martes 7 de julio de 2009

Matecitos con Dios


Dios, enlodadas las sandalias con barro pegajoso, tomaba mates una tarde debajo de un árbol, en plena lluvia. Una filtración intermitente de diminutas gotas -que gambeteaban ramas, gajos y hojas- se empecinaba en mojarle el pelo cano sólo de a ratos, pero con la molestia que conllevaba el hecho de sorprenderlo cada vez.
De mal humor se ponía el Padre de todas las cosas cuando el chorro de turno (intempestivo, siempre) le duchaba el flequillo.
Etérea y esmerada, una brisa en exceso comedida, se ocupaba de acomodarle los cabellos cada vez que el estrafalario manantial importunaba al Creador, sin conseguir –sin embargo- mejorar el talante del Tata.
En eso estaba ocupado el Señor cuando comenzó un sospechoso peregrinar (por así decirlo) de gentes que se le acercaban con cierto sigilo –y mucho de solemnidad- para, como quien no quiere la cosa, estirar la mano esperando ser convidadas nada menos que con un matecito celestial.
Entre que el chorrito irregular lo asustaba y (encima) le enfriaba el mate al mezclarse con el agua del termo en el interior mismo del porongo, Dios no estaba para relaciones públicas.
Pero… los caminos del Señor son inescrutables, subrepticios, incognoscibles y hasta sibilinos, por lo cual es casi fácil entender que no podemos comprender sus razones. De ahí que, pese al humor de perros que tenía, el Creador invitó con un mate a cada desconocido que se le acercó, aclarando que para él nadie es literalmente un desconocido (huelgan las explicaciones del porqué).
De todas formas, una cosa es estirar el brazo ofreciendo un mate y otra es hacer exactamente lo mismo, pero contento. Dios no estaba contento.
Entonces, creó (nunca mejor usado ese verbo) un simple jueguito, para divertirse un rato y de paso, tirar sobre el pastito un par de sentencias adoctrinadoras (se sabe: el tipo no puede con su genio).
Pasó el patrón de estancia, y Dios dijo:
Tómese un matecito de coherencia, mi amigo. No se me queje más de la sequía hasta que ponga en regla a la peonada, esa que pone el lomo para usted.
Después le tocó al comerciante:
Aquí tiene compañero, un matecito de vergüenza. No llore más por el impuesto, si usted evade por millones.
Luego se paró el mezquino.
Tome un matecito de realidad ¿No se dio cuenta de que no se va a llevar nada de todo lo que está encanutando?
Después fue el turno del dirigente político. Todos pararon la oreja para escuchar de qué forma Tata Dios lo ponía en vereda al maldito. Pero por mucho que pugnaron, se esforzaron y se amontonaron, no alcanzaron a entender nada. Simplemente porque nada dijo Dios, que apenas se limitó a alcanzarle un mate, con una sonrisa en los labios.
Mascullando bronca salieron los buenos hombres, quejándose de Dios, de su hijo Jesucristo y, por supuesto, también del Espíritu Santo:
Habráse visto, nos echó en cara nuestras cuitas, cositas que hacemos para sobrevivir, y al político –la peor basura que puede existir- no le dijo nada, bramaron, cada uno con distintas palabras y el mismo odio y la misma impotencia relumbrando como llamas a través de sus miradas. Y se fueron, bajo la lluvia, sus cabezas transformadas en urdimbres de vaya a saber qué cosas.
Dios seguía, mientras tanto, tomando mates con el político. Éste, cuando los mates ya estaban intomables (por lavados y por fríos), le dijo al Tata:
A uno le alcanzó un matecito de coherencia, a otro uno de vergüenza, después sirvió un matecito de realidad. Qué raro que no usó sustantivo para el mío…
Sonrió Dios. Se secó el chorro de agua que acababa de mojarle la frente. Y dijo con tono paternal:
A usted, mi amigo, no tengo nada que decirle. Usted es como un espejo.
¿Cómo dice?
Sí, compañero. Usted refleja al conjunto. Es un simple producto de eso que llaman sociedad. Malo o bueno, usted es ellos, y ellos son usted… En fin… ¿por qué no pone la pava al fuego? ¿Eh? Vaya... Vaya...

Ilustración de Andal13

viernes 12 de junio de 2009

Algunas palabras acerca de la muerte del poeta Clemente Otoniel


La muerte, esa única certeza que poseemos, sorprendió al poeta Clemente Otoniel a sus no muy bien llevados noventa y dos años. No es el objetivo de estas líneas situar su figura en un contexto determinado, ni compararlo con sus pares; tampoco valorar ni desmembrar su obra; persiguen estas líneas, apenas, la concreción de un estricto acto de Justicia.
En primer término, me permito una indiscreción: Otoniel, ante sus íntimos, rechazaba con hosquedad pertenecer a una casta de poetas malditos. Es de destacar su honradez. Si bien confesó más de una vez que nunca leyó a Arthur Rimbaud, Stéphane Mallarmé ni –mucho menos- a Marceline Desbordes-Valmore, se diferenciaba de ellos tajantemente. Iba más allá su humildad: juraba que jamás había escuchado esos nombres.
Clemente Otoniel puede haber sido acusado de todo, menos de oportunista. Se mantuvo fiel a sus convicciones y, por tanto, ajeno a las corrientes poéticas, históricas o de moda. No adhirió ni al romanticismo ni al modernismo, y hasta denostaba al simbolismo. Quizás su postura anárquica motivó la indiferencia a la que fueron conminados sus poemas, incluso los más logrados.
“María Magdalena, sin casete”, tal vez su poemario más polémico, reveló su audacia y su coraje sin límites. Esas cuartetas, que no significaron otra cosa que darle voz a un personaje tan controvertido del cristianismo, no le valieron la excomunión de la Iglesia Católica. Otoniel entendió el silencio e inacción de la curia como una admisión implícita a lo atinado de sus versos.
Pero no iba a ser gratis para el pensador la prueba de su arrojo. Los poemas, insólitamente inéditos, provocaron la furia de su madre. La mujer, líder de un grupo de oración de la Renovación Carismática, no dudó en echarlo de su casa tras hallar el manuscrito, disimulado en el cajón donde el poeta guardaba su ropa interior.
Pasados los sesenta años, Otoniel se encontró en la calle, con un mundo por descubrir.
Quizás el alejamiento de su lugar, el peregrinaje hostil al que se vio sometido, originó sus rimas más lastimeras. Se sintió un segregado y volcó la traumática experiencia en el experimental “La calle, la hiel”.
Luego de algún tiempo de tardía rebeldía, intentó el perdón de su madre con una jugada intrépida: simuló convertirse al catolicismo, a la manera de Paul Verlaine, e incluso se ofreció para oficiar de monaguillo en la Iglesia de la Merced. Su madre se mantuvo imperturbable.
Allí se produjo un quiebre en la vida de Otoniel. Enloquecido por el ultraje materno, desequilibrado se podría decir, germinó una completa identificación con José Saramago, de quien decía –no sin razón- que, al igual que él mismo, se había dedicado al arte de las letras en la madurez. De esa época data el sobrio “Mi hermano, el comunista”.
Se transcribe:

El aire acarrea aromas genitales
Tú estás en el Norte, yo estoy en el Sur
Me gustaría verte, José Saramago
Pa decirte en la jeta lo que tú vales

Hay artificios en tu Literatura
Mi madre, morena; la tuya, desconozco
Los dos empezamos de viejos
Humildemente, estás a mi altura

Y todo se mezcla en la espesura
De la vida y de la muerte
Somos hermanos, ¿qué duda cabe?
Es raro, pero ¿no es una hermosura?

Y es bello, como rocío en una rosa
Vos, comunista; yo, nada que ver
Pero eso es lo de menos, me parece
Sos mi hermano, y a otra cosa, mariposa

Esa obra fue el inicio del eclecticismo que marcó los últimos años de su arte. Es casi una leyenda su presentación ante las autoridades, a mediados de los años setenta, para solicitar un subsidio que permitiese difundir masivamente su homenaje fraternal al escritor portugués. Un gesto valiente, sin lugar a dudas. Y una prueba concreta de que un artista no necesariamente debe estar avisado de vaivenes políticos y otras minucias por el estilo.
Las autoridades militares que acababan de asaltar el poder no vieron con buenos ojos la difusión de su labor, pero Otoniel no se amilanó: en pocos días escribió “Algo habrán hecho”, interpretado como un manifiesto valeroso contra barbudos y revoltosos, contrarios al orden establecido que –curiosamente- tanto lo ignoró.
Luego, la expectativa silente. Quienes lo quisieron bien esperaron durante décadas volver a escuchar su voz. Lo compararon con Juan Rulfo, pensaron en un retorno a toda orquesta. Clemente Otoniel no les dio el gusto; evidentemente tenía otros planes. Se volvió a saber de él la semana que pasó: en una cama de hospital se apagó su vida, luego de una penosa y larga enfermedad.
Se fue con una mueca de disgusto en el rostro, pero libre.
El practicante que higienizó su cadáver extrajo de su bolsillo y arrojó al cesto, sin siquiera leerlo, su último poema. Sin saberlo, con un simple movimiento de su brazo, el ignoto enfermero cerró el círculo de la ignominia.

Ilustración: Andal13, de Ajo y Agua.

jueves 23 de abril de 2009

Ser Pugliese


Si me hubiesen preguntado alguna vez quién me hubiese gustado ser, sin dudas hubiese dicho: el maestro Osvaldo Pugliese.
Y aclaro, por si acaso, que mi elección no se basa especialmente en su talento como creador, capaz de maravillar de la misma forma en que lo hacía –lo hace- su notable refinamiento para interpretar el tango con su piano, con su orquesta, con su sensibilidad.
Tampoco pensé en el prestigio que se supo ganar como hombre íntegro, quizás más difícil de obtener que el de genial músico, para decir “me hubiese gustado ser Pugliese”.
Y mucho menos en esa tan apreciada virtud que le atribuyen supersticiosos de toda índole, que lo nombran y ponen su música, como conjuro, seguidamente de pronunciar el apellido de alguien a quien se considera de mala suerte.
Osvaldo Pugliese merece que sus tangos y milongas bravas resuenen por ser bellas y hondas, sin motivos adicionales.
No.
A mí me hubiese gustado ser Pugliese para vivir una sola de sus miles de noches al frente de su orquesta típica, en El Nacional o en cualquier otro café, con la rosa roja sobre el piano.
Me hubiese gustado vivir, como él, aquella Buenos Aires de ensueño, con el arrabal metido en la Corrientes angosta y el tango siendo rey de músicas, llevando y trayendo cajetillas y bataclanas, señoras y atorrantes, con La Yumba como sonido cimero que sugestiona la sangre y hace perder la calma.
Una noche de mirar luces y sombras con los ojos miopes de Pugliese, oyendo arrebatos, matices y canyengues -propios, pero también ajenos-, y sintiendo por una vez el eufórico sosiego que debe haber sentido Pugliese si es que alguna vez se puso a pensar, una sola de aquellas noches, lo asombroso que era ser nada menos que el maestro Osvaldo Pugliese.

Ilustración: Andal13, de Ajo y Agua. www.andal13.blogspot.com

viernes 16 de enero de 2009

Imaginemos (José Saramago)


Imaginemos que, en los años treinta, cuando los nazis iniciaron su caza a los judíos, el pueblo alemán hubiera bajado a la calle, en grandiosas manifestaciones que quedarían en la Historia, exigiéndole a su gobierno el final de la persecución y la promulgación de leyes que protegiesen a todas y cada una de las minorías, ya fueran de judíos, de comunistas, de gitanos o de homosexuales. Imaginemos que, apoyando esa digna y valiente acción de los hombres y mujeres del país de Goethe, los pueblos de Europa desfilaran por las avenidas y plazas de sus ciudades y unieran sus voces al coro de las protestas levantado en Berlín, en Munich, en Colonia, en Francfort. Ya sabemos que nada de esto sucedió ni podría haber sucedido. Por indiferencia, apatía, por complicidad táctica o manifiesta con Hitler, el pueblo alemán, salvo alguna rarísima excepción, no dio un paso, no hizo un gesto, no dijo una palabra para salvar a quienes iban a ser carne de campo de concentración y de horno crematorio, y, en el resto de Europa, por una razón u otra (por ejemplo, los fascismos nacientes), una asumida connivencia con los verdugos nazis mantendría el orden o castigaría cualquier veleidad de protesta.

Hoy es diferente. Tenemos libertad de expresión, libertad de manifestación y no sé cuantas libertades más. Podemos salir a la calle miles o millones que nuestra seguridad siempre estará asegurada por las constituciones que nos rigen, podemos exigir el final de los sufrimientos de Gaza o la restitución al pueblo palestino de su soberanía y la reparación de los daños morales y materiales sufridos a lo largo de sesenta años, sin mayores consecuencias que los insultos y las provocaciones de la propaganda israelí. Las imaginadas manifestaciones de los años treinta serían reprimidas con violencia, en algún caso con ferocidad, las nuestras, como mucho, contarán con la indulgencia de los medios de comunicación social y luego entrarán en acción los mecanismos del olvido. El nazismo alemán no daría un paso atrás y todo acabaría igual a lo que luego iba a ser y la Historia ha registrado. Por su parte, el ejército israelí, ése que el filósofo Yeshayahu Leibowitz, en 1982, acusó de tener una mentalidad “judeo-nazi”, sigue fielmente, cumpliendo órdenes de sus sucesivos gobiernos y comandos, las doctrinas genocidas de quienes torturaron, gasearon y quemaron a sus antepasados. Podría decirse incluso que en algunos aspectos los discípulos adelantaron a los maestros. En cuanto a nosotros, seguiremos manifestándonos.

lunes 29 de diciembre de 2008

Gaza (José Saramago)


La sigla ONU, todo el mundo lo sabe, significa Organización de Naciones Unidas, es decir, a la luz de la realidad, nada o muy poco. Que lo digan los palestinos de Gaza a quienes se les están agotando los alimentos, o se les han agotado ya, porque así lo ha impuesto el bloqueo israelí, decidido, por lo vistos, a condenar al hambre a las 750 mil personas registradas allí como refugiados. Ni pan tiene ya, la harina se ha acabado, y el aceite, las lentejas y el azúcar van por el mismo camino. Desde el día 9 de diciembre los camiones de la agencia de Naciones Unidas, cargados de alimentos, aguardan a que el ejército israelí les permita la entrada en la faja de Gaza, una autorización una vez más negada o que será pospuesta hasta la última desesperación y la última exasperación de los palestinos hambrientos. ¿Naciones Unidas? ¿Unidas? Contando con la complicidad o la cobardía internacional, Israel se ríe de recomendaciones, decisiones y protestas, hace lo que viene en gana, cuando le viene en gana y como le viene en gana. Ha llegado hasta el punto de impedir la entrada de libros e instrumentos musicales como si se tratase de productos que iban a poner en riesgo la seguridad de Israel. Si el ridículo matara no quedaría de pie ni un solo político o un solo soldado israelí, esos especialistas en crueldad, esos doctorados en desprecio que miran el mundo desde lo alto de la insolencia que es la base de su educación. Comprendemos mejor a su dios bíblico cuando conocemos a sus seguidores. Jehová, o Yahvé, o como se le diga, es un dios rencoroso y feroz que los israelíes mantienen permanentemente actualizado.

martes 18 de noviembre de 2008

De artistas y conciencias


Ilustró: Andrea Albarenga.

No es cuestión de hacer tanta alharaca por algo cotidiano, que le sucede todo el tiempo a infinidad de gente, pensó Camilo. De todas formas no reprimió las ganas de dedicarse una suave pero sincera puteada entre dientes. Cualquiera se olvida las llaves, se consoló. Pero ese cualquiera tiene que ser lo suficientemente idiota para hacerlo, concluyó, con no pocos argumentos.
Eso pensaba Camilo mientras subía de nuevo al auto, abandonando los cuarenta grados a la sombra de la siesta para ingresar en los -por lo menos- cincuenta de su auto sin aire acondicionado. Bólido, por otra parte, dueño de la santa destreza de yacer siempre bajo los siniestros rayos del sol, que son así, siniestros, aunque el astro rey goce de tan buen concepto entre las multitudes.
Se sentó, empapado en sudor. Alcanzó a cerrar la puerta un segundo antes de que el único colectivo que surcaba la calle en ese momento la convirtiese en puerta separada de su auto. Bajó las ventanillas de ambos lados con la esperanza que una brisa, aunque sea leve, atravesara la candente estructura que conducía. Ni brisa ni leve, y las sienes de Camilo en ebullición.
No había nadie a la vista, ni humano ni animal ni máquina. Pero ese detalle no impidió que lo detuvieran tres semáforos en no más de dos cuadras y media, según el cálculo de Camilo.
Primero frente a la Cruz Roja, en el recodo que desemboca en Juan De Garay. Luego en Juan De Garay, en su intersección con 27 de Febrero. Y después en 27 de Febrero, esquina Lisandro De la Torre. ¡Qué dos cuadras y media!¡Ni una y media!
De repente, como surgido de la nada, se puso frente al auto un chico. Esa clase de apariciones son muy comunes en las urbes de todo el planeta, con pequeñas variaciones de acuerdo a la región donde está enclavada la ciudad.
En la zona donde Camilo reside, y suele olvidarse las llaves, los niños que brotan en cercanías de los semáforos son morochitos y más bien petisos, ya sea por su naturaleza achaparrada, por deficiencia alimenticia o por corta edad.
Pueden ser simples mendigos, aunque son los menos. También están los limpiavidrios, a quienes Camilo considera muy útiles porque lavar el auto no figura entre sus aficiones. Y últimamente han proliferado los artistas, gremio al que pertenecía el pequeño en cuestión.
En este caso, un malabarista de fuste.
Con dos palitos manejaba hábilmente un palo de mayor tamaño, inventando cabriolas de indecible originalidad.
Camilo seguía el espectáculo con gesto algo extraviado, mientras hurgaba en sus bolsillos en busca de la correspondiente moneda de cincuenta centavos, porque su escala de valores indica un peso para los limpiavidrios y cincuenta centavos para artistas y mendigos.
El gurrumín terminó su performance y se acercó. Camilo sólo halló una moneda de un peso, y mintió.
- No tengo monedas gurí, dijo con tono paternal.
- ¿Y algún billetito?, arriesgó el malabarista.
- No.
- No importa, amigo. Será la próxima…
El semáforo mostró su luz verde y Camilo retomó la marcha. Un pensamiento fatalista lo sorprendió, aturdido por su accionar.
- Seguro que se me rompe el auto, por miserable.
Interrumpió su reflexión un estallido y un traqueteo inconfundible: un neumático había reventado.
Camilo se lo tomó con filosofía. Estacionó a un costado y bajó del auto. Observó como al pasar la goma averiada y caminó hacia el artista, que lo recibió compungido.
- ¡Qué mala suerte, señor!
- No te hagás problemas. Tomá.
El chico agarró el billete de cinco pesos y se deshizo en gracias y bendiciones.
Camilo dio media vuelta y emprendió el retorno hacia el auto. Mientras caminaba a paso lento pensó que alguna fuerza sobrenatural quizás –sólo quizás- podría haber tomado nota de su gesto de reparación, y al llegar al coche tal vez –sólo tal vez- encontraría el neumático milagrosamente reparado.
Llegó. El caucho desparramado había perdido toda forma. La llanta, desnuda, descansaba sobre el pavimento.

viernes 8 de agosto de 2008

Tristeza

Salgo a fumar y noto que hace más frío que quince minutos atrás. En la esquina, un cartel indica calle 3 de Febrero, y no hay otro. El paisaje es desolado y me pregunto en qué barrio estoy. Enciendo el cigarrillo y observo la casa de enfrente, en diagonal. Tan desolada como la esquina que habita, la casa está todavía a medio construir, pese a que la opacidad de los ladrillos revela que tiene ya varios años. Y no tiene puerta la casa, abandonada como está, porque donde una vez la hubo ahora hay un hueco remendado parecido a una ventana, sellada a su vez por cemento o tablas, no estoy seguro. Lo único que le otorga algo de vida al magro paisaje es una planta de color verde intenso, que sobresale de entre la ruinosa construcción y muestra una flor marchita de jazmín.
Entristece el aspecto de esa casa, y el de esa esquina, pienso, mientras camino algunos metros hacia la estación de trenes, alejándome de la clínica donde ella está ahora.
El frío me hace reconsiderar la idea de fumar, y vuelvo, casi decidido a tirar el cigarrillo para ingresar a esperarla en un ambiente menos hostil.
Entonces veo al cuidacoches y busco en mi mente, con ansiedad, un tema de conversación que me permita luego preguntarle cómo se llama el barrio.
El hombre, enfundado en un gorro de lana, con barba del día y abrigado, me facilita las cosas. Me dice que le parece que hace mucho frío y que no entiende la opinión de no sé quien, que le hizo notar que está muy abrigado, y que tampoco entiende por qué le dijo –el no sé quien- que cuando haga frío en serio no iba a poder calmar el frío si ahora que no hace tanto frío se emponcha tanto.
El hombre, con un gesto de tranquilidad inaudita, que inspira confianza, razona con simpleza que si hace frío no hay por qué sufrirlo teniendo abrigo, y si mañana hace más frío, habrá que ponerse todo lo que haya, y si no alcanza, bueno, se verá...
Lo observo, y él mira a un costado, hacia abajo, sin llegar a posar sus ojos en el suelo. Y me sigue contando su mundo y sus circunstancias, cosas que no entiendo porque habla bajito o porque pasa algún automóvil por la esquina de 3 de Febrero y la calle que estamos pisando.
Y me doy cuenta de que al salir de la clínica sentí mucha tristeza, pero no comparable con la que me genera ver al hombre que está hablando conmigo, y su situación triste.
Trato de encontrar un bache en su monólogo acompasado y le pregunto qué barrio es este. Me contesta que se llama San Lorenzo y me informa que hubo un metro y medio de agua durante las inundaciones.
Le pregunto si había llegado el agua a su casa, y no me dice nada. En cambio me cuenta que está cuidando autos, que está parado aunque le duelen los pies, y que tiene frío. Y que su familia no sabe de él hasta que vuelve, y que puede pasarle cualquier cosa. Como las que ya le pasaron.
A veces, me cuenta, anda la policía porque dicen que roban motos en el barrio, y que más de una vez se lo llevaron equivocado. Lo llevan a él, me cuenta, aunque está claro que el trapo rojo que tiene en la mano lo identifica como cuidador de autos. Y también me cuenta que en las razias llevan siempre a unas diez personas, que ni agua les dan, y que cuando los largan ni disculpas les piden. Por la equivocación, aclara.
Lo miro y me resulta increíble la paz que trasluce su mirada. Lo vuelvo a observar, él con los ojos clavados en algún punto del costado, abajo pero sin llegar al suelo, y siento a la tristeza envolverme y apretarme el cuello. Y concluyo que su mirada no transmite paz, sino resignación.
De repente, un hombre elegante sale de la clínica y se acerca a un lujoso Mercedes Benz negro, y el cuidador lo saluda con un cómo le va, jefe, y el hombre elegante se sube al auto luego de responder el saludo con familiaridad y arranca y se va, sin reparar en que le estuvieron cuidando el auto. No hubo una moneda.
El cuidacoches se acomoda el gorro y ya no me habla, y no sé por qué me meto en la clínica, porque ya no me molesta el frío.
Me siento en una silla, esperándola, y veo al hombre con su gorro de lana y su trapo rojo pasar por la esquina. Y me doy cuenta de que ahora estoy más triste que hace un rato.
Ella sale del consultorio y me regala una sonrisa nerviosa. Me anticipa, con la mirada, que tiene cosas por contar.
Vamos hasta el auto y busco al cuidacoches. No lo encuentro y vuelvo a recorrer con la vista la esquina desolada, la de la casa desolada, pero no lo veo. Entonces arranco, y conduzco hasta la esquina de la estación, y descubro que hay un hombre sentado en un umbral y tengo la esperanza de que sea el hombre que me cuidó el auto, pero no es. Y vuelvo a arrancar y doblo hacia la derecha. La miro a ella, que no se decide todavía a hablar. Me pregunto si podrá hacer que la tristeza se vaya.