrarlos. Las cruces blancas, una por cada uno de los que faltaron, mostraron lo que no muchos querían ver, y menos en ese lugar. El martillo golpeando sobre la madera y ésta penetrando la tierra que respira y se mueve, hinchándola por dentro. No hay huesos allí abajo, pues lo que se trasladó fue la memoria, que para desgracia de quienes no pueden caminar esas calles en paz es incesante.
El sueño es corto, es el show de entrecasa, y en su fugacidad no se ve más que al hombre, al hijo, en ese instante preciso, ante la abuela. Ocurre entre viaje y viaje del camionero que necesita de los caminos, más los de vuelta que los de ida, y que va escuchando a Hendrix o Motorhead Bastards, ese discazo.
Porque esa es otra, en la escena que recrea Graciela Lucio está vivo, aunque un día de septiembre tuvo que irse, justo a los 33. También hay consciencia de eso, de que en un cierto modo todavía anda por acá, tocando la guitarra o recomendando alguna vieja canción de Larralde. Graciela puede escuchar sin esfuerzo una voz que dice: así es el fulbo, m’hijo, o verlo tirado panza arriba con un libro de Borges en las manos, a veces echando el humo del cigarrillo con los ojos achinados.
Y en la lucidez extraña de la noche, mientras el viento se calma y deja lugar a un silencio un poco más perfecto, Graciela sabe, lo supo con el tiempo, que los días difíciles de la crecida, de la huida y de la lucha, eran difíciles, sí, pero tenía más fuerzas y estaban todos los suyos. Y un gesto fiero se le dibuja, la cara apoyada en la almohada, ante la angustia de saber que no es posible dar hasta lo que no se tiene por volver a aquellos días de luchas difíciles.
Nadie podría decir con precisión cuántas marchas fueron, ni mucho menos cuántas antorchas se encendieron. El fuego, tironeado por el viento, ese que allá afuera ahora se calmó, supo iluminar el oscuro palacio de calle San Jerónimo, pero no para concederle algún brillo, sino para dejarlo en evidencia, en contraste con su resplandor.
El payaseo del Manchau, sólo eso en la imagen, no deja lugar para tantas cosas que sin embargo están, se saben: las rondas de mates en los fríos 29 de abril, las charlas con los compañeros de la Carpa Negra, la causa que no avanza, la gente que a veces viene, pero a menudo no.
Después de aquellas primeras tenidas en la plaza la vida se llevó todo por delante, eso se nota demasiado. A todos. Igual, en la tibieza de las sábanas Graciela tiene todavía su sonrisa, una sonrisa de muchacha, que es quizás lo único que no se gasta si sueña con aquellas morisquetas.
Lucio solía tener la palabra justa, sobre las inundaciones las cosas eran claras: la naturaleza es sabia y el río alguna vez vendría a reclamar su valle, por eso no se lo puede culpar. Habrá entonces que mirar hacia quienes lo dejaron entrar así, violento, porque el río antes cumplió en avisar.
Y a esto, quizás, no lo supo Lucio: la naturaleza puede ser cruel y contradictoria, porque demasiado seguido quiebra una ley, la que dice que los viejos deben morirse primero. El pensamiento se rinde ante la experiencia cuando esa alteración se produce.

Al alba sale de su letargo el viento y una lluviecita suave pero persistente se le añade para adueñarse del paisaje, recordando aquel abril. Graciela tiene aún unos minutos para escuchar la risa de su madre ante otra salida de Lucio. Después abre los ojos y se queda mirando los haces de luz que se filtran por la persiana. Se levanta sin esfuerzo y se para frente al espejo. Sonríe, como antes. Se dice:
“Qué personaje este Lucio, toda la noche payaseando”.

miércoles, 26 de abril de 2017

Hospital de niños


¿Y cómo fue la historia del hospital de niños?
Terrible. Ahí se nos vinieron abajo las esperanzas. Eso pasó el mismo 29 de abril, cuando el agua se había ganado por todas partes, por todo el oeste, y se estaba viniendo para este lado. Desde acá, arriba del techo estábamos, veíamos que la calle se llenaba de agua, y después esa gente que se escapaba, y más tarde las canoas que traían viejos y cosas y perros. Ahí fue que con mi señora dijimos: hay que defender el hospital de niños, porque si se inundaba semejante hospital grande y nuevo, ¿qué quedaba para nuestra casa, chica y más vieja que la injusticia?
¿Ahí fue cuando llegó el gobernador?
Ahí fue. Cuando lo vimos aparecer, con un piloto marrón que le llegaba a las rodillas, y con cara de velorio, a todos nos invadió una sensación de tranquilidad. Su sola presencia nos dio ánimos, hay que ver lo que es el carisma. Y eso que toda esta zona era un ir y venir de gente desesperada, que no sabía lo que hacer. Pero cuando llegó él las cosas parecieron distintas. Por algo algunos lo sindicaban como la esperanza blanca. Uno sentía que el gobernador era el único que podía arreglar las cosas, que podía atajar el agua y muchos hasta pensamos que la iba a hacer retroceder, y que ese desconcierto no iba a pasar de ser un mal día.
¿Y ahí mismo se puso a trabajar?
No, no lo dejaron al pobre. Ya se estaba arremangando para acarrear bolsas con arena, así todo encorvado como es. Eso fue lo que pensamos, que ponía manos a la obra, para dar el ejemplo, pero no. Porque no va que una vecina, nomás al verlo, le dijo: “Se está muriendo la gente en Santa Rosa y lo saben desde el sábado”. Y no lo dejaron contestar porque pegado vino un muchacho que le dijo casi lo mismo: “Hay gente que se está muriendo en Santa Rosa de Lima, arriba de los techos, criaturitas”. De eso no me puedo olvidar. Cuando escuchamos que había criaturitas en peligro a todos se nos encogió el corazón, y a él seguro que mucho más, porque era el gobernador…
¿Y qué dijo él?
No, en ese momento no dijo nada porque se le acercó una periodista y vuelta con lo mismo: “Allá hay unos chicos que están…”. Y el gobernador dio muestra de su lucidez, la interrumpió, y todos lo pudimos escuchar: dijo que estaban buscando lanchas…
Eso trajo tranquilidad, me imagino…
Y no… parecía como si no lo escuchásemos al hombre. Y eso que le estaba poniendo voluntad a la cosa. Ahí vino otra vecina, o quizás era la misma de antes, no sé, y le habló a los gritos: “Están arriba de los techos, ¿qué están esperando?, ¿que se ahoguen? Están en el techo de la iglesia, hay chicos adentro de la iglesia. No tienen vergüenza, antes de gastar plata en política gasten plata en defensas, hijos de puta”.
¿Lo insultó al mismísimo gobernador?
Sí, esa señora lo insultó en la cara, si me parece que la estoy escuchando. Y ahí él dio una prueba de templanza, porque no se inmutó. Con eso todos nos dimos cuenta que por algo el tipo era el gobernador, que había llegado para solucionar las cosas.
¿Y cómo siguió todo?
La periodista le preguntó si no había respuestas para la gente sobre lo que estaba pasando. Ahí se nos comenzó a debilitar la esperanza porque él contestó que eso era como un terremoto, que teníamos que tomarlo así. Dijo: “esto es una catástrofe, una catástrofe”. Y nosotros, ahí mismo, miramos para adentro del hospital, que estaba rodeado por una pared de bolsas de arena, como de un metro de altura. En ese momento no sabíamos si se iba a ganar el agua o no. Después la periodista hizo la pregunta, como se dice, del millón: si no podrían haber avisado por televisión que el terraplén de la defensa había perdido. Ahí nos empezamos a preocupar en serio porque el gobernador dijo que era un hecho que no tenía antecedente anterior en la provincia.
¿Dijo antecedente anterior?
Eso mismo: antecedente anterior…
Está bien. ¿Después que pasó?
La periodista atacó de nuevo: “¿No se podrían haber mantenido las defensas?”. Y el gobernador, de nuevo, respondió con sabiduría: “No, pasa por arriba de todo”. Y razón no le faltaba: si el agua pasa por arriba de todo, ¿para qué hacer y mantener las defensas?
Y sí, como razonamiento es bastante lógico…
Y claro… A esa altura ya era un remolino de gente alrededor del gobernador. Y ahí la periodista le preguntó por la colaboración de la Nación y él contestó que la Nación estaba tratando en lo posible de ver si podía venir, como si la Nación fuese una persona, ¿no? Yo supongo que hablaba metafóricamente, pero la verdad es que no me alcanza el entendimiento cuando hablan intelectuales como él. Y a todo esto la periodista insistía e insistía: que la respuesta tenía que ser urgente. Y el gobernador asumió su compromiso, ¿no?, porque con buen tino le dijo que había que salir del momento. Lo que agregó nos achicó más la poca esperanza que todavía nos quedaba: “Cada uno que se haga responsable de lo suyo”. Ahí pensé en mi casa. Teníamos que ir a subir las cosas al techo, pero igual me quedé. No podía ser. Y la periodista volvió sobre lo mismo, que hacía días que no paraba de llover, que él se la veía venir, y él, sin más ni más, ahí mismo nos mató la esperanza. Dijo: “Estamos trabajando”, y lo repitió. Yo lo veía con estos ojos que te miran ahora, el gobernador tenía toda la predisposición para trabajar, pero no estaba haciendo nada. Tal vez porque no lo dejábamos, los que le preguntaban y los que estábamos de mirones nomás.
¿Y él no dijo más nada?
Sí, ¿cómo no? Nos contó que su gobierno había hecho obras, pero en la costa del Paraná. Eso era cierto, lo sabíamos todos, pero a nosotros se nos estaba viniendo encima el Salado, no el Paraná.
¿Dijo por qué?
Claro. Dijo: “En la cuenca del Salado, nunca en la historia, desde que se fundó Santa Fe, pasó lo que está pasando ahora”.
Ah, claro, claro. ¿Y ahí terminó todo?
No. Quedaba una pregunta más de la periodista: “Bueno, ¿pero ahora qué se hace, gobernador?”.
Y ahí respondió…
No, no tuvo esa oportunidad. No lo dejaron explicarse…
¿No dejaron hablar al mismísimo gobernador?
Así como lo estoy diciendo. Vino alguien y le gritó: “¡Fuera, hijo de puta!”.
¿Echaron al gobernador? ¿Le dijeron hijo de puta de nuevo?
Sí, sí, una cosa lamentable. A él, que se dignó acercarse hasta acá, dispuesto a arremangarse.
¿Y qué pasó después?
No sé qué pasó con él. Yo me vine para mi casa y con mi señora subimos lo que pudimos al techo. La heladera no, era muy pesada. Y desde ahí vimos cómo el agua se metió en el hospital de niños…

viernes, 14 de abril de 2017

Un 9 de selección

Cuando el Chima repartió las camisetas y me tiró la 9 por encima de Mauro, no podría explicar por qué, tuve un presentimiento. Esa puntadita justo abajo del esternón, tan conocida. Pero traté de pensar en otra cosa. Ese amistoso de pretemporada debía ser el inicio de algo bueno: mi llegada a la selección. Ese sueño largamente postergado se ponía otra vez en marcha.
La noche anterior me costó dormir. Pese a mi experiencia, estaba ansioso. Sabía que venía sin continuidad, necesitando un trabajo físico exigente, una buena base para aguantar en forma todo el campeonato. Y también sabía que jugar ese amistoso era apresurar los tiempos de mi cuerpo. Sin estado y sin fútbol, así estaba, esa es la verdad. Pero cuando me preguntaron si quería jugar en Buitres no lo dudé. Era un equipo de mitad de tabla, con más de un matungo entre los titulares, pero yo sentí que era la oportunidad, tal vez la última, de calzarme la celeste y blanca. Entonces, cuando me avisaron que había amistoso en Santo Tomé dije: listo, que comience la función.
Yo tenía 35 en ese momento y a duras penas venía digiriendo que un año antes Pekerman me había dejado afuera del plantel que viajó a Alemania. El tipo se la jugó por Crespo, Carlitos Tévez y Palacio, hasta ahí, vaya y pase, pero también llevó a Saviola y al Jardinero Cruz. Chau, dije, cuelgo los botines y a la mierda todo. Fue, quizás, la peor decepción, porque estaba convencido de que esa vez se me daba. Qué sé yo, en el 94 sabía que no tenía chances, no estaba jugando bien y además anduve con los preparativos por el nacimiento de mi pibe. Y para el 98 me bajé solito del barco: en esa época el gol se me daba seguido pero no me iba a cortar las lanas porque al técnico se le ocurriese. El Bati lo hizo y no lo juzgo, pero yo, ni en pedo.
La cuestión fue que cuando el Chima me tiró la camiseta no la alcancé a agarrar. Creo que nadie se dio cuenta, pero me dio mala espina ver la número 9 tirada contra el alambrado. Me la alcanzó Mauro, buen mediocampista y buen muchacho, y alguna broma le hice. Nos cambiamos ahí mismo, entre los autos, y comenzamos a calentar un poco, mientras mirábamos de reojo a nuestros rivales. No parecían nada del otro mundo, incluso tenían un par de panzones que, pensé en ese momento, eran pan comido.
En el calentamiento comprendí que no me sobraba el aire, así que busqué la pelota. Necesitaba amigarme con ella, mucho trabajo me había llevado comprender que la pobre no tenía la culpa de lo Pekerman. Pateé cuatro penales, sin arquero, uno en cada ángulo. Se me arrimó Hernán y me dijo: estás intacto, Cincu. Cincu por Cincunegui, ¿no?, el mejor delantero del mundo en el 92. Le agradecí con una sonrisa, código de compañeros, aunque no habíamos jugado tantos partidos juntos. Se fue a seguir elongando y vino uno de los alcanzapelotas, doce años habrá tenido, o por ahí. Tire, don, me pidió, y yo le revolví los pelos chuzos y le dije que sí, que ocupara el arco nomás. Primer penal, a media altura, a su izquierda, y el pibe voló y la embolsó. Segundo penal, más fuertecito, buscando el ángulo superior derecho, y el pibe que se tira y la roza con los dedos, palo y afuera. Hijo de puta. Tercer penal, al medio y a matar. Travesaño y a la calle. Andá a buscarla, le ordené, y me fui a estirar con los muchachos. Estaba un poco agitado, quizás por la ansiedad, y seguía sintiendo esa sensación tan difícil de explicar adentro del pecho.
Antes del comienzo nos saludamos con nuestros adversarios. Cuando fue el turno del arquero lo miré fijo, como es mi costumbre, como diciéndole: te meto tres pepas. Creo que no me reconoció. Empezamos un rato más tarde porque el árbitro nunca llegó, así que dirigió un gordo que no tenía mucha idea (lo charlé desde el primer minuto) y encima sin linesman: más pasto para mi caballo, pensé. El juego fue bastante trabado de entrada y yo me estacioné entre los centrales, esperando mi oportunidad. En el primer córner a favor nuestro el 2 de ellos me dice: yo te conozco. Obviamente no le di bola, me quería desconcentrar. Él mismo despejó de cabeza, hay que ver lo que saltaba, panzón y todo.
Al minuto de eso vino la jugada clave, uno de esos instantes decisivos que ocurren muy a las perdidas, cuando uno ve que lo que anduvo sospechando se hace irremediable realidad. Al Chima, primer central nuestro, le quedó una pelota boyando en la puerta del área y cuando la dominó cruzamos las miradas. Cada uno supo lo que pensó el otro. Él vio que yo estaba en la línea central, unos metros tirado a la izquierda, listo para picar al vacío. Y sin mirar la bola, con cara interna del botín derecho, saca un pelotazo largo, por elevación. Yo vi cuando levantó la cabeza y me vio, a mi vez relojeando la posición de los defensores, decidiendo de antemano que una vez que dominase el esférico iba a enganchar para adentro, para desacomodar al 4 y encarar al 2, ya en la línea del área grande, para luego pegarle con efecto al segundo palo, por arriba del arquero. Así hice, me acuerdo, una noche en Paraná, allá por el 91. Era la edad del despegue y yo ahí, lejos de la vidriera que es Buenos Aires. Por eso, a los pocos meses me fui.
La cuestión fue que el pelotazo del Chima fue bueno y cuando lo vi partir me lancé con todo lo que tenía, como en los viejos tiempos. El 4 se quedó pidiendo orsai sin ver que yo había partido desde mi propio campo. El 2 le erró a la pelota al querer agarrarla de volea, y al ver la oportunidad aceleré lleno de fe, a todo trapo. La pelota volaba de derecha a izquierda y una vez en el suelo se fue frenando porque el pasto estaba demasiado alto. Sabe dios que hice todo lo humanamente posible, pero las piernas no me respondieron. A cinco o seis metros de la línea final, con todo el mundo con los ojos en la pelota y en mí, hice un último intento: estiré la pierna derecha con el afán de dominar la bola, que apenas si rodaba ya, y ahí fue cuando escuché clarito al Chima que me grita: pasalo a nafta. La frase recorría mi cerebro al tiempo que desde mis ojos le llegaba la imagen de la pelota yéndose afuera sin que yo pudiese hacer nada. Pero en ese momento dejé de pensar en la pelota, en el amistoso, en mi nuevo equipo y en todo, o en nada. ¿Sabía el Chima a quién le había gritado? ¿Sabía qué clase de 9 era yo? ¿Nadie le había hablado nunca de ese flaco que tenía todo para ser el 9 de la selección?
Hay que haber estado en una cancha, haber sido jugador de fútbol, para saber cuán grandes son los sueños que uno custodia, para conocer a ciencia cierta la hiel del fracaso, la puñalada fría del miedo, cuando esos sueños se rompen o peligran.
Volvía yo, resoplando cansancio y bronca, decadente. Se me acercó Mauro: no le des bola, Tanque. Y Hernán: vamos Cincu, a seguir. Y Gabi desde el arco, un pulgar hacia arriba. Tuve ganas de abrazarlos en pleno partido, pero se impusieron otras ganas, las de buscar mi revancha, de demostrar que no estaba acabado.
Se me vino a la mente aquella noche gloriosa en un complejo de Parque Patricios o de Barracas, por ahí. La de los varios goles, pero uno en particular, el de chilena, con los dos Túñez, Roldán y Savio como testigos, aunque ellos ahora seguro no se acuerdan. Pero si hasta foto hubo, casi casi como la de la chilena de Francescoli a Polonia en el 86. Tengo algo de Francescoli, pienso ahora, quizás los ojos saltones.
Pero además, más allá del respaldo de los compañeros, uno demuestra de qué está hecho en los momentos difíciles. Y no hablo de lo que diga la hinchada (la eterna bestia), sino la lucha con uno mismo. Cuando todo es lindo no tiene ni gracia. Cuando la mano viene torcida se ve el temple, como me pasó en el 2002. El Loco Bielsa llamó a Crespo, a Batistuta y a Gustavo López. Y yo, con 30 pirulos, quizás en la cima de mi carrera, me volví a quedar afuera. Vamos… todo Santa Fe supo de mi gran momento, la descosí casi todos los sábados en la canchita de Bahco, pero al Loco no le bastó, parece. No miré ningún partido de ese mundial, no podía soportarlo en realidad, pero no me alegró el fracaso. Obvio que no.
Estábamos ya en el segundo tiempo del amistoso en Santo Tomé. Después de la corrida frustrada no entré mucho en juego. Pero, como decía, se me metió en la cabeza que el camino era mi capacidad de definición, visto que el físico, momentáneamente, no me ayudaba. Entonces, pensé que un desborde del Tano por la derecha y un buen centro iba a poner las cosas en su lugar. Porque al ver llegar la pelota, yo casi de espaldas al arco, iba a ahuecar el pecho, moverlo apenas unos centímetros en la misma dirección para amortiguarla al sentir el contacto, haciéndole como un nido, para que rebote como adormecida, diez o quince centímetros para arriba, y ahí sí, tomar impulso con la pierna derecha, luego con la izquierda, y tirarme hacia atrás, con la cintura como mágico eje del cuerpo, para encontrar el cuero redondo con el empeine del botín derecho, en una cita fugaz que se resolvería con un furibundo zapatazo que, mientras cabeza abajo buscaría y encontraría el objetivo del arco, impulsaría la pelota con furia y con el gol metido adentro de los cascos, y una vez enredada entre los piolines, que bufen los eunucos.
Pero no. Sí pasó lo del desborde del Tano. De hecho lo hizo cuatro veces. Y cuatro centros llegaron, pero a los tres primeros los despejó el panzón que jugaba de 2, casi sin despeinarse. El cuarto venía hacia mí, a la altura del pecho, más o menos. Pero poner en marcha toda la maquinaria de elevarme, girar en el aire con la cintura como eje, pispear el arco y teóricamente pegarle a la pelota hacia atrás fue, para qué negarlo, inútil. La pelota me rebotó en el pecho como si en lugar de huesos tuviese una pared de concreto y le quedó servida al 5 de ellos, que estaba cerca del círculo central, por lo que yo, de repente, me encontré ensayando una pirueta que me dejó boca arriba y en descenso, contra un piso que, por muy mullido césped que tenía, se sintió duro cuando caí, al estilo bolsa de papas.
La nuca, los omóplatos, la cintura (especialmente la cintura), me dolieron. Entendí que quizás iba siendo hora de dar paso a las nuevas generaciones de goleadores que felizmente y desde siempre vienen nutriendo nuestro fútbol. Tal vez debía empezar a conformarme con haber sido un eslabón más de la larga y brillante cadena de artilleros, junto a los Pedernera, los Sanfilippo, los Artime, los Cincunegui.
El partido terminó cero a cero. En los rostros de mis compañeros se notaba la misma tristeza que yo no estaba dispuesto a exteriorizar. Nos juntamos a un costado de una camioneta y, sin ganas de hablar y para ganar tiempo, fui a comprar unas gaseosas.
En el camino pensaba en cómo comunicarles mi decisión, pero tenía miedo de su reacción. Sabía de la admiración que yo le generaba a la mayoría, de lo importante que era para ellos tener en el equipo un jugador de mi trayectoria. Pero después dije no: por una vez tengo que pensar en mí. ¿De qué me sirvió haber priorizado la salud del grupo si después me dejaron afuera, como hizo Pekerman, como hizo el mismo Loco Bielsa? ¿Acaso no tenía suficientes pruebas de que mi perfil bajo, en lugar de favorecerme, me había perjudicado? Y sí, así era. Así había sido siempre.
Se me vino a la memoria, quizás como un inconsciente consuelo, cuando alguien quiso compararme con Bochini, diciendo que fue jugador de club pero no de selección. Nada que ver, recuerdo que lo corté: es al revés, yo no soy jugador de club. Así que me podía ir de Buitres antes de empezar la liga de ex alumnos, esa misma tarde si quería. No me iba a morir por eso.
Con una botella en cada mano me acerqué hasta donde estaban los muchachos, que ya se terminaban de cambiar. Se prendieron de las botellas como desesperados. No se hagan los piolas, les dije, son 10 pesos por pera.
Los miraba, haciéndose bromas, dejando atrás bien rápido el amistoso, que para ellos había sido intrascendente. Me dije: hasta acá llegué. También me dije: no voy a ser el 9 de la selección. Era la frase que nunca quise pronunciar, pero la acababa de soltar. Contra todo lo que siempre había imaginado, no me dolió tanto. Es más, sentí una sensación de alivio infinito, como si me hubiese sacado de encima una mochila de cien kilos.

Lucio

El verdadero cementerio es la memoria R.Walsh Duerme Graciela, se deja envolver por la tibieza de unas sábanas blancas, mientras afuera ...