(Ilustración: Andrea Albarenga)Benigno pasaba los setenta años cuando los achaques lo empujaron desde el campo hacia la ciudad. Era ya demasiado viejo para seguir la sacrificada vida rural, que era su vida. Al principio extrañaba los amaneceres limpios y el silencio. Pero su nostalgia no tenía límites cuando recordaba sus caminatas por el campo, al final de la jornada, cuando cada paso era un íntimo placer. Sus manos callosas trabajaban los campos, hacían posible los cultivos, y sus ojos se maravillaban al observarlos.
No hacía otra cosa que evocar su lugar, y quizás con ello su juventud.
Pero la vida en la ciudad tenía para Benigno cosas buenas. Había ruido de chicos en el vecindario. A él y a su mujer la naturaleza se los había negado. El viejo Benigno sentía un especial aprecio por sus vecinos con hijos. Las sobrias relaciones sociales que había entablado calmaban sus añoranzas. Tal vez por eso llevaba siempre una sonrisa pintada en la boca. Había que ser muy observador para reconocer la leve tristeza que anidaba en lo profundo de sus ojos.
Empujado por la miseria, Benigno pensó que podría aliviar su situación y la de su mujer sembrando verduras en un terreno baldío cercano, para luego venderlas.
Habló con su vecino, el de los cuatro hijos y la señora amable. El hombre no era el propietario del terreno, pero lo animó a trabajar la tierra desaprovechada.
El viejo superó alguna reticencia inicial y puso manos a la obra. En intensos días de trabajo retiró escombros y basura. Después acabó con la maleza, dio vuelta la tierra y preparó los surcos. Finalmente sembró repollos, en seis hileras de diez plantitas cada una.
Para empezar estoy conforme, le dijo Benigno a su mujer, cuando concluyó su tarea.
Se inició un tiempo de renacimiento para el viejo. Regaba el sembrado cuando caía el sol y observaba los progresos. A veces, los hijos de su vecino lo acompañaban en esos atardeceres. Le preguntaban sobre la vida en el campo, lo escuchaban con atención. Lo hacían sentir feliz.
Unas semanas después la huerta del viejo era tema de conversación en el barrio. Los repollos lucían un verde espléndido y desde cualquier ángulo que se los mirase mostraban una simetría admirable. No pocos vecinos se acercaron hasta la casa del viejo para felicitarlo y para encargarle uno de los frutos de su esfuerzo. Eso también lo hacía feliz.
Una mañana Benigno dejó la cama más temprano que de costumbre. Vio el amanecer tomando mate amargo. Casi no había dormido porque el momento de la cosecha era ese día. Despierto o en sueños, se pasó la noche pensando qué iba a hacer con el dinero que obtendría con la venta de sus repollos.
En un momento no soportó más la ansiedad y buscó su cuchillo de monte. Fue hasta el terreno. Se paró en un extremo. Quería observar por última vez su obra, antes de recoger sus frutos.
Miró la tierra, pero sólo un momento. Las lágrimas le impidieron seguir haciéndolo un instante después. En el atardecer del día anterior había visto sesenta enormes repollos; ahora veía pisadas, hojas tiradas en el suelo, y al fondo cuatro plantas que habían quedado como testimonio de que allí Benigno había trabajado duro, por meses.
Se secó las lágrimas. Se sentó un rato en el balde que utilizaba para regar la huerta. Luego se incorporó, y con tierna dedicación cosechó los cuatro repollos que las manos arteras habían despreciado. Los colocó en el balde y se dirigió a la casa de sus vecinos. Golpeó la puerta con suavidad y aguardó a ser atendido. Escuchaba, en la espera, el ruido de chicos que tanto le gustaba, de esos chicos a los que tanto quería. Hasta que lo atendió Olga, la señora amable.
Benigno, con su sonrisa de siempre, habló:
Señora, no sé qué pasó, alguien robó los repollos. Pero se salvaron cuatro, y quiero que ustedes se queden con dos.
La mujer lo miró, confundida. Se sintió impresionada por la sonrisa del viejo, aún contando su tragedia. Tomó los repollos y agradeció.
Olga, a veces, habla con su esposo de los repollos que les regaló el viejo de enfrente, pero no de los otros.
La persigue la leve tristeza que anidaba en lo profundo de los ojos de Benigno aquella mañana.

