viernes 22 de junio de 2007

El puñal - Jorge Luis Borges


En un cajón hay un puñal. Fue forjado en Toledo, a fines del siglo pasado; Luis Melián Lafinur se lo dio a mi padre, que lo trajo del Uruguay; Evaristo Carriego lo tuvo alguna vez en la mano. Quienes lo ven tienen que jugar un rato con él; se advierte que hace mucho que lo buscaban; la mano se apresura a apretar la empuñadura que la espera; la hoja obediente y poderosa juega con precisión en la vaina. Otra cosa quiere el puñal. Es más que una estructura hecha de metales; los hombres lo pensaron y lo formaron para un fin muy preciso; es, de algún modo eterno, el puñal que anoche mató un hombre en Tacuarembó y los puñales que mataron a César. Quiere matar, quiere derramar brusca sangre. En un cajón del escritorio, entre borradores y cartas, interminablemente sueña el puñal con su sencillo sueño de tigre, y la mano se anima cuando lo rige porque el metal se anima, el metal que presiente en cada contacto al homicida para quien lo crearon los hombres. A veces me da lástima. Tanta dureza, tanta fe, tan apacible o inocente soberbia, y los años pasan, inútiles.

(Jorge Luis Borges nació en Buenos Aires en 1899 y murió en Ginebra en 1986)

miércoles 20 de junio de 2007

Inteligencia

- “Vos no podés ser peronista", me dijo alguien.
- “¿Por qué no?”.
- “Porque sos inteligente”.
Al escuchar esa frase, inevitablemente, apareció en el recuerdo el llanto de ese hombre que es mi padre, en una madrugada demasiado lejana para poder situarla en algún año. Lo estoy viendo darse vuelta hacia la ventana cerrada, dándonos la espalda a mí y a mi hermana, que todavía no terminábamos de entender la razón por la cual nos despertaban a esa hora, y no podíamos sentir otra cosa que la leve excitación que sienten los gurises cuando algo se sale de los carriles habituales.
No recuerdo si nos dieron una taza de café con leche o si fue de te, pero estoy viendo los ojos enrojecidos de mi viejo, que los corrió de mi vista inmediatamente y, tal vez, dijo “vayan con su madre”. Con mi hermana le preguntamos a ella qué era lo que estaba pasando y mi madre nos dijo que había muerto Teresa, la hermana de mi padre. Una de esas hermanas que son casi madres.
La sala estaba iluminada como nunca, tal vez por el contraste con la madrugada que se negaba a cederle su lugar al amanecer, y mi viejo ahora estaba sentado a un costado de la mesa. Yo iba y venía, no sabiendo qué hacer ni qué decir, y nuevamente a la falda de mi madre para preguntarle “¿que le pasa a papi?”. Y recién el paso de largos años me hizo comprender que mi viejo no podía llorar frente a nosotros y por eso, tal vez, mi madre me dijo que “papi está un poco descompuesto”.
Que mi viejo no podía llorar era casi una verdad para mí, aunque esos ojos enrojecidos que una vez creí ver se me aparecían de vez en cuando y atravesaban mi recuerdo y mi creencia. Eso hasta una noche de octubre del ochenta y tres. Era una época de excitación infantil, la de las primeras elecciones. Aunque a juzgar por el clima que se respiraba en el pueblo, no sólo los gurises andábamos excitados con la campaña. Tenía yo boletas de todos los partidos que se presentaban, pero había dos que por repetidas, intuía, eran las más importantes. En la mochila de la escuela se iban acumulando papeles de la lista 2, del Frejuli, y de la lista 3, de la Unión Cívica Radical, que nos daban a cada paso, todos los días, personajes de apariencia no muy confiable. Poco sabía yo de las diferencias entre lista y lista, y quizás poco sé esta noche de esas mismas diferencias. Unos días antes de los comicios, cómo no recordarlo, mi viejo me llevó a un acto (¿fue en esas elecciones?) que se realizó en una plaza cercana. Prefiero creer que fue en esas elecciones. Y quiero dar por cierto que mi viejo me tenía de la mano y que me compró un helado de palito. Había muchísima gente, tanta como no había visto nunca hasta ese momento. Y recuerdo el golpeteo de mi corazón al son de los bombos, y la marchita que se escuchaba todo el día por la radio ahora la sentía en vivo y en directo y todos la sabían bien, incluido mi viejo. Pasaron unos pocos días desde el acto hasta ese anochecer en la sala, cuando la penumbra era invadida por la luz que provenía del fluorescente del negocio familiar, que se colaba por la puerta entreabierta, aunque con una fuerza insuficiente para quitarle el protagonismo al televisor encendido que traía el escrutinio. Y yo escuchaba que desde el televisor decían que Alfonsín sacaba ventajas, y veía que cada vez que el televisor osaba traer esas malas noticias mi viejo se levantaba de la silla, caminaba dos o tres pasos y, ya instalado en el negocio, encendía la radio en busca de noticias verdaderas. Y en el camino mascullaba que “todavía falta mucho” pero el televisor insistía con que Alfonsín sacaba ventajas. Hasta que las palabras fueron acompañadas por un sobreimpreso que decía “Alfonsín presidente”. Ahí, lo recuerdo como si lo estuviese viendo, mi viejo lloró, también casi imperceptiblemente, y dijo “ya se van a dar cuenta”, o algo así, y no volvió a hablar en toda la noche. Amarga y triste noche.
Después, cuentos conocidos. La zigzagueante marcha de la economía que, se sobreentiende, dos por tres se ensaña con los trabajadores. Mi viejo era el único trabajador que yo conocía. Y a la par de su gesto adusto, y del temor infinito que causaba escuchar que “nos vamos a fundir”, aprendí que inflación e hiperinflación son dolores de cabeza y cosas aún peores.
El tiempo pasó raudamente, pareciera que salteando años. Y crecí viendo (o mejor dicho enterándome) que mi viejo siempre se levantaba a las seis, con gobiernos peronistas o de los otros. Cada vez más trabajador, cada vez más peronista, a pesar de los traidores. Discutiendo apasionadamente, trabajando desde antes de que saliera el sol hasta bastante después de que se escondiera.
Y con el paso de los años, a la vuelta de cada esquina, los dos esperando, deseando, que gane el mismo. Hasta hoy.

jueves 14 de junio de 2007

Haroldo Conti

"Yo soy escritor nada más que cuando escribo. El resto del tiempo me pierdo entre la gente. Pero el mundo está tan lleno de vida, de cosas y sucesos, que tarde o temprano vuelvo con un libro. Entre la literatura y la vida, elijo la vida. Con la vida rescato la literatura; pero aunque no fuera así, la elegiría de todas maneras".
(Declaraciones a revista Confirmado, 1971).

Haroldo Conti nació en 1925 en Chacabuco, Buenos Aires, y permanece desaparecido desde que en 1976 fue secuestrado por la dictadura que usurpó el poder en la Argentina.

miércoles 13 de junio de 2007

Huellas

¿En verdad pensás que hay en vos imperfecciones? Eso es muy ingenuo de tu parte. Lo que yo he visto son huellas. Deliciosas, afortunadas, humanas, que no hacen otra cosa que despertar deseos de seguir descubriendo, disfrutando, deseando... Detrás de la apariencia surgen necesidades de buscar el sentido de la huella, seguir su rastro, continuar observando y detenerme, y luego retomar la exploración, y después volver a detenerme. El sabor se sigue paladeando y con un nuevo día el sabor sigue estando ahí, conocido, pero en algún punto también desconocido. O el paladar algo desacostumbrado, con el paso de las horas, tal vez. La imperfección (prefiero huella) tiene color, olor, textura, lenguaje, movimiento. Es decir, vida. Yo estoy aprendiendo a distinguir ese color, a reconocer ese olor, a acariciar esa textura, a entender ese lenguaje, a adorar ese movimiento. Esto es vida.

lunes 11 de junio de 2007

Me llamo Pichón Garay - Juan José Saer

Me llamo Pichón Garay. Vivo en París desde hace cinco años (Minerve Hotel, 13 rue des Ecoles, 5ème). El año pasado, en el mes de julio, Carlos Tomatis pasó a visitarme. Estaba más gordo que nunca, ochenta y cinco quilos, calculo, fumaba cigarros, como viene haciéndolo desde hace siete u ocho años, y nos quedamos charlando en mi pieza, sentados frente a la ventana abierta con las luces apagadas, hasta que amaneció. Todavía recuerdo el ruido complejo y rítmico de su respiración que se entrecortaba en la penumbra cuando la temperatura del diálogo empezaba a subir.
Dos o tres días después se fue a Londres, dejándome inmerso en una atmósfera de recuerdos medios podridos, medios renacidos, medios muertos. Algo había en esa telaraña de recuerdos que recordaba el organismo vivo, el cachorro moribundo que se sacude un poco, todavía caliente, cuando uno lo toca despacio, para ver qué pasa, con la punta de un palo o con el dedo. Después la cosa dejó de fluir y el animal quedó rígido, muerto, hecho exclusivamente de aristas y cartílagos.
Me llamo, digo, Pichón Garay. Es un decir.

(Juan José Saer nació en Serodino, Santa Fe, Argentina, en 1937 y murió en París en 2005)