Esa entidad que una elite de decisores bautizó con cierta demasía Sistema Literario Argentino, mientras las masas (siempre más modestas) apenas si se animaron a concederle la categoría de grupo de escritores esenciales, tiene –por un elástico consenso- nombres indiscutibles y de los otros.
Cualquier desprevenido puede mencionar a Leopoldo Marechal, Ernesto Sábato, Julio Cortázar, Adolfo Bioy Casares y Roberto Arlt como generales de un ejército que, es obvio, comanda desde las alturas Jorge Luis Borges. Hay otros nombres que no deberían faltar en cualquier recuento medianamente serio, pero no es el objetivo de esta crónica la enumeración vana.
Aquí la cuestión es otra, solapada si se quiere. Lo que se pretende saber es qué le pasaría a la cultura nacional si, de golpe y porrazo, se borrara del mapa todo vestigio de la existencia de un Bioy o de un Marechal, por nombrar, al azar, a dos “próceres”.
La respuesta es simple: no pasaría nada.
Sospecho que a esta altura del artículo habrá más de cuatro cultos lectores al borde del soponcio. Quizás algún exagerado compare la hipótesis que aquí se plantea con la sensación que todo bien nacido sintió en su infancia cuando, saturado de crueldad, alguien lo anotició de que Papá Noel no existe.
Seamos serios, por Dios.
Vale dejar jugar a la imaginación para resolver el entuerto, si es que algo vale en esta vida.
Retocemos ficticiamente: de un momento para el otro se desvanece el sujeto Roberto Arlt y con él todo rastro que dejó en su paso por la tierra, su obra, los amores que sufrió y los que se perdió de disfrutar y, por último, toda huella que pudo haber quedado de su ser en la memoria colectiva e individual.
Pensemos, que no duele y todavía es gratis.
¿Qué sucedería? Reitero: nada.
Antes de que alguien proceda a estrangularse con una ristra de ejemplares de El juguete rabioso o a auto lapidarse utilizando Los siete locos, Los lanzallamas y Aguafuertes porteñas como letrados proyectiles, brindo rápida respuesta y concluyente prueba: la ignorancia sobre la obra de un escritor fundamental ya existió en este país y nadie se murió por eso ni se enderezaron espontáneamente las bananas.
Puedo adivinar al sesudo lector buscando y rebuscando (por no decir rebuznando) en su mente a alguno entre tantos escritores olvidados. No se piense en Mallea ni en Macedonio Fernández, no se ose desempolvar el nombre de Sara Gallardo. No.
Si esa es la salida que piensan, se equivocan. Esos, y muchísimos más, han quedado relegados, la mayoría de manera indebida, pero no fueron decididamente escondidos.
Tanto barullo por una conjetura como la que aquí se traza tiene una perversa explicación: exceptuando a los ignorantes consuetudinarios, el resto es partícipe o encubridor del ninguneo del que fue objeto quien en vida fue un contraejemplo taxativo: Clemente Otoniel.
Son los mismos que se rasgan las vestiduras al decir que no hay biblioteca posible sin Sábato o que no hay literatura argentina sin Bioy, y paparruchadas por el estilo.
Lastimosamente, este cronista no está autorizado (todavía) a brindar detalles de un hallazgo que a muchos referentes de la cultura les hará temblequear hasta el caracú, pero sí puede adelantarse que la literatura argentina tendrá una nueva configuración desde el mismo momento en que vean la luz los cuentos que acaban de hallarse en una revista relegada por años al ostracismo, ocultos por un seudónimo que protegió a Otoniel de persecuciones políticas o de un marido celoso, no se sabe bien.
En tiempos de conciencias remordidas, una tardía isocronía: hubo quienes aceptaron que el (por antonomasia) poeta posee un lugar en el Parnaso; otros, a regañadientes, admitieron que el periodismo no volvió a ser el mismo luego de sus latigazos editoriales. Pero esas concesiones fueron apenas peones entregados por el poder, que pretendió así salvaguardar las piezas importantes del tablero.
Eso hasta hoy, el tiempo de la reivindicación total.
Pronto se conocerá la verdadera catadura moral de Cortázar al ser revelada la forma en que rompió un pacto con Otoniel, hecho que nuestro hombre calificó de “agachada del franchute”. Así, Casa tomada mutará la simbología que interesadamente le dieron los sabihondos de turno o “ulteriores críticos marmotas”, al decir del poeta.
Al mismo tiempo, la psicología moderna quedará en ridículo cuando se compruebe que un relato ignorado habló del Síndrome de Estocolmo veinte años antes que cualquiera de sus teóricos y con un lenguaje modesto y sin los firuletes que desnudan lo antipopular de algunos pretenciosos narradores.
Vayan sabiéndolo señores editores y académicos: si por décadas descansaron en la convicción que Otoniel no tenía el albacea que Kafka halló en Max Brod, empiecen a cansarse; prepárense los amigos del lugar común y ensayen el término “otonielesco”, porque en adelante habrán de usarlo más que a su cepillo de dientes.
En su tumba, Clemente se revolverá en paz.
domingo 4 de octubre de 2009
sábado 5 de septiembre de 2009
Papeles inesperados: cuando Clemente Otoniel abrazó el periodismo
A la muerte de los grandes hombres le sucede, más temprano que tarde, una oleada de hallazgos que llega para completar una obra, sorprender a los eruditos y, en algunos casos, develar una personalidad.
Así fue recibida por los ilustrados una serie de documentos que revela el tránsito fugaz de Clemente Otoniel por los senderos siempre sinuosos del periodismo.
El inconsciente colectivo situó a Otoniel en el Parnaso, como bien graficó la ensayista uruguaya Andrea Alba Arenga. Pero la aparición de los papeles a los que aquí se alude obliga a una digresión indispensable: decir hoy que se trataba solamente de un poeta es decir una verdad a medias. O para ser estrictos: es mentir.
Otoniel no sólo iluminó con enjundia y claridad ese oficio que algunos –con dudoso tino- nombran como “la primera versión de la historia”, sino que, yendo mucho más lejos aún, inventó un género: el latigazo editorial.
Nos llegan testimonios orales, que a su vez se basan en manuscritos aportados por la madre del rapsoda, de incontestable argumentación y manifiesta contundencia.
El (también) poeta concibió una nueva manera de editorializar, mucho más austera que la tradicional, es cierto, pero infinitamente más rotunda.
Transcurría sus años mozos cuando, sin más arma que su bicicleta, Otoniel se transformó en lo que lustros más tarde se dio en llamar propaladora ambulante.
Este émulo del mismísimo Homero que gastaba los polvorientos caminos helénicos recitando sus obras, acordaba con almaceneros y verduleros ir por las calles del pueblo voceando breves publicidades a cambio de algún billete o, por qué negarlo, un alimento no perecedero.
No se persigue aquí ahondar sobre su innato talento de publicista, sino sobre sus latigazos editoriales que, rebelde al fin, soltó sobre las poderosas corporaciones y las castas dominantes.
Si bien persisten dudas sobre cuál fue el latigazo que abrió la saga, se sabe a ciencia cierta que el primer enemigo de peso que se ganó fue la Iglesia.
A mediados de los años treinta el Padre Omar encabezaba la procesión de Santa Ana cuando Otoniel, a contramano de los fieles (en todo sentido, claro está), interrumpió sus publicidades y lanzó el tremendo “vos tenés más hijos que Urquiza”.
Don Faustino Reyes, padre de once hijos, caminaba a la par del cura y tomó la frase como un agravio dirigido hacia él; así fue que molió a palos al poeta.
El Padre Omar, padrino de muchos pilluelos que -curiosamente- tenían sus mismos ojos, siguió entonando el himno a la madre de la Virgen María sin observar, siquiera de soslayo, el pulcro y repetido uppercut de Reyes sobre la mandíbula lampiña de Otoniel.
Algunos de sus latigazos fueron comprendidos generaciones después. Cuando le espetó al intendente Braulio Iraunkor el memorable “vos sos como el aloe vera” todavía faltaban décadas para que el vulgo se enterara de la cantidad casi infinita de propiedades que posee la simpática plantita.
La paradoja tiene también su lugar en esta historia. Cuando le dijo “chino comegatos” al tintorero de su cuadra no pretendió sembrar la creciente sospecha que pesa sobre el origen de la carne que utilizan los restaurantes orientales para elaborar sus menús de tan bajo costo. Hay que reconocerlo: fue un error de Otoniel. Acusó al amarillo de haber sustraído y comido a su gata Carmela, pero el licencioso animal apareció unos días más tarde con evidentes signos de jolgorio macho, gatuno y excesivo sobre su cuero.
Lo concreto es que, al margen de errores y aciertos, Otoniel jamás midió la estatura de sus eventuales enemigos y respetó su carácter despreocupado al entrometerse en los asuntos de personajes tan poderosos como el cura, el intendente y el indescifrable japonés, a quien llamó chino en otra prueba de su insolencia.
Igualmente, se admite en el círculo íntimo del pregonero que su inveterada costumbre de remar contra la corriente no contribuyó en nada para que su carrera dentro del periodismo fuese algo más extensa.
Tampoco hizo falta. La Historia (así, con mayúsculas) suele poner algunas cosas en su lugar. Y sería bueno que a partir de las presentes revelaciones los críticos literarios se detengan a pensar un minuto antes de tildar solamente de “poeta” a Clemente Otoniel.
Así fue recibida por los ilustrados una serie de documentos que revela el tránsito fugaz de Clemente Otoniel por los senderos siempre sinuosos del periodismo.
El inconsciente colectivo situó a Otoniel en el Parnaso, como bien graficó la ensayista uruguaya Andrea Alba Arenga. Pero la aparición de los papeles a los que aquí se alude obliga a una digresión indispensable: decir hoy que se trataba solamente de un poeta es decir una verdad a medias. O para ser estrictos: es mentir.
Otoniel no sólo iluminó con enjundia y claridad ese oficio que algunos –con dudoso tino- nombran como “la primera versión de la historia”, sino que, yendo mucho más lejos aún, inventó un género: el latigazo editorial.
Nos llegan testimonios orales, que a su vez se basan en manuscritos aportados por la madre del rapsoda, de incontestable argumentación y manifiesta contundencia.
El (también) poeta concibió una nueva manera de editorializar, mucho más austera que la tradicional, es cierto, pero infinitamente más rotunda.
Transcurría sus años mozos cuando, sin más arma que su bicicleta, Otoniel se transformó en lo que lustros más tarde se dio en llamar propaladora ambulante.
Este émulo del mismísimo Homero que gastaba los polvorientos caminos helénicos recitando sus obras, acordaba con almaceneros y verduleros ir por las calles del pueblo voceando breves publicidades a cambio de algún billete o, por qué negarlo, un alimento no perecedero.
No se persigue aquí ahondar sobre su innato talento de publicista, sino sobre sus latigazos editoriales que, rebelde al fin, soltó sobre las poderosas corporaciones y las castas dominantes.
Si bien persisten dudas sobre cuál fue el latigazo que abrió la saga, se sabe a ciencia cierta que el primer enemigo de peso que se ganó fue la Iglesia.
A mediados de los años treinta el Padre Omar encabezaba la procesión de Santa Ana cuando Otoniel, a contramano de los fieles (en todo sentido, claro está), interrumpió sus publicidades y lanzó el tremendo “vos tenés más hijos que Urquiza”.
Don Faustino Reyes, padre de once hijos, caminaba a la par del cura y tomó la frase como un agravio dirigido hacia él; así fue que molió a palos al poeta.
El Padre Omar, padrino de muchos pilluelos que -curiosamente- tenían sus mismos ojos, siguió entonando el himno a la madre de la Virgen María sin observar, siquiera de soslayo, el pulcro y repetido uppercut de Reyes sobre la mandíbula lampiña de Otoniel.
Algunos de sus latigazos fueron comprendidos generaciones después. Cuando le espetó al intendente Braulio Iraunkor el memorable “vos sos como el aloe vera” todavía faltaban décadas para que el vulgo se enterara de la cantidad casi infinita de propiedades que posee la simpática plantita.
La paradoja tiene también su lugar en esta historia. Cuando le dijo “chino comegatos” al tintorero de su cuadra no pretendió sembrar la creciente sospecha que pesa sobre el origen de la carne que utilizan los restaurantes orientales para elaborar sus menús de tan bajo costo. Hay que reconocerlo: fue un error de Otoniel. Acusó al amarillo de haber sustraído y comido a su gata Carmela, pero el licencioso animal apareció unos días más tarde con evidentes signos de jolgorio macho, gatuno y excesivo sobre su cuero.
Lo concreto es que, al margen de errores y aciertos, Otoniel jamás midió la estatura de sus eventuales enemigos y respetó su carácter despreocupado al entrometerse en los asuntos de personajes tan poderosos como el cura, el intendente y el indescifrable japonés, a quien llamó chino en otra prueba de su insolencia.
Igualmente, se admite en el círculo íntimo del pregonero que su inveterada costumbre de remar contra la corriente no contribuyó en nada para que su carrera dentro del periodismo fuese algo más extensa.
Tampoco hizo falta. La Historia (así, con mayúsculas) suele poner algunas cosas en su lugar. Y sería bueno que a partir de las presentes revelaciones los críticos literarios se detengan a pensar un minuto antes de tildar solamente de “poeta” a Clemente Otoniel.
lunes 10 de agosto de 2009
Algo que sucede
De repente algo sucede.
Hasta allí, imágenes y más imágenes, casi idénticas (pero no idénticas), se pegaban unas a otras a una velocidad proyectada y formaban una película consecutiva, uniforme, en tiempo real.
Ella invita otra cerveza.
- Bueno, responde él.
El humo domina la escena, pule una secuencia prácticamente lógica de frases que remontan vuelo. Aparece Borges, por poco choca con Walsh, y se miran feo (¿Cómo no?). Luego pasa Saer, después el Che; Cortázar y Haroldo Conti. Eso es, simplemente, una conversación.
Pero algo está pasando, algo está madurando.
Se cruzan las miradas a cada momento, en tanto él observa los anaqueles repletos de libros y fotografías y pedazos de vidas y de muertes. Ella lo deja mirar, no resiste al atropello que, evidentemente, él perpetra contra su intimidad.
Hay algo en el ambiente, que flota, y no es el humo. No sólo es el humo.
Ella piensa que siente ganas; él las siente y no las piensa.
Ella toma la botella y llena otra vez los vasos; le alcanza el suyo.
El intercambio de miradas es quieto, pero son miradas cómplices, que saben que el otro sabe. Hay una tensión creciente, un clima intimista que los va llevando hacia un único lugar posible, que sin embargo no es fácil de abordar.
- Estoy vulnerable por estos días, dice ella, a propósito de alguno de los tantos temas, vaya a saber cuál.
Él entiende la frase como un pedido: que el cuchillo se entierre hasta el hueso.
- ¿Sí?
Va llegando el momento en que las precauciones comienzan a caer por su excesivo peso y todo lo que ambos traen encima queda a la vista, expuesto, sobre la mesa a la que están sentados.
Él la acaricia cuando ella pasa a su lado, rumbo a la cocina. Hay dudas, pero no resistencia. Son los momentos en que se prepara la trampa en la que uno desea caer, esa suerte de antesala de vacío, donde se elige con alegría perder la calma para que no haya tanto que perder, o al menos que no importe tanto la derrota.
Entonces ella se acerca y se deja alcanzar, se deja acariciar, como una gata mansa.
Y de repente todo se trastoca.
Y ella ataca como tigresa ultrajada, y lo que era serenidad se transforma en ímpetu sin que haya nada que aclarar, como cuando uno descubre (o redescubre) sin haber buscado. Como cuando algo que estaba por suceder, sucede.
Hasta allí, imágenes y más imágenes, casi idénticas (pero no idénticas), se pegaban unas a otras a una velocidad proyectada y formaban una película consecutiva, uniforme, en tiempo real.
Ella invita otra cerveza.
- Bueno, responde él.
El humo domina la escena, pule una secuencia prácticamente lógica de frases que remontan vuelo. Aparece Borges, por poco choca con Walsh, y se miran feo (¿Cómo no?). Luego pasa Saer, después el Che; Cortázar y Haroldo Conti. Eso es, simplemente, una conversación.
Pero algo está pasando, algo está madurando.
Se cruzan las miradas a cada momento, en tanto él observa los anaqueles repletos de libros y fotografías y pedazos de vidas y de muertes. Ella lo deja mirar, no resiste al atropello que, evidentemente, él perpetra contra su intimidad.
Hay algo en el ambiente, que flota, y no es el humo. No sólo es el humo.
Ella piensa que siente ganas; él las siente y no las piensa.
Ella toma la botella y llena otra vez los vasos; le alcanza el suyo.
El intercambio de miradas es quieto, pero son miradas cómplices, que saben que el otro sabe. Hay una tensión creciente, un clima intimista que los va llevando hacia un único lugar posible, que sin embargo no es fácil de abordar.
- Estoy vulnerable por estos días, dice ella, a propósito de alguno de los tantos temas, vaya a saber cuál.
Él entiende la frase como un pedido: que el cuchillo se entierre hasta el hueso.
- ¿Sí?
Va llegando el momento en que las precauciones comienzan a caer por su excesivo peso y todo lo que ambos traen encima queda a la vista, expuesto, sobre la mesa a la que están sentados.
Él la acaricia cuando ella pasa a su lado, rumbo a la cocina. Hay dudas, pero no resistencia. Son los momentos en que se prepara la trampa en la que uno desea caer, esa suerte de antesala de vacío, donde se elige con alegría perder la calma para que no haya tanto que perder, o al menos que no importe tanto la derrota.
Entonces ella se acerca y se deja alcanzar, se deja acariciar, como una gata mansa.
Y de repente todo se trastoca.
Y ella ataca como tigresa ultrajada, y lo que era serenidad se transforma en ímpetu sin que haya nada que aclarar, como cuando uno descubre (o redescubre) sin haber buscado. Como cuando algo que estaba por suceder, sucede.
martes 7 de julio de 2009
Matecitos con Dios

Dios, enlodadas las sandalias con barro pegajoso, tomaba mates una tarde debajo de un árbol, en plena lluvia. Una filtración intermitente de diminutas gotas -que gambeteaban ramas, gajos y hojas- se empecinaba en mojarle el pelo cano sólo de a ratos, pero con la molestia que conllevaba el hecho de sorprenderlo cada vez.
De mal humor se ponía el Padre de todas las cosas cuando el chorro de turno (intempestivo, siempre) le duchaba el flequillo.
Etérea y esmerada, una brisa en exceso comedida, se ocupaba de acomodarle los cabellos cada vez que el estrafalario manantial importunaba al Creador, sin conseguir –sin embargo- mejorar el talante del Tata.
En eso estaba ocupado el Señor cuando comenzó un sospechoso peregrinar (por así decirlo) de gentes que se le acercaban con cierto sigilo –y mucho de solemnidad- para, como quien no quiere la cosa, estirar la mano esperando ser convidadas nada menos que con un matecito celestial.
Entre que el chorrito irregular lo asustaba y (encima) le enfriaba el mate al mezclarse con el agua del termo en el interior mismo del porongo, Dios no estaba para relaciones públicas.
Pero… los caminos del Señor son inescrutables, subrepticios, incognoscibles y hasta sibilinos, por lo cual es casi fácil entender que no podemos comprender sus razones. De ahí que, pese al humor de perros que tenía, el Creador invitó con un mate a cada desconocido que se le acercó, aclarando que para él nadie es literalmente un desconocido (huelgan las explicaciones del porqué).
De todas formas, una cosa es estirar el brazo ofreciendo un mate y otra es hacer exactamente lo mismo, pero contento. Dios no estaba contento.
Entonces, creó (nunca mejor usado ese verbo) un simple jueguito, para divertirse un rato y de paso, tirar sobre el pastito un par de sentencias adoctrinadoras (se sabe: el tipo no puede con su genio).
Pasó el patrón de estancia, y Dios dijo:
Tómese un matecito de coherencia, mi amigo. No se me queje más de la sequía hasta que ponga en regla a la peonada, esa que pone el lomo para usted.
Después le tocó al comerciante:
Aquí tiene compañero, un matecito de vergüenza. No llore más por el impuesto, si usted evade por millones.
Luego se paró el mezquino.
Tome un matecito de realidad ¿No se dio cuenta de que no se va a llevar nada de todo lo que está encanutando?
Después fue el turno del dirigente político. Todos pararon la oreja para escuchar de qué forma Tata Dios lo ponía en vereda al maldito. Pero por mucho que pugnaron, se esforzaron y se amontonaron, no alcanzaron a entender nada. Simplemente porque nada dijo Dios, que apenas se limitó a alcanzarle un mate, con una sonrisa en los labios.
Mascullando bronca salieron los buenos hombres, quejándose de Dios, de su hijo Jesucristo y, por supuesto, también del Espíritu Santo:
Habráse visto, nos echó en cara nuestras cuitas, cositas que hacemos para sobrevivir, y al político –la peor basura que puede existir- no le dijo nada, bramaron, cada uno con distintas palabras y el mismo odio y la misma impotencia relumbrando como llamas a través de sus miradas. Y se fueron, bajo la lluvia, sus cabezas transformadas en urdimbres de vaya a saber qué cosas.
Dios seguía, mientras tanto, tomando mates con el político. Éste, cuando los mates ya estaban intomables (por lavados y por fríos), le dijo al Tata:
A uno le alcanzó un matecito de coherencia, a otro uno de vergüenza, después sirvió un matecito de realidad. Qué raro que no usó sustantivo para el mío…
Sonrió Dios. Se secó el chorro de agua que acababa de mojarle la frente. Y dijo con tono paternal:
A usted, mi amigo, no tengo nada que decirle. Usted es como un espejo.
¿Cómo dice?
Sí, compañero. Usted refleja al conjunto. Es un simple producto de eso que llaman sociedad. Malo o bueno, usted es ellos, y ellos son usted… En fin… ¿por qué no pone la pava al fuego? ¿Eh? Vaya... Vaya...
Ilustración de Andal13
viernes 12 de junio de 2009
Algunas palabras acerca de la muerte del poeta Clemente Otoniel

La muerte, esa única certeza que poseemos, sorprendió al poeta Clemente Otoniel a sus no muy bien llevados noventa y dos años. No es el objetivo de estas líneas situar su figura en un contexto determinado, ni compararlo con sus pares; tampoco valorar ni desmembrar su obra; persiguen estas líneas, apenas, la concreción de un estricto acto de Justicia.
En primer término, me permito una indiscreción: Otoniel, ante sus íntimos, rechazaba con hosquedad pertenecer a una casta de poetas malditos. Es de destacar su honradez. Si bien confesó más de una vez que nunca leyó a Arthur Rimbaud, Stéphane Mallarmé ni –mucho menos- a Marceline Desbordes-Valmore, se diferenciaba de ellos tajantemente. Iba más allá su humildad: juraba que jamás había escuchado esos nombres.
Clemente Otoniel puede haber sido acusado de todo, menos de oportunista. Se mantuvo fiel a sus convicciones y, por tanto, ajeno a las corrientes poéticas, históricas o de moda. No adhirió ni al romanticismo ni al modernismo, y hasta denostaba al simbolismo. Quizás su postura anárquica motivó la indiferencia a la que fueron conminados sus poemas, incluso los más logrados.
“María Magdalena, sin casete”, tal vez su poemario más polémico, reveló su audacia y su coraje sin límites. Esas cuartetas, que no significaron otra cosa que darle voz a un personaje tan controvertido del cristianismo, no le valieron la excomunión de la Iglesia Católica. Otoniel entendió el silencio e inacción de la curia como una admisión implícita a lo atinado de sus versos.
Pero no iba a ser gratis para el pensador la prueba de su arrojo. Los poemas, insólitamente inéditos, provocaron la furia de su madre. La mujer, líder de un grupo de oración de la Renovación Carismática, no dudó en echarlo de su casa tras hallar el manuscrito, disimulado en el cajón donde el poeta guardaba su ropa interior.
Pasados los sesenta años, Otoniel se encontró en la calle, con un mundo por descubrir.
Quizás el alejamiento de su lugar, el peregrinaje hostil al que se vio sometido, originó sus rimas más lastimeras. Se sintió un segregado y volcó la traumática experiencia en el experimental “La calle, la hiel”.
Luego de algún tiempo de tardía rebeldía, intentó el perdón de su madre con una jugada intrépida: simuló convertirse al catolicismo, a la manera de Paul Verlaine, e incluso se ofreció para oficiar de monaguillo en la Iglesia de la Merced. Su madre se mantuvo imperturbable.
Allí se produjo un quiebre en la vida de Otoniel. Enloquecido por el ultraje materno, desequilibrado se podría decir, germinó una completa identificación con José Saramago, de quien decía –no sin razón- que, al igual que él mismo, se había dedicado al arte de las letras en la madurez. De esa época data el sobrio “Mi hermano, el comunista”.
Se transcribe:
El aire acarrea aromas genitales
Tú estás en el Norte, yo estoy en el Sur
Me gustaría verte, José Saramago
Pa decirte en la jeta lo que tú vales
Hay artificios en tu Literatura
Mi madre, morena; la tuya, desconozco
Los dos empezamos de viejos
Humildemente, estás a mi altura
Y todo se mezcla en la espesura
De la vida y de la muerte
Somos hermanos, ¿qué duda cabe?
Es raro, pero ¿no es una hermosura?
Y es bello, como rocío en una rosa
Vos, comunista; yo, nada que ver
Pero eso es lo de menos, me parece
Sos mi hermano, y a otra cosa, mariposa
Esa obra fue el inicio del eclecticismo que marcó los últimos años de su arte. Es casi una leyenda su presentación ante las autoridades, a mediados de los años setenta, para solicitar un subsidio que permitiese difundir masivamente su homenaje fraternal al escritor portugués. Un gesto valiente, sin lugar a dudas. Y una prueba concreta de que un artista no necesariamente debe estar avisado de vaivenes políticos y otras minucias por el estilo.
Las autoridades militares que acababan de asaltar el poder no vieron con buenos ojos la difusión de su labor, pero Otoniel no se amilanó: en pocos días escribió “Algo habrán hecho”, interpretado como un manifiesto valeroso contra barbudos y revoltosos, contrarios al orden establecido que –curiosamente- tanto lo ignoró.
Luego, la expectativa silente. Quienes lo quisieron bien esperaron durante décadas volver a escuchar su voz. Lo compararon con Juan Rulfo, pensaron en un retorno a toda orquesta. Clemente Otoniel no les dio el gusto; evidentemente tenía otros planes. Se volvió a saber de él la semana que pasó: en una cama de hospital se apagó su vida, luego de una penosa y larga enfermedad.
Se fue con una mueca de disgusto en el rostro, pero libre.
El practicante que higienizó su cadáver extrajo de su bolsillo y arrojó al cesto, sin siquiera leerlo, su último poema. Sin saberlo, con un simple movimiento de su brazo, el ignoto enfermero cerró el círculo de la ignominia.
Ilustración: Andal13, de Ajo y Agua.
jueves 23 de abril de 2009
Ser Pugliese

Si me hubiesen preguntado alguna vez quién me hubiese gustado ser, sin dudas hubiese dicho: el maestro Osvaldo Pugliese.
Y aclaro, por si acaso, que mi elección no se basa especialmente en su talento como creador, capaz de maravillar de la misma forma en que lo hacía –lo hace- su notable refinamiento para interpretar el tango con su piano, con su orquesta, con su sensibilidad.
Tampoco pensé en el prestigio que se supo ganar como hombre íntegro, quizás más difícil de obtener que el de genial músico, para decir “me hubiese gustado ser Pugliese”.
Y mucho menos en esa tan apreciada virtud que le atribuyen supersticiosos de toda índole, que lo nombran y ponen su música, como conjuro, seguidamente de pronunciar el apellido de alguien a quien se considera de mala suerte.
Osvaldo Pugliese merece que sus tangos y milongas bravas resuenen por ser bellas y hondas, sin motivos adicionales.
No.
A mí me hubiese gustado ser Pugliese para vivir una sola de sus miles de noches al frente de su orquesta típica, en El Nacional o en cualquier otro café, con la rosa roja sobre el piano.
Me hubiese gustado vivir, como él, aquella Buenos Aires de ensueño, con el arrabal metido en la Corrientes angosta y el tango siendo rey de músicas, llevando y trayendo cajetillas y bataclanas, señoras y atorrantes, con La Yumba como sonido cimero que sugestiona la sangre y hace perder la calma.
Una noche de mirar luces y sombras con los ojos miopes de Pugliese, oyendo arrebatos, matices y canyengues -propios, pero también ajenos-, y sintiendo por una vez el eufórico sosiego que debe haber sentido Pugliese si es que alguna vez se puso a pensar, una sola de aquellas noches, lo asombroso que era ser nada menos que el maestro Osvaldo Pugliese.
Ilustración: Andal13, de Ajo y Agua. www.andal13.blogspot.com
viernes 16 de enero de 2009
Imaginemos (José Saramago)

Imaginemos que, en los años treinta, cuando los nazis iniciaron su caza a los judíos, el pueblo alemán hubiera bajado a la calle, en grandiosas manifestaciones que quedarían en la Historia, exigiéndole a su gobierno el final de la persecución y la promulgación de leyes que protegiesen a todas y cada una de las minorías, ya fueran de judíos, de comunistas, de gitanos o de homosexuales. Imaginemos que, apoyando esa digna y valiente acción de los hombres y mujeres del país de Goethe, los pueblos de Europa desfilaran por las avenidas y plazas de sus ciudades y unieran sus voces al coro de las protestas levantado en Berlín, en Munich, en Colonia, en Francfort. Ya sabemos que nada de esto sucedió ni podría haber sucedido. Por indiferencia, apatía, por complicidad táctica o manifiesta con Hitler, el pueblo alemán, salvo alguna rarísima excepción, no dio un paso, no hizo un gesto, no dijo una palabra para salvar a quienes iban a ser carne de campo de concentración y de horno crematorio, y, en el resto de Europa, por una razón u otra (por ejemplo, los fascismos nacientes), una asumida connivencia con los verdugos nazis mantendría el orden o castigaría cualquier veleidad de protesta.
Hoy es diferente. Tenemos libertad de expresión, libertad de manifestación y no sé cuantas libertades más. Podemos salir a la calle miles o millones que nuestra seguridad siempre estará asegurada por las constituciones que nos rigen, podemos exigir el final de los sufrimientos de Gaza o la restitución al pueblo palestino de su soberanía y la reparación de los daños morales y materiales sufridos a lo largo de sesenta años, sin mayores consecuencias que los insultos y las provocaciones de la propaganda israelí. Las imaginadas manifestaciones de los años treinta serían reprimidas con violencia, en algún caso con ferocidad, las nuestras, como mucho, contarán con la indulgencia de los medios de comunicación social y luego entrarán en acción los mecanismos del olvido. El nazismo alemán no daría un paso atrás y todo acabaría igual a lo que luego iba a ser y la Historia ha registrado. Por su parte, el ejército israelí, ése que el filósofo Yeshayahu Leibowitz, en 1982, acusó de tener una mentalidad “judeo-nazi”, sigue fielmente, cumpliendo órdenes de sus sucesivos gobiernos y comandos, las doctrinas genocidas de quienes torturaron, gasearon y quemaron a sus antepasados. Podría decirse incluso que en algunos aspectos los discípulos adelantaron a los maestros. En cuanto a nosotros, seguiremos manifestándonos.
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