(Un cuento de Clemente Otoniel)
1
La miraba con ternura, ella tirada sobre una manta, en el suelo. Le pareció que su rostro transmitía paz, y se sintió satisfecho. Lo asaltó el recuerdo de la primera vez que la vio, dos años atrás, tal vez tres. Nunca olvidaría esa tarde, le resultaría imposible: el vigoroso verdor de los fresnos, el aroma tenue y dulzón de las flores de ceibo, la primavera manifestada en ese aire de octubre que le mejoraba el humor. Y ella, claro.
La vio sentada en el frente de su casa, sola, con la mirada en la calle, distraída. ¿Cómo no la había visto antes? ¿Era nueva en el barrio? No podía saberlo, pero creyó conveniente no preguntar, no mostrar interés. Era, entonces, demasiado chica. “Una cachorra”, pensó. Le pareció que lo importante en ese momento era que la había descubierto. Y fue a comprar dos litros de vino para volver a instalarse en su casa y pensar en ella, entre vaso y vaso.
Ahora, mientras fumaba despacio su segundo cigarrillo del día, se sentía feliz de verla echada en la manta. No hacían falta palabras entre ellos; nunca hicieron falta. En todo ese tiempo, desde la tarde en que se vieron por primera vez, sus caminos se cruzaron casi a diario. Y cada vez que tenía la posibilidad de observar su silueta oscura, graciosa, sentía que estaba más cerca de tenerla. Ella crecía, se volvía más apetecible, a la vez que crecían en él el amor y el deseo. Todos esos meses fueron de una felicidad callada, de una expectativa taciturna. Estaba convencido (y eso era lo que lo hacía feliz) que apenas era una cuestión de tiempo que ella fuese suya.
Un solo detalle perturbada su ánimo, mas no lograba despintar su sensación de paciente gozo: era consciente de que su amor por ella no sería aceptado. Era un trabajador eventual, quizás demasiado eventual. O un vago, como comentaban por lo bajo las comadronas del barrio. Cuando se dio cuenta de eso pensó por primera vez en el secuestro.
La idea, al principio, le causó repulsión. Sintió asco de sí mismo y por unos días se abandonó al alcohol más allá de su costumbre. Pero fueron apenas unos días. Comprendió una mañana, al levantarse, que esa lucha era su vida y su elemento, como rezaba el estribillo de la cumbia a Sarmiento, que tanto le gustaba. Y se entregó nuevamente a fantasear con una vida junto a la morocha que revolucionaba al extremo su sangre y la llevaba de un lado hacia otro en su cuerpo. Y el secuestro ya no era tan mala idea, de todos modos.
La constante observación de su amada le arrojó en pleno rostro el detalle que le faltaba para decidirse: notó, al principio como una sensación, que ella toleraba a duras penas una tremenda soledad. Luego, con un análisis más minucioso, comprendió que en su casa a nadie le importaba demasiado lo que ella hacía o dejaba de hacer. Saberlo, además de causarle una indignación difícil de disimular, lo llevó a pensar que ella merecía estar a su lado, sin importar las artes a las que debiera echar mano para lograrlo.
2
La vida para Morena (así la habían bautizado) era un monótono devenir entra la indiferencia de su familia y recuerdos cada vez más difusos de un pasado que tenía decidido olvidar. Habitaba en ella el dolor del abandono materno y las consiguientes penurias que de allí en más soportó. Su suerte comenzó a cambiar cuando conoció a ese hombre de mirada mansa que la acogió en su hogar de soltero y le brindó un cariño distante, es cierto, pero también comida y calor en el duro invierno. Ese hombre le salvó la vida. Luego comenzó a frecuentar la casa de al lado, por la presencia de unos niños cariñosos y traviesos. Las mañanas y las tardes se desandaban entre juegos y risas y se sintió una más. Fue quedándose poco a poco, a medida que sintió que era aceptada por todos, incluidos los adultos. Y pronto obtuvo un lugar para dormir y también un plato de comida. Ya no se fue más.
Seis meses después olvidó la gratitud que había sentido por el hombre que la había recogido de la calle. Lo veía todo el tiempo al pasar él por su nuevo hogar, o cuando ella misma correteaba junto a sus amiguitos por el vecindario, pero apenas era un rostro familiar, sin otro significado. En esos seis meses ella se sintió integrada a su familia adoptiva, la amaba. Especialmente al tío Rafa, que le dedicaba tiempo y no era extraño que le hiciera regalitos. Lucía, con orgullo, un lindo collar que una tarde él le obsequió.
Pero cuando dejó de ser novedad percibió que estaba siendo dejada de lado. No es que la ignoraran completamente, pero ya no era como al principio. Los chicos de la casa parecían aburrirse a los pocos minutos de jugar con ella, los adultos le dedicaban largas miradas pero no eran afectos a hablarle. Tan sólo el tío Rafa lo hacía, aunque era el que menos tiempo pasaba en la casa. Trabajaba mucho y en las noches se repartía entre un grupo de amigos de dudosa calaña y salidas misteriosas, de las que volvía impregnado de perfumes fuertes y alcohol.
Se había transformado en una solitaria.
3
En los días anteriores al secuestro Raimundo estuvo activo como pocas veces. Hilvanó una serie inédita de changas que le permitió acumular suficiente dinero para comprar cinco paquetes de cigarrillos, dos cajones de diez botellas de vino cada uno, un kilo de pan y una bolsa llena de papas. Sentado en la galería de su casa observó los víveres amontonados en la mesa de la cocina y se convenció de que era el momento: “es el momento”, dijo en voz alta.
No podía ver su cara, pero la imaginó empapada de ilusión. Nunca se había destacado por su belleza, aunque tampoco era muy inteligente. Pero si tenía una ventaja sobre el resto para pretender a Morena, ésa era su voluntad inquebrantable de tenerla, basada, claro está, en su amor por ella. Entonces, ni lindo ni avispado, pero sí ilusionado, resolvió tomarse un litrito de vino, dormir una siesta considerable y luego planear el secuestro, que decidió concretar a la madrugada.
No fue un litro de vino, sino que fueron dos, y la siestita se extendió desde el mediodía hasta bien entrada la noche. Luego de levantarse pensó que no era necesario darse un baño, pero se preparó unas papas noisette que le avivaron el espíritu. Descansó un rato y luego fue a dar unas vueltas a la manzana para calmar la ansiedad. Más pensaba en ella y más lentas se tornaban las agujas del reloj que se apretaba en su muñeca izquierda. Pero por mucho que demoró, la madrugada finalmente llegó.
Eran las dos cuando salió a la vereda. De un lado y del otro de la calle el paisaje era idéntico: un hilo irregular de tierra sumido en una potente oscuridad, que sólo menguaba en algunas esquinas, iluminadas por las míseras lamparitas que todavía se mantenían indemnes ante los cascotazos de los chicos del barrio.
Comenzó a caminar hacia el este y al llegar a la casa de su amor se internó con decisión por el pasillo que daba al patio trasero, allí donde tantas veces había visto la esbelta figura que le quitaba el sueño. Sólo necesitaba situar el lecho de su morocha y en eso estaba cuando sintió que la sangre se helaba en sus venas: con paso zigzagueante apareció detrás suyo el tío Rafa. Raimundo no pudo reprimir un grito de pánico, que encontró un eco casi instantáneo en boca del recién llegado. Ambos hombres se miraron con espanto, pero al cabo de unos instantes se calmaron y allí el invasor apeló a la genial salida salvadora: “¿Tenés fuego Rafa?”, disparó, a lo que el dueño de casa respondió con un atrevido “no, no fumo”. Se miraron un momento y Raimundo se marchó por donde había venido, mientras el tío Rafa comenzaba el eterno juego de intentar acertarle con la llave al ojo de la cerradura.
4
El fracaso en el primer intento no lo amilanó, sino que lo llevó a pergeñar un cambio de estrategia: debía concretar el secuestro después de que el tío Rafa emprendiera sus rapaces andanzas nocturnas. Fue así que a la noche siguiente, tipo diez, vio pasar la moto de su vecino y en un abrir y cerrar de ojos estuvo nuevamente en patio ajeno cavilando sobre la ubicación exacta de Morena.
Su instante de meditación se vio interrumpido de repente por un rayo de fortuna celestial. Como si lo hubiese estado esperando, la morocha emergió desde la oscuridad del quincho del fondo y fue a su encuentro decidida, moviendo la cola con apaciguada alegría. Raimundo entendió al verla de qué se trataba aquello que daban en llamar “plenitud”. Sin pensarlo dos veces se acercó al cuerpo tibio de Morena y le acarició la cabeza y la espalda. Sintió la necesidad de decirle mil cosas pero se contuvo y con un impulso irrefrenable la abrazó con toda sus fuerzas, la elevó pegada a su cuerpo sudoroso y se la llevó.
Morena, quizás sorprendida, no emitió sonido y se dejó llevar sin oponer ningún tipo de resistencia.
Los escasos cincuenta metros que separaban la casa del tío Rafa de la suya le parecieron a Raimundo varios kilómetros. No sólo por el peso que llevaba en sus brazos, el del objeto único de sus deseos, sino también por el temor a ser visto y el consiguiente peligro que se frustrara el secuestro.
Al llegar a la casa trabó tras de sí la puerta con un pesado sillón forrado en cuerina verde y llevó a Morena hasta su cama, no sin antes tropezar fieramente con una garrafa de gas. Recién ahí encendió la luz, mientras algunas lágrimas rodaban sin pasión por sus mejillas y un fuerte dolor se hacía rey de su amoratada canilla derecha.
Nada le importaba en ese momento. Apenas tuvo tiempo de echar un rápido vistazo a las botellas de vino que prometían momentos gratos, al pan y a las papas que le permitirían reponer fuerzas luego de lo que se aprestaba a vivir, y a los cigarrillos que lo acompañarían en el recuerdo del placer, en el momento de la reflexión, o cuando le dieran ganas de fumar, nomás.
Lo que siguió fue una puesta en escena cuyos actores fueron la ternura, el goce, las promesas vanas echadas al viento y, claro, las sensaciones de su Morena, que nadie nunca podría descifrar, tan poco habituada ella a expresar sus sentimientos.
La noche fue larga. Las botellas vacías se apilaron al costado de la cama hasta llegar a la cantidad de siete, y no menos de veinte o treinta puchos apagados se distribuían por el piso de cemento cual minas colocadas al azar por un ejército en retirada.
En su sueño plácido, Raimundo no sospechaba lo que se urdía a media cuadra de distancia.
5
Cuando el tío Rafa llegó, a eso de las tres de la madrugada, lo esperaba su madre, ataviada con un camisón verde que por poco ocultaba sus rodillas.
Al verlo avanzar por el pasillo dijo “secuestraron a la Morena” con tono de alarma y el tío Rafa, que no se había percatado de la presencia de doña Marta, disimuló el julepe diciendo: “buenas noches, ¿no?”.
La madrugada se consumió entre abundantes tazas de café para el tío Rafa, igual cantidad de té de tilo y menta para su madre y un sinfín de ideas tendientes a lograr la libertad de la perra.
Una vez que la claridad del alba brindó una especie de autorización para despertar a alguien, la suerte de don Julián estaba echada. Era, según comentarios, la única persona del pueblo capaz de resolver un entuerto de esa naturaleza: había completado más de la mitad del curso de detective por correspondencia que publicitaba la revista Locuras de Isidoro. Así fue que su puerta atronó ante cada golpe del tío Rafa, conminado por su madre a buscar al investigador a hora tan inconveniente.
6
Don Julián Ramos era un tipo práctico. Había llegado a sargento de policía pero por un accidente de trabajo obtuvo el retiro antes de cumplir los cincuenta. El accidente de marras fue un torito ladino que se resistió al atraco de don Julián y sus compañeros de guardia y le clavó una guampa en la zona de las costillas. De ahí que, en plena juventud, derivó sus inquietudes de pesquisa hacia la actividad privada.
Escuchó, como a lo lejos, el ruido seco (a modo de martillazos) en su puerta y algo extraviado por el sueño gritó un “ya va” que al menos sirvió para que el tío Rafa dejara de machacar con sus puños la desvencijada madera.
Pasó un poco más de una hora, y nada... Don Julián se había vuelto a dormir. Entonces, el tío Rafa ingresó sigilosamente a la casa y observó al detective durmiendo a pata suelta, vestido con un llamativo pijama color naranja, abrazado a un osito de peluche algo gastado, para decir la verdad.
El tío zamarreó al durmiente hasta despertarlo. Cuando don Julián logró abrir los ojos exhibió su mejor cara de no entender nada. Y menos entendió cuando escuchó el motivo de la irrupción en su domicilio particular del sujeto que perturbaba su sueño así porque sí.
“¿Secuestraron a tu perra?”, le preguntó mediante un resoplido verbal que, además de servirle para comunicarse con el prójimo, dejó en evidencia los serios problemas de halitosis que padecía el ex policía.
“Sí, así es”, asintió el tío Rafa, frunciendo la nariz como si oliera ácido nítrico.
El detective se descambió, se vistió, tomó dos o tres mates a las apuradas y, acicateado por el acertijo, prontamente estuvo en camino a la resolución del caso junto al tío Rafa, a quien conocía bastante bien. Es justo mencionar que lo había metido preso más de una vez por desacato a la autoridad y exhibicionismo en la vía pública.
7
Doña Marta, a la llegada del investigador, narró por enésima vez lo que había visto: “Escuché un ruido y miré por la ventana. Ahí vi al Raimundo transportando un bulto que, después comprendí, era la Morena. No está demás decir que a esa perra la quiero como a una hija y que temo por su integridad sexual”. Es arduo de describir el gesto de desesperación del tío Rafa al toparse con semejante conjetura. Pero se privó de hacer cualquier comentario.
Don Julián se mostró eficiente de entrada. No tuvo más que comunicarse con sus ex compañeros de la comisaría y en menos de lo que canta un gallo ya estaba parapetado en el ingreso mismo de la casa de Raimundo junto a un cabo primero y un sargento segundo.
Llegar al lugar y emprenderla a las patadas contra la puerta fue una misma cosa. Envalentonado, como si todavía gastara el azul uniforme de la policía, don Julián gritó: “¡Abran o se pudre todo!”, frase que fue sucedida por un profundo silencio.
Expectantes, todos los presentes pararon la oreja esperando el mínimo sonido para comprender lo que adentro estaba aconteciendo. Apenas un susurro lejano alteraba el apacible mutismo que envolvía a la mañana. “Son ronquidos”, sentenció el tío Rafa un rato después.
En efecto, eran ronquidos. Don Julián se exasperó un poco. El cabo y el sargento que le oficiaban de escolta lo vieron embestir con inusual énfasis contra la puerta, esta vez utilizando su gruesa figura como instrumento. No hizo falta más que un empellón y la fina madera cedió, con lo cual don Julián aterrizó impetuosamente unos tres metros dentro de la vivienda, es decir, en el ingreso mismo del dormitorio de Raimundo.
En la cama, el dueño de casa y Morena dormían plácidamente, el brazo izquierdo del hombre apoyado sobre el costado derecho de la perra, que a su vez posaba una pata trasera sobre la entrepierna de su captor. Una escena tierna.
Hilaridad de ver al animal sano y salvo se observó en los rostros de quienes lo bienquerían, y reclamo de escarmiento para el malhechor en un mismo (y no por eso contradictorio) gesto.
Don Julián intentó con un fuerte sacudón despertar a Raimundo, pero su esfuerzo fue infructuoso. Entonces, apelando a cierto histrionismo que había visto en las películas yanquis, levantó a la víctima y se la entregó a su legítimo amo.
El tío Rafa se abalanzó sobre su mascota y comenzó un extraño rosario de sonidos ininteligibles, mientras sacaba la lengua. Es honrar la verdad señalar que se vieron lágrimas en los ojos de más de uno al observar la escena, aunque no quedó claro si fue por el cálido reencuentro o por el estado mental del tío.
Mientras tanto, en el lecho, Raimundo continuaba dormido y cualquiera hubiese jurado que esa expresión difusa que le tajeaba la cara debajo del bigote era una sonrisa.
8
El transcurrir de los días trajo consigo lo que pretenciosamente se denomina “normalidad”. El tío Rafa siguió con su vida disipada; doña Marta, junto al resto de su familia, intentó briosamente olvidar lo sucedido; don Julián completó el curso de detective pero al poco tiempo murió de una extraña enfermedad; Raimundo ya no volvió a ser el mismo, aunque no por eso se bañó con mayor frecuencia ni tomó afecto por el trabajo.
En cuanto a Morena… Luego de la traumática experiencia que le tocó vivir se volvió un animal en extremo introvertido y realmente daba pena observar su mirada plena de tristeza y, ¿quién sabe?, tal vez incertidumbre. Pero tuvo la contención afectiva del tío, de doña Marta, y de los nietos de ésta, que diariamente llegaban para aportar sus risas y sus caricias consoladoras.
La perra evitó salir a la calle durante algún tiempo, no más de dos o tres semanas, hasta que un atardecer se decidió. Todos los moradores de la casa la siguieron con la vista, atentos a la reacción de su rostro a cada paso, ante cada metro que la iba acercando a la vereda. Hubo un intercambio de miradas teñidas de una cómplice satisfacción cuando la vieron echarse debajo del ceibo, entretenida en el mordisqueo de un hueso de vaca. No hubo consenso entre el tío Rafa, que se inclinaba por un coxis, y su madre, que creía identificar un sacro, aunque en algo se pusieron de acuerdo: el hueso provenía de un puchero.
La vida volvía a ser como en los viejos tiempos.
9
Todas las luces de alarma se encendieron en simultáneo en un mediodía caluroso. No encontraban a Morena por ninguna parte y el último que la vio fue el tío Rafa, cuando salió temprano hacia el trabajo. Ya el nombre de Raimundo estaba de nuevo en boca de todos, incluido en frases acusatorias, difamantes y llenas de promesas de venganza, cuando la perra ingresó con cara de circunstancia a la cocina y movió la cola a los pies de doña Marta, como solicitando alguna vitualla. Júbilo.
Nadie se preguntó dónde había estado, nadie se volvió a impacientar cada vez que Morena se ausentaba por unas horas. Todos parecieron comprender que se trataba de una simple perra y que era propio de su especie vagabundear sin ton ni son de aquí para allá. Todos menos el tío Rafa, que comenzó a desconfiar ante el extraño comportamiento del animal y la sospechosa paz interior que, a todas luces, ostentaba. Fue así que resolvió vigilar a Morena.
10
Raimundo fumaba ahora el tercer cigarrillo de la mañana. Morena dormitaba con semblante despreocupado sobre la manta colocada prolijamente junto a la garrafa. De vez en cuando levantaba la vista, observaba con sus ojos tranquilos todo a su alrededor, y volvía a apoyar la cabeza tras rascarse mecánicamente el hocico con una pata delantera. Era como un tic.
Pensaba Raimundo en los acontecimientos de los últimos tiempos, mientras daba cuenta de un vasito de vino Franja Amarilla blanco, con agua. Disfrutaba el momento. Pero sus meditaciones se vieron interrumpidas por el ingreso del tío Rafa, que franqueó la puerta abierta.
“Así te quería encontrar”, dijo el forastero, ante lo cual Raimundo le ofreció un poco de vino. Rechazó con mal talante el convite, dejando en claro que venía a arreglar cuentas dispuesto a apelar a toda la combatividad que poseía. “Te prohíbo de ahora en más acercarte a Morena a menos de cien metros de distancia”, lanzó. El rostro de su interlocutor era resignación y desasosiego. Lo notó el tío Rafa, que satisfecho por el efecto de sus palabras se acercó a la perra, se agachó, y con tono suave le susurró al oído: “vamos Morena, ya se acabó todo”. La perra abrió un solo ojo, miró al tío con serenidad, y lo volvió a cerrar. Emitió luego un hondo suspiro. Rafa no necesitó más para entender. Se fue sin decir nada, aunque de cruce hizo fondo blanco con el vaso de Raimundo.
11
Doña Marta preparó para el almuerzo una de sus especialidades: ñoquis de papa con estofado de pollo. El tío Rafa, pensativo, terminó su plato como los demás y para la primera repetición pidió “patamuslo”. Su madre le recordó que los pollos “se fabrican con dos patas, nomás”, y que se tendría que conformar con un ala o con el hígado, que eligiera.
“A-la”, pronunció, con los dientes apretados, el tío. Luego, una vez que asimiló lo sucedido por la mañana, lanzó: “Morena no va a volver. Se mudó a lo de Raimundo”. Estupor.
Que lo dijera él, teniendo en cuenta la hermosa relación que lo había unido a Morena, fue para doña Marta y sus dos nietos (los comensales de ese mediodía) una manera no tan dolorosa de comenzar a admitir una situación que poco tiempo antes hubiese significado un escándalo.
Se hizo un largo silencio, sólo importunado por el ruido de los cubiertos chocando sordamente contra los platos de loza. El tío Rafa, luego de vaciar su vaso de granadina, dijo: “Alguna vez los estudiados van a tener que explicar muchas de las cosas que pasan en este mundo”. Doña Marta lo miró con ojos piadosos. Mientras recogía los platos, la mujer murmuró: “¿Qué van a explicar? Si se veía a la legua que esa perra era una atorranta…”.
jueves 12 de noviembre de 2009
domingo 4 de octubre de 2009
El tembladeral que se viene
Esa entidad que una elite de decisores bautizó con cierta demasía Sistema Literario Argentino, mientras las masas (siempre más modestas) apenas si se animaron a concederle la categoría de grupo de escritores esenciales, tiene –por un elástico consenso- nombres indiscutibles y de los otros.
Cualquier desprevenido puede mencionar a Leopoldo Marechal, Ernesto Sábato, Julio Cortázar, Adolfo Bioy Casares y Roberto Arlt como generales de un ejército que, es obvio, comanda desde las alturas Jorge Luis Borges. Hay otros nombres que no deberían faltar en cualquier recuento medianamente serio, pero no es el objetivo de esta crónica la enumeración vana.
Aquí la cuestión es otra, solapada si se quiere. Lo que se pretende saber es qué le pasaría a la cultura nacional si, de golpe y porrazo, se borrara del mapa todo vestigio de la existencia de un Bioy o de un Marechal, por nombrar, al azar, a dos “próceres”.
La respuesta es simple: no pasaría nada.
Sospecho que a esta altura del artículo habrá más de cuatro cultos lectores al borde del soponcio. Quizás algún exagerado compare la hipótesis que aquí se plantea con la sensación que todo bien nacido sintió en su infancia cuando, saturado de crueldad, alguien lo anotició de que Papá Noel no existe.
Seamos serios, por Dios.
Vale dejar jugar a la imaginación para resolver el entuerto, si es que algo vale en esta vida.
Retocemos ficticiamente: de un momento para el otro se desvanece el sujeto Roberto Arlt y con él todo rastro que dejó en su paso por la tierra, su obra, los amores que sufrió y los que se perdió de disfrutar y, por último, toda huella que pudo haber quedado de su ser en la memoria colectiva e individual.
Pensemos, que no duele y todavía es gratis.
¿Qué sucedería? Reitero: nada.
Antes de que alguien proceda a estrangularse con una ristra de ejemplares de El juguete rabioso o a auto lapidarse utilizando Los siete locos, Los lanzallamas y Aguafuertes porteñas como letrados proyectiles, brindo rápida respuesta y concluyente prueba: la ignorancia sobre la obra de un escritor fundamental ya existió en este país y nadie se murió por eso ni se enderezaron espontáneamente las bananas.
Puedo adivinar al sesudo lector buscando y rebuscando (por no decir rebuznando) en su mente a alguno entre tantos escritores olvidados. No se piense en Mallea ni en Macedonio Fernández, no se ose desempolvar el nombre de Sara Gallardo. No.
Si esa es la salida que piensan, se equivocan. Esos, y muchísimos más, han quedado relegados, la mayoría de manera indebida, pero no fueron decididamente escondidos.
Tanto barullo por una conjetura como la que aquí se traza tiene una perversa explicación: exceptuando a los ignorantes consuetudinarios, el resto es partícipe o encubridor del ninguneo del que fue objeto quien en vida fue un contraejemplo taxativo: Clemente Otoniel.
Son los mismos que se rasgan las vestiduras al decir que no hay biblioteca posible sin Sábato o que no hay literatura argentina sin Bioy, y paparruchadas por el estilo.
Lastimosamente, este cronista no está autorizado (todavía) a brindar detalles de un hallazgo que a muchos referentes de la cultura les hará temblequear hasta el caracú, pero sí puede adelantarse que la literatura argentina tendrá una nueva configuración desde el mismo momento en que vean la luz los cuentos que acaban de hallarse en una revista relegada por años al ostracismo, ocultos por un seudónimo que protegió a Otoniel de persecuciones políticas o de un marido celoso, no se sabe bien.
En tiempos de conciencias remordidas, una tardía isocronía: hubo quienes aceptaron que el (por antonomasia) poeta posee un lugar en el Parnaso; otros, a regañadientes, admitieron que el periodismo no volvió a ser el mismo luego de sus latigazos editoriales. Pero esas concesiones fueron apenas peones entregados por el poder, que pretendió así salvaguardar las piezas importantes del tablero.
Eso hasta hoy, el tiempo de la reivindicación total.
Pronto se conocerá la verdadera catadura moral de Cortázar al ser revelada la forma en que rompió un pacto con Otoniel, hecho que nuestro hombre calificó de “agachada del franchute”. Así, Casa tomada mutará la simbología que interesadamente le dieron los sabihondos de turno o “ulteriores críticos marmotas”, al decir del poeta.
Al mismo tiempo, la psicología moderna quedará en ridículo cuando se compruebe que un relato ignorado habló del Síndrome de Estocolmo veinte años antes que cualquiera de sus teóricos y con un lenguaje modesto y sin los firuletes que desnudan lo antipopular de algunos pretenciosos narradores.
Vayan sabiéndolo señores editores y académicos: si por décadas descansaron en la convicción que Otoniel no tenía el albacea que Kafka halló en Max Brod, empiecen a cansarse; prepárense los amigos del lugar común y ensayen el término “otonielesco”, porque en adelante habrán de usarlo más que a su cepillo de dientes.
En su tumba, Clemente se revolverá en paz.
Cualquier desprevenido puede mencionar a Leopoldo Marechal, Ernesto Sábato, Julio Cortázar, Adolfo Bioy Casares y Roberto Arlt como generales de un ejército que, es obvio, comanda desde las alturas Jorge Luis Borges. Hay otros nombres que no deberían faltar en cualquier recuento medianamente serio, pero no es el objetivo de esta crónica la enumeración vana.
Aquí la cuestión es otra, solapada si se quiere. Lo que se pretende saber es qué le pasaría a la cultura nacional si, de golpe y porrazo, se borrara del mapa todo vestigio de la existencia de un Bioy o de un Marechal, por nombrar, al azar, a dos “próceres”.
La respuesta es simple: no pasaría nada.
Sospecho que a esta altura del artículo habrá más de cuatro cultos lectores al borde del soponcio. Quizás algún exagerado compare la hipótesis que aquí se plantea con la sensación que todo bien nacido sintió en su infancia cuando, saturado de crueldad, alguien lo anotició de que Papá Noel no existe.
Seamos serios, por Dios.
Vale dejar jugar a la imaginación para resolver el entuerto, si es que algo vale en esta vida.
Retocemos ficticiamente: de un momento para el otro se desvanece el sujeto Roberto Arlt y con él todo rastro que dejó en su paso por la tierra, su obra, los amores que sufrió y los que se perdió de disfrutar y, por último, toda huella que pudo haber quedado de su ser en la memoria colectiva e individual.
Pensemos, que no duele y todavía es gratis.
¿Qué sucedería? Reitero: nada.
Antes de que alguien proceda a estrangularse con una ristra de ejemplares de El juguete rabioso o a auto lapidarse utilizando Los siete locos, Los lanzallamas y Aguafuertes porteñas como letrados proyectiles, brindo rápida respuesta y concluyente prueba: la ignorancia sobre la obra de un escritor fundamental ya existió en este país y nadie se murió por eso ni se enderezaron espontáneamente las bananas.
Puedo adivinar al sesudo lector buscando y rebuscando (por no decir rebuznando) en su mente a alguno entre tantos escritores olvidados. No se piense en Mallea ni en Macedonio Fernández, no se ose desempolvar el nombre de Sara Gallardo. No.
Si esa es la salida que piensan, se equivocan. Esos, y muchísimos más, han quedado relegados, la mayoría de manera indebida, pero no fueron decididamente escondidos.
Tanto barullo por una conjetura como la que aquí se traza tiene una perversa explicación: exceptuando a los ignorantes consuetudinarios, el resto es partícipe o encubridor del ninguneo del que fue objeto quien en vida fue un contraejemplo taxativo: Clemente Otoniel.
Son los mismos que se rasgan las vestiduras al decir que no hay biblioteca posible sin Sábato o que no hay literatura argentina sin Bioy, y paparruchadas por el estilo.
Lastimosamente, este cronista no está autorizado (todavía) a brindar detalles de un hallazgo que a muchos referentes de la cultura les hará temblequear hasta el caracú, pero sí puede adelantarse que la literatura argentina tendrá una nueva configuración desde el mismo momento en que vean la luz los cuentos que acaban de hallarse en una revista relegada por años al ostracismo, ocultos por un seudónimo que protegió a Otoniel de persecuciones políticas o de un marido celoso, no se sabe bien.
En tiempos de conciencias remordidas, una tardía isocronía: hubo quienes aceptaron que el (por antonomasia) poeta posee un lugar en el Parnaso; otros, a regañadientes, admitieron que el periodismo no volvió a ser el mismo luego de sus latigazos editoriales. Pero esas concesiones fueron apenas peones entregados por el poder, que pretendió así salvaguardar las piezas importantes del tablero.
Eso hasta hoy, el tiempo de la reivindicación total.
Pronto se conocerá la verdadera catadura moral de Cortázar al ser revelada la forma en que rompió un pacto con Otoniel, hecho que nuestro hombre calificó de “agachada del franchute”. Así, Casa tomada mutará la simbología que interesadamente le dieron los sabihondos de turno o “ulteriores críticos marmotas”, al decir del poeta.
Al mismo tiempo, la psicología moderna quedará en ridículo cuando se compruebe que un relato ignorado habló del Síndrome de Estocolmo veinte años antes que cualquiera de sus teóricos y con un lenguaje modesto y sin los firuletes que desnudan lo antipopular de algunos pretenciosos narradores.
Vayan sabiéndolo señores editores y académicos: si por décadas descansaron en la convicción que Otoniel no tenía el albacea que Kafka halló en Max Brod, empiecen a cansarse; prepárense los amigos del lugar común y ensayen el término “otonielesco”, porque en adelante habrán de usarlo más que a su cepillo de dientes.
En su tumba, Clemente se revolverá en paz.
sábado 5 de septiembre de 2009
Papeles inesperados: cuando Clemente Otoniel abrazó el periodismo
A la muerte de los grandes hombres le sucede, más temprano que tarde, una oleada de hallazgos que llega para completar una obra, sorprender a los eruditos y, en algunos casos, develar una personalidad.
Así fue recibida por los ilustrados una serie de documentos que revela el tránsito fugaz de Clemente Otoniel por los senderos siempre sinuosos del periodismo.
El inconsciente colectivo situó a Otoniel en el Parnaso, como bien graficó la ensayista uruguaya Andrea Alba Arenga. Pero la aparición de los papeles a los que aquí se alude obliga a una digresión indispensable: decir hoy que se trataba solamente de un poeta es decir una verdad a medias. O para ser estrictos: es mentir.
Otoniel no sólo iluminó con enjundia y claridad ese oficio que algunos –con dudoso tino- nombran como “la primera versión de la historia”, sino que, yendo mucho más lejos aún, inventó un género: el latigazo editorial.
Nos llegan testimonios orales, que a su vez se basan en manuscritos aportados por la madre del rapsoda, de incontestable argumentación y manifiesta contundencia.
El (también) poeta concibió una nueva manera de editorializar, mucho más austera que la tradicional, es cierto, pero infinitamente más rotunda.
Transcurría sus años mozos cuando, sin más arma que su bicicleta, Otoniel se transformó en lo que lustros más tarde se dio en llamar propaladora ambulante.
Este émulo del mismísimo Homero que gastaba los polvorientos caminos helénicos recitando sus obras, acordaba con almaceneros y verduleros ir por las calles del pueblo voceando breves publicidades a cambio de algún billete o, por qué negarlo, un alimento no perecedero.
No se persigue aquí ahondar sobre su innato talento de publicista, sino sobre sus latigazos editoriales que, rebelde al fin, soltó sobre las poderosas corporaciones y las castas dominantes.
Si bien persisten dudas sobre cuál fue el latigazo que abrió la saga, se sabe a ciencia cierta que el primer enemigo de peso que se ganó fue la Iglesia.
A mediados de los años treinta el Padre Omar encabezaba la procesión de Santa Ana cuando Otoniel, a contramano de los fieles (en todo sentido, claro está), interrumpió sus publicidades y lanzó el tremendo “vos tenés más hijos que Urquiza”.
Don Faustino Reyes, padre de once hijos, caminaba a la par del cura y tomó la frase como un agravio dirigido hacia él; así fue que molió a palos al poeta.
El Padre Omar, padrino de muchos pilluelos que -curiosamente- tenían sus mismos ojos, siguió entonando el himno a la madre de la Virgen María sin observar, siquiera de soslayo, el pulcro y repetido uppercut de Reyes sobre la mandíbula lampiña de Otoniel.
Algunos de sus latigazos fueron comprendidos generaciones después. Cuando le espetó al intendente Braulio Iraunkor el memorable “vos sos como el aloe vera” todavía faltaban décadas para que el vulgo se enterara de la cantidad casi infinita de propiedades que posee la simpática plantita.
La paradoja tiene también su lugar en esta historia. Cuando le dijo “chino comegatos” al tintorero de su cuadra no pretendió sembrar la creciente sospecha que pesa sobre el origen de la carne que utilizan los restaurantes orientales para elaborar sus menús de tan bajo costo. Hay que reconocerlo: fue un error de Otoniel. Acusó al amarillo de haber sustraído y comido a su gata Carmela, pero el licencioso animal apareció unos días más tarde con evidentes signos de jolgorio macho, gatuno y excesivo sobre su cuero.
Lo concreto es que, al margen de errores y aciertos, Otoniel jamás midió la estatura de sus eventuales enemigos y respetó su carácter despreocupado al entrometerse en los asuntos de personajes tan poderosos como el cura, el intendente y el indescifrable japonés, a quien llamó chino en otra prueba de su insolencia.
Igualmente, se admite en el círculo íntimo del pregonero que su inveterada costumbre de remar contra la corriente no contribuyó en nada para que su carrera dentro del periodismo fuese algo más extensa.
Tampoco hizo falta. La Historia (así, con mayúsculas) suele poner algunas cosas en su lugar. Y sería bueno que a partir de las presentes revelaciones los críticos literarios se detengan a pensar un minuto antes de tildar solamente de “poeta” a Clemente Otoniel.
Así fue recibida por los ilustrados una serie de documentos que revela el tránsito fugaz de Clemente Otoniel por los senderos siempre sinuosos del periodismo.
El inconsciente colectivo situó a Otoniel en el Parnaso, como bien graficó la ensayista uruguaya Andrea Alba Arenga. Pero la aparición de los papeles a los que aquí se alude obliga a una digresión indispensable: decir hoy que se trataba solamente de un poeta es decir una verdad a medias. O para ser estrictos: es mentir.
Otoniel no sólo iluminó con enjundia y claridad ese oficio que algunos –con dudoso tino- nombran como “la primera versión de la historia”, sino que, yendo mucho más lejos aún, inventó un género: el latigazo editorial.
Nos llegan testimonios orales, que a su vez se basan en manuscritos aportados por la madre del rapsoda, de incontestable argumentación y manifiesta contundencia.
El (también) poeta concibió una nueva manera de editorializar, mucho más austera que la tradicional, es cierto, pero infinitamente más rotunda.
Transcurría sus años mozos cuando, sin más arma que su bicicleta, Otoniel se transformó en lo que lustros más tarde se dio en llamar propaladora ambulante.
Este émulo del mismísimo Homero que gastaba los polvorientos caminos helénicos recitando sus obras, acordaba con almaceneros y verduleros ir por las calles del pueblo voceando breves publicidades a cambio de algún billete o, por qué negarlo, un alimento no perecedero.
No se persigue aquí ahondar sobre su innato talento de publicista, sino sobre sus latigazos editoriales que, rebelde al fin, soltó sobre las poderosas corporaciones y las castas dominantes.
Si bien persisten dudas sobre cuál fue el latigazo que abrió la saga, se sabe a ciencia cierta que el primer enemigo de peso que se ganó fue la Iglesia.
A mediados de los años treinta el Padre Omar encabezaba la procesión de Santa Ana cuando Otoniel, a contramano de los fieles (en todo sentido, claro está), interrumpió sus publicidades y lanzó el tremendo “vos tenés más hijos que Urquiza”.
Don Faustino Reyes, padre de once hijos, caminaba a la par del cura y tomó la frase como un agravio dirigido hacia él; así fue que molió a palos al poeta.
El Padre Omar, padrino de muchos pilluelos que -curiosamente- tenían sus mismos ojos, siguió entonando el himno a la madre de la Virgen María sin observar, siquiera de soslayo, el pulcro y repetido uppercut de Reyes sobre la mandíbula lampiña de Otoniel.
Algunos de sus latigazos fueron comprendidos generaciones después. Cuando le espetó al intendente Braulio Iraunkor el memorable “vos sos como el aloe vera” todavía faltaban décadas para que el vulgo se enterara de la cantidad casi infinita de propiedades que posee la simpática plantita.
La paradoja tiene también su lugar en esta historia. Cuando le dijo “chino comegatos” al tintorero de su cuadra no pretendió sembrar la creciente sospecha que pesa sobre el origen de la carne que utilizan los restaurantes orientales para elaborar sus menús de tan bajo costo. Hay que reconocerlo: fue un error de Otoniel. Acusó al amarillo de haber sustraído y comido a su gata Carmela, pero el licencioso animal apareció unos días más tarde con evidentes signos de jolgorio macho, gatuno y excesivo sobre su cuero.
Lo concreto es que, al margen de errores y aciertos, Otoniel jamás midió la estatura de sus eventuales enemigos y respetó su carácter despreocupado al entrometerse en los asuntos de personajes tan poderosos como el cura, el intendente y el indescifrable japonés, a quien llamó chino en otra prueba de su insolencia.
Igualmente, se admite en el círculo íntimo del pregonero que su inveterada costumbre de remar contra la corriente no contribuyó en nada para que su carrera dentro del periodismo fuese algo más extensa.
Tampoco hizo falta. La Historia (así, con mayúsculas) suele poner algunas cosas en su lugar. Y sería bueno que a partir de las presentes revelaciones los críticos literarios se detengan a pensar un minuto antes de tildar solamente de “poeta” a Clemente Otoniel.
lunes 10 de agosto de 2009
Algo que sucede
De repente algo sucede.
Hasta allí, imágenes y más imágenes, casi idénticas (pero no idénticas), se pegaban unas a otras a una velocidad proyectada y formaban una película consecutiva, uniforme, en tiempo real.
Ella invita otra cerveza.
- Bueno, responde él.
El humo domina la escena, pule una secuencia prácticamente lógica de frases que remontan vuelo. Aparece Borges, por poco choca con Walsh, y se miran feo (¿Cómo no?). Luego pasa Saer, después el Che; Cortázar y Haroldo Conti. Eso es, simplemente, una conversación.
Pero algo está pasando, algo está madurando.
Se cruzan las miradas a cada momento, en tanto él observa los anaqueles repletos de libros y fotografías y pedazos de vidas y de muertes. Ella lo deja mirar, no resiste al atropello que, evidentemente, él perpetra contra su intimidad.
Hay algo en el ambiente, que flota, y no es el humo. No sólo es el humo.
Ella piensa que siente ganas; él las siente y no las piensa.
Ella toma la botella y llena otra vez los vasos; le alcanza el suyo.
El intercambio de miradas es quieto, pero son miradas cómplices, que saben que el otro sabe. Hay una tensión creciente, un clima intimista que los va llevando hacia un único lugar posible, que sin embargo no es fácil de abordar.
- Estoy vulnerable por estos días, dice ella, a propósito de alguno de los tantos temas, vaya a saber cuál.
Él entiende la frase como un pedido: que el cuchillo se entierre hasta el hueso.
- ¿Sí?
Va llegando el momento en que las precauciones comienzan a caer por su excesivo peso y todo lo que ambos traen encima queda a la vista, expuesto, sobre la mesa a la que están sentados.
Él la acaricia cuando ella pasa a su lado, rumbo a la cocina. Hay dudas, pero no resistencia. Son los momentos en que se prepara la trampa en la que uno desea caer, esa suerte de antesala de vacío, donde se elige con alegría perder la calma para que no haya tanto que perder, o al menos que no importe tanto la derrota.
Entonces ella se acerca y se deja alcanzar, se deja acariciar, como una gata mansa.
Y de repente todo se trastoca.
Y ella ataca como tigresa ultrajada, y lo que era serenidad se transforma en ímpetu sin que haya nada que aclarar, como cuando uno descubre (o redescubre) sin haber buscado. Como cuando algo que estaba por suceder, sucede.
Hasta allí, imágenes y más imágenes, casi idénticas (pero no idénticas), se pegaban unas a otras a una velocidad proyectada y formaban una película consecutiva, uniforme, en tiempo real.
Ella invita otra cerveza.
- Bueno, responde él.
El humo domina la escena, pule una secuencia prácticamente lógica de frases que remontan vuelo. Aparece Borges, por poco choca con Walsh, y se miran feo (¿Cómo no?). Luego pasa Saer, después el Che; Cortázar y Haroldo Conti. Eso es, simplemente, una conversación.
Pero algo está pasando, algo está madurando.
Se cruzan las miradas a cada momento, en tanto él observa los anaqueles repletos de libros y fotografías y pedazos de vidas y de muertes. Ella lo deja mirar, no resiste al atropello que, evidentemente, él perpetra contra su intimidad.
Hay algo en el ambiente, que flota, y no es el humo. No sólo es el humo.
Ella piensa que siente ganas; él las siente y no las piensa.
Ella toma la botella y llena otra vez los vasos; le alcanza el suyo.
El intercambio de miradas es quieto, pero son miradas cómplices, que saben que el otro sabe. Hay una tensión creciente, un clima intimista que los va llevando hacia un único lugar posible, que sin embargo no es fácil de abordar.
- Estoy vulnerable por estos días, dice ella, a propósito de alguno de los tantos temas, vaya a saber cuál.
Él entiende la frase como un pedido: que el cuchillo se entierre hasta el hueso.
- ¿Sí?
Va llegando el momento en que las precauciones comienzan a caer por su excesivo peso y todo lo que ambos traen encima queda a la vista, expuesto, sobre la mesa a la que están sentados.
Él la acaricia cuando ella pasa a su lado, rumbo a la cocina. Hay dudas, pero no resistencia. Son los momentos en que se prepara la trampa en la que uno desea caer, esa suerte de antesala de vacío, donde se elige con alegría perder la calma para que no haya tanto que perder, o al menos que no importe tanto la derrota.
Entonces ella se acerca y se deja alcanzar, se deja acariciar, como una gata mansa.
Y de repente todo se trastoca.
Y ella ataca como tigresa ultrajada, y lo que era serenidad se transforma en ímpetu sin que haya nada que aclarar, como cuando uno descubre (o redescubre) sin haber buscado. Como cuando algo que estaba por suceder, sucede.
martes 7 de julio de 2009
Matecitos con Dios

Dios, enlodadas las sandalias con barro pegajoso, tomaba mates una tarde debajo de un árbol, en plena lluvia. Una filtración intermitente de diminutas gotas -que gambeteaban ramas, gajos y hojas- se empecinaba en mojarle el pelo cano sólo de a ratos, pero con la molestia que conllevaba el hecho de sorprenderlo cada vez.
De mal humor se ponía el Padre de todas las cosas cuando el chorro de turno (intempestivo, siempre) le duchaba el flequillo.
Etérea y esmerada, una brisa en exceso comedida, se ocupaba de acomodarle los cabellos cada vez que el estrafalario manantial importunaba al Creador, sin conseguir –sin embargo- mejorar el talante del Tata.
En eso estaba ocupado el Señor cuando comenzó un sospechoso peregrinar (por así decirlo) de gentes que se le acercaban con cierto sigilo –y mucho de solemnidad- para, como quien no quiere la cosa, estirar la mano esperando ser convidadas nada menos que con un matecito celestial.
Entre que el chorrito irregular lo asustaba y (encima) le enfriaba el mate al mezclarse con el agua del termo en el interior mismo del porongo, Dios no estaba para relaciones públicas.
Pero… los caminos del Señor son inescrutables, subrepticios, incognoscibles y hasta sibilinos, por lo cual es casi fácil entender que no podemos comprender sus razones. De ahí que, pese al humor de perros que tenía, el Creador invitó con un mate a cada desconocido que se le acercó, aclarando que para él nadie es literalmente un desconocido (huelgan las explicaciones del porqué).
De todas formas, una cosa es estirar el brazo ofreciendo un mate y otra es hacer exactamente lo mismo, pero contento. Dios no estaba contento.
Entonces, creó (nunca mejor usado ese verbo) un simple jueguito, para divertirse un rato y de paso, tirar sobre el pastito un par de sentencias adoctrinadoras (se sabe: el tipo no puede con su genio).
Pasó el patrón de estancia, y Dios dijo:
Tómese un matecito de coherencia, mi amigo. No se me queje más de la sequía hasta que ponga en regla a la peonada, esa que pone el lomo para usted.
Después le tocó al comerciante:
Aquí tiene compañero, un matecito de vergüenza. No llore más por el impuesto, si usted evade por millones.
Luego se paró el mezquino.
Tome un matecito de realidad ¿No se dio cuenta de que no se va a llevar nada de todo lo que está encanutando?
Después fue el turno del dirigente político. Todos pararon la oreja para escuchar de qué forma Tata Dios lo ponía en vereda al maldito. Pero por mucho que pugnaron, se esforzaron y se amontonaron, no alcanzaron a entender nada. Simplemente porque nada dijo Dios, que apenas se limitó a alcanzarle un mate, con una sonrisa en los labios.
Mascullando bronca salieron los buenos hombres, quejándose de Dios, de su hijo Jesucristo y, por supuesto, también del Espíritu Santo:
Habráse visto, nos echó en cara nuestras cuitas, cositas que hacemos para sobrevivir, y al político –la peor basura que puede existir- no le dijo nada, bramaron, cada uno con distintas palabras y el mismo odio y la misma impotencia relumbrando como llamas a través de sus miradas. Y se fueron, bajo la lluvia, sus cabezas transformadas en urdimbres de vaya a saber qué cosas.
Dios seguía, mientras tanto, tomando mates con el político. Éste, cuando los mates ya estaban intomables (por lavados y por fríos), le dijo al Tata:
A uno le alcanzó un matecito de coherencia, a otro uno de vergüenza, después sirvió un matecito de realidad. Qué raro que no usó sustantivo para el mío…
Sonrió Dios. Se secó el chorro de agua que acababa de mojarle la frente. Y dijo con tono paternal:
A usted, mi amigo, no tengo nada que decirle. Usted es como un espejo.
¿Cómo dice?
Sí, compañero. Usted refleja al conjunto. Es un simple producto de eso que llaman sociedad. Malo o bueno, usted es ellos, y ellos son usted… En fin… ¿por qué no pone la pava al fuego? ¿Eh? Vaya... Vaya...
Ilustración de Andal13
viernes 12 de junio de 2009
Algunas palabras acerca de la muerte del poeta Clemente Otoniel

La muerte, esa única certeza que poseemos, sorprendió al poeta Clemente Otoniel a sus no muy bien llevados noventa y dos años. No es el objetivo de estas líneas situar su figura en un contexto determinado, ni compararlo con sus pares; tampoco valorar ni desmembrar su obra; persiguen estas líneas, apenas, la concreción de un estricto acto de Justicia.
En primer término, me permito una indiscreción: Otoniel, ante sus íntimos, rechazaba con hosquedad pertenecer a una casta de poetas malditos. Es de destacar su honradez. Si bien confesó más de una vez que nunca leyó a Arthur Rimbaud, Stéphane Mallarmé ni –mucho menos- a Marceline Desbordes-Valmore, se diferenciaba de ellos tajantemente. Iba más allá su humildad: juraba que jamás había escuchado esos nombres.
Clemente Otoniel puede haber sido acusado de todo, menos de oportunista. Se mantuvo fiel a sus convicciones y, por tanto, ajeno a las corrientes poéticas, históricas o de moda. No adhirió ni al romanticismo ni al modernismo, y hasta denostaba al simbolismo. Quizás su postura anárquica motivó la indiferencia a la que fueron conminados sus poemas, incluso los más logrados.
“María Magdalena, sin casete”, tal vez su poemario más polémico, reveló su audacia y su coraje sin límites. Esas cuartetas, que no significaron otra cosa que darle voz a un personaje tan controvertido del cristianismo, no le valieron la excomunión de la Iglesia Católica. Otoniel entendió el silencio e inacción de la curia como una admisión implícita a lo atinado de sus versos.
Pero no iba a ser gratis para el pensador la prueba de su arrojo. Los poemas, insólitamente inéditos, provocaron la furia de su madre. La mujer, líder de un grupo de oración de la Renovación Carismática, no dudó en echarlo de su casa tras hallar el manuscrito, disimulado en el cajón donde el poeta guardaba su ropa interior.
Pasados los sesenta años, Otoniel se encontró en la calle, con un mundo por descubrir.
Quizás el alejamiento de su lugar, el peregrinaje hostil al que se vio sometido, originó sus rimas más lastimeras. Se sintió un segregado y volcó la traumática experiencia en el experimental “La calle, la hiel”.
Luego de algún tiempo de tardía rebeldía, intentó el perdón de su madre con una jugada intrépida: simuló convertirse al catolicismo, a la manera de Paul Verlaine, e incluso se ofreció para oficiar de monaguillo en la Iglesia de la Merced. Su madre se mantuvo imperturbable.
Allí se produjo un quiebre en la vida de Otoniel. Enloquecido por el ultraje materno, desequilibrado se podría decir, germinó una completa identificación con José Saramago, de quien decía –no sin razón- que, al igual que él mismo, se había dedicado al arte de las letras en la madurez. De esa época data el sobrio “Mi hermano, el comunista”.
Se transcribe:
El aire acarrea aromas genitales
Tú estás en el Norte, yo estoy en el Sur
Me gustaría verte, José Saramago
Pa decirte en la jeta lo que tú vales
Hay artificios en tu Literatura
Mi madre, morena; la tuya, desconozco
Los dos empezamos de viejos
Humildemente, estás a mi altura
Y todo se mezcla en la espesura
De la vida y de la muerte
Somos hermanos, ¿qué duda cabe?
Es raro, pero ¿no es una hermosura?
Y es bello, como rocío en una rosa
Vos, comunista; yo, nada que ver
Pero eso es lo de menos, me parece
Sos mi hermano, y a otra cosa, mariposa
Esa obra fue el inicio del eclecticismo que marcó los últimos años de su arte. Es casi una leyenda su presentación ante las autoridades, a mediados de los años setenta, para solicitar un subsidio que permitiese difundir masivamente su homenaje fraternal al escritor portugués. Un gesto valiente, sin lugar a dudas. Y una prueba concreta de que un artista no necesariamente debe estar avisado de vaivenes políticos y otras minucias por el estilo.
Las autoridades militares que acababan de asaltar el poder no vieron con buenos ojos la difusión de su labor, pero Otoniel no se amilanó: en pocos días escribió “Algo habrán hecho”, interpretado como un manifiesto valeroso contra barbudos y revoltosos, contrarios al orden establecido que –curiosamente- tanto lo ignoró.
Luego, la expectativa silente. Quienes lo quisieron bien esperaron durante décadas volver a escuchar su voz. Lo compararon con Juan Rulfo, pensaron en un retorno a toda orquesta. Clemente Otoniel no les dio el gusto; evidentemente tenía otros planes. Se volvió a saber de él la semana que pasó: en una cama de hospital se apagó su vida, luego de una penosa y larga enfermedad.
Se fue con una mueca de disgusto en el rostro, pero libre.
El practicante que higienizó su cadáver extrajo de su bolsillo y arrojó al cesto, sin siquiera leerlo, su último poema. Sin saberlo, con un simple movimiento de su brazo, el ignoto enfermero cerró el círculo de la ignominia.
Ilustración: Andal13, de Ajo y Agua.
jueves 23 de abril de 2009
Ser Pugliese

Si me hubiesen preguntado alguna vez quién me hubiese gustado ser, sin dudas hubiese dicho: el maestro Osvaldo Pugliese.
Y aclaro, por si acaso, que mi elección no se basa especialmente en su talento como creador, capaz de maravillar de la misma forma en que lo hacía –lo hace- su notable refinamiento para interpretar el tango con su piano, con su orquesta, con su sensibilidad.
Tampoco pensé en el prestigio que se supo ganar como hombre íntegro, quizás más difícil de obtener que el de genial músico, para decir “me hubiese gustado ser Pugliese”.
Y mucho menos en esa tan apreciada virtud que le atribuyen supersticiosos de toda índole, que lo nombran y ponen su música, como conjuro, seguidamente de pronunciar el apellido de alguien a quien se considera de mala suerte.
Osvaldo Pugliese merece que sus tangos y milongas bravas resuenen por ser bellas y hondas, sin motivos adicionales.
No.
A mí me hubiese gustado ser Pugliese para vivir una sola de sus miles de noches al frente de su orquesta típica, en El Nacional o en cualquier otro café, con la rosa roja sobre el piano.
Me hubiese gustado vivir, como él, aquella Buenos Aires de ensueño, con el arrabal metido en la Corrientes angosta y el tango siendo rey de músicas, llevando y trayendo cajetillas y bataclanas, señoras y atorrantes, con La Yumba como sonido cimero que sugestiona la sangre y hace perder la calma.
Una noche de mirar luces y sombras con los ojos miopes de Pugliese, oyendo arrebatos, matices y canyengues -propios, pero también ajenos-, y sintiendo por una vez el eufórico sosiego que debe haber sentido Pugliese si es que alguna vez se puso a pensar, una sola de aquellas noches, lo asombroso que era ser nada menos que el maestro Osvaldo Pugliese.
Ilustración: Andal13, de Ajo y Agua. www.andal13.blogspot.com
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