viernes, 14 de abril de 2017

Un 9 de selección

Cuando el Chima repartió las camisetas y me tiró la 9 por encima de Mauro, no podría explicar por qué, tuve un presentimiento. Esa puntadita justo abajo del esternón, tan conocida. Pero traté de pensar en otra cosa. Ese amistoso de pretemporada debía ser el inicio de algo bueno: mi llegada a la selección. Ese sueño largamente postergado se ponía otra vez en marcha.
La noche anterior me costó dormir. Pese a mi experiencia, estaba ansioso. Sabía que venía sin continuidad, necesitando un trabajo físico exigente, una buena base para aguantar en forma todo el campeonato. Y también sabía que jugar ese amistoso era apresurar los tiempos de mi cuerpo. Sin estado y sin fútbol, así estaba, esa es la verdad. Pero cuando me preguntaron si quería jugar en Buitres no lo dudé. Era un equipo de mitad de tabla, con más de un matungo entre los titulares, pero yo sentí que era la oportunidad, tal vez la última, de calzarme la celeste y blanca. Entonces, cuando me avisaron que había amistoso en Santo Tomé dije: listo, que comience la función.
Yo tenía 35 en ese momento y a duras penas venía digiriendo que un año antes Pekerman me había dejado afuera del plantel que viajó a Alemania. El tipo se la jugó por Crespo, Carlitos Tévez y Palacio, hasta ahí, vaya y pase, pero también llevó a Saviola y al Jardinero Cruz. Chau, dije, cuelgo los botines y a la mierda todo. Fue, quizás, la peor decepción, porque estaba convencido de que esa vez se me daba. Qué sé yo, en el 94 sabía que no tenía chances, no estaba jugando bien y además anduve con los preparativos por el nacimiento de mi pibe. Y para el 98 me bajé solito del barco: en esa época el gol se me daba seguido pero no me iba a cortar las lanas porque al técnico se le ocurriese. El Bati lo hizo y no lo juzgo, pero yo, ni en pedo.
La cuestión fue que cuando el Chima me tiró la camiseta no la alcancé a agarrar. Creo que nadie se dio cuenta, pero me dio mala espina ver la número 9 tirada contra el alambrado. Me la alcanzó Mauro, buen mediocampista y buen muchacho, y alguna broma le hice. Nos cambiamos ahí mismo, entre los autos, y comenzamos a calentar un poco, mientras mirábamos de reojo a nuestros rivales. No parecían nada del otro mundo, incluso tenían un par de panzones que, pensé en ese momento, eran pan comido.
En el calentamiento comprendí que no me sobraba el aire, así que busqué la pelota. Necesitaba amigarme con ella, mucho trabajo me había llevado comprender que la pobre no tenía la culpa de lo Pekerman. Pateé cuatro penales, sin arquero, uno en cada ángulo. Se me arrimó Hernán y me dijo: estás intacto, Cincu. Cincu por Cincunegui, ¿no?, el mejor delantero del mundo en el 92. Le agradecí con una sonrisa, código de compañeros, aunque no habíamos jugado tantos partidos juntos. Se fue a seguir elongando y vino uno de los alcanzapelotas, doce años habrá tenido, o por ahí. Tire, don, me pidió, y yo le revolví los pelos chuzos y le dije que sí, que ocupara el arco nomás. Primer penal, a media altura, a su izquierda, y el pibe voló y la embolsó. Segundo penal, más fuertecito, buscando el ángulo superior derecho, y el pibe que se tira y la roza con los dedos, palo y afuera. Hijo de puta. Tercer penal, al medio y a matar. Travesaño y a la calle. Andá a buscarla, le ordené, y me fui a estirar con los muchachos. Estaba un poco agitado, quizás por la ansiedad, y seguía sintiendo esa sensación tan difícil de explicar adentro del pecho.
Antes del comienzo nos saludamos con nuestros adversarios. Cuando fue el turno del arquero lo miré fijo, como es mi costumbre, como diciéndole: te meto tres pepas. Creo que no me reconoció. Empezamos un rato más tarde porque el árbitro nunca llegó, así que dirigió un gordo que no tenía mucha idea (lo charlé desde el primer minuto) y encima sin linesman: más pasto para mi caballo, pensé. El juego fue bastante trabado de entrada y yo me estacioné entre los centrales, esperando mi oportunidad. En el primer córner a favor nuestro el 2 de ellos me dice: yo te conozco. Obviamente no le di bola, me quería desconcentrar. Él mismo despejó de cabeza, hay que ver lo que saltaba, panzón y todo.
Al minuto de eso vino la jugada clave, uno de esos instantes decisivos que ocurren muy a las perdidas, cuando uno ve que lo que anduvo sospechando se hace irremediable realidad. Al Chima, primer central nuestro, le quedó una pelota boyando en la puerta del área y cuando la dominó cruzamos las miradas. Cada uno supo lo que pensó el otro. Él vio que yo estaba en la línea central, unos metros tirado a la izquierda, listo para picar al vacío. Y sin mirar la bola, con cara interna del botín derecho, saca un pelotazo largo, por elevación. Yo vi cuando levantó la cabeza y me vio, a mi vez relojeando la posición de los defensores, decidiendo de antemano que una vez que dominase el esférico iba a enganchar para adentro, para desacomodar al 4 y encarar al 2, ya en la línea del área grande, para luego pegarle con efecto al segundo palo, por arriba del arquero. Así hice, me acuerdo, una noche en Paraná, allá por el 91. Era la edad del despegue y yo ahí, lejos de la vidriera que es Buenos Aires. Por eso, a los pocos meses me fui.
La cuestión fue que el pelotazo del Chima fue bueno y cuando lo vi partir me lancé con todo lo que tenía, como en los viejos tiempos. El 4 se quedó pidiendo orsai sin ver que yo había partido desde mi propio campo. El 2 le erró a la pelota al querer agarrarla de volea, y al ver la oportunidad aceleré lleno de fe, a todo trapo. La pelota volaba de derecha a izquierda y una vez en el suelo se fue frenando porque el pasto estaba demasiado alto. Sabe dios que hice todo lo humanamente posible, pero las piernas no me respondieron. A cinco o seis metros de la línea final, con todo el mundo con los ojos en la pelota y en mí, hice un último intento: estiré la pierna derecha con el afán de dominar la bola, que apenas si rodaba ya, y ahí fue cuando escuché clarito al Chima que me grita: pasalo a nafta. La frase recorría mi cerebro al tiempo que desde mis ojos le llegaba la imagen de la pelota yéndose afuera sin que yo pudiese hacer nada. Pero en ese momento dejé de pensar en la pelota, en el amistoso, en mi nuevo equipo y en todo, o en nada. ¿Sabía el Chima a quién le había gritado? ¿Sabía qué clase de 9 era yo? ¿Nadie le había hablado nunca de ese flaco que tenía todo para ser el 9 de la selección?
Hay que haber estado en una cancha, haber sido jugador de fútbol, para saber cuán grandes son los sueños que uno custodia, para conocer a ciencia cierta la hiel del fracaso, la puñalada fría del miedo, cuando esos sueños se rompen o peligran.
Volvía yo, resoplando cansancio y bronca, decadente. Se me acercó Mauro: no le des bola, Tanque. Y Hernán: vamos Cincu, a seguir. Y Gabi desde el arco, un pulgar hacia arriba. Tuve ganas de abrazarlos en pleno partido, pero se impusieron otras ganas, las de buscar mi revancha, de demostrar que no estaba acabado.
Se me vino a la mente aquella noche gloriosa en un complejo de Parque Patricios o de Barracas, por ahí. La de los varios goles, pero uno en particular, el de chilena, con los dos Túñez, Roldán y Savio como testigos, aunque ellos ahora seguro no se acuerdan. Pero si hasta foto hubo, casi casi como la de la chilena de Francescoli a Polonia en el 86. Tengo algo de Francescoli, pienso ahora, quizás los ojos saltones.
Pero además, más allá del respaldo de los compañeros, uno demuestra de qué está hecho en los momentos difíciles. Y no hablo de lo que diga la hinchada (la eterna bestia), sino la lucha con uno mismo. Cuando todo es lindo no tiene ni gracia. Cuando la mano viene torcida se ve el temple, como me pasó en el 2002. El Loco Bielsa llamó a Crespo, a Batistuta y a Gustavo López. Y yo, con 30 pirulos, quizás en la cima de mi carrera, me volví a quedar afuera. Vamos… todo Santa Fe supo de mi gran momento, la descosí casi todos los sábados en la canchita de Bahco, pero al Loco no le bastó, parece. No miré ningún partido de ese mundial, no podía soportarlo en realidad, pero no me alegró el fracaso. Obvio que no.
Estábamos ya en el segundo tiempo del amistoso en Santo Tomé. Después de la corrida frustrada no entré mucho en juego. Pero, como decía, se me metió en la cabeza que el camino era mi capacidad de definición, visto que el físico, momentáneamente, no me ayudaba. Entonces, pensé que un desborde del Tano por la derecha y un buen centro iba a poner las cosas en su lugar. Porque al ver llegar la pelota, yo casi de espaldas al arco, iba a ahuecar el pecho, moverlo apenas unos centímetros en la misma dirección para amortiguarla al sentir el contacto, haciéndole como un nido, para que rebote como adormecida, diez o quince centímetros para arriba, y ahí sí, tomar impulso con la pierna derecha, luego con la izquierda, y tirarme hacia atrás, con la cintura como mágico eje del cuerpo, para encontrar el cuero redondo con el empeine del botín derecho, en una cita fugaz que se resolvería con un furibundo zapatazo que, mientras cabeza abajo buscaría y encontraría el objetivo del arco, impulsaría la pelota con furia y con el gol metido adentro de los cascos, y una vez enredada entre los piolines, que bufen los eunucos.
Pero no. Sí pasó lo del desborde del Tano. De hecho lo hizo cuatro veces. Y cuatro centros llegaron, pero a los tres primeros los despejó el panzón que jugaba de 2, casi sin despeinarse. El cuarto venía hacia mí, a la altura del pecho, más o menos. Pero poner en marcha toda la maquinaria de elevarme, girar en el aire con la cintura como eje, pispear el arco y teóricamente pegarle a la pelota hacia atrás fue, para qué negarlo, inútil. La pelota me rebotó en el pecho como si en lugar de huesos tuviese una pared de concreto y le quedó servida al 5 de ellos, que estaba cerca del círculo central, por lo que yo, de repente, me encontré ensayando una pirueta que me dejó boca arriba y en descenso, contra un piso que, por muy mullido césped que tenía, se sintió duro cuando caí, al estilo bolsa de papas.
La nuca, los omóplatos, la cintura (especialmente la cintura), me dolieron. Entendí que quizás iba siendo hora de dar paso a las nuevas generaciones de goleadores que felizmente y desde siempre vienen nutriendo nuestro fútbol. Tal vez debía empezar a conformarme con haber sido un eslabón más de la larga y brillante cadena de artilleros, junto a los Pedernera, los Sanfilippo, los Artime, los Cincunegui.
El partido terminó cero a cero. En los rostros de mis compañeros se notaba la misma tristeza que yo no estaba dispuesto a exteriorizar. Nos juntamos a un costado de una camioneta y, sin ganas de hablar y para ganar tiempo, fui a comprar unas gaseosas.
En el camino pensaba en cómo comunicarles mi decisión, pero tenía miedo de su reacción. Sabía de la admiración que yo le generaba a la mayoría, de lo importante que era para ellos tener en el equipo un jugador de mi trayectoria. Pero después dije no: por una vez tengo que pensar en mí. ¿De qué me sirvió haber priorizado la salud del grupo si después me dejaron afuera, como hizo Pekerman, como hizo el mismo Loco Bielsa? ¿Acaso no tenía suficientes pruebas de que mi perfil bajo, en lugar de favorecerme, me había perjudicado? Y sí, así era. Así había sido siempre.
Se me vino a la memoria, quizás como un inconsciente consuelo, cuando alguien quiso compararme con Bochini, diciendo que fue jugador de club pero no de selección. Nada que ver, recuerdo que lo corté: es al revés, yo no soy jugador de club. Así que me podía ir de Buitres antes de empezar la liga de ex alumnos, esa misma tarde si quería. No me iba a morir por eso.
Con una botella en cada mano me acerqué hasta donde estaban los muchachos, que ya se terminaban de cambiar. Se prendieron de las botellas como desesperados. No se hagan los piolas, les dije, son 10 pesos por pera.
Los miraba, haciéndose bromas, dejando atrás bien rápido el amistoso, que para ellos había sido intrascendente. Me dije: hasta acá llegué. También me dije: no voy a ser el 9 de la selección. Era la frase que nunca quise pronunciar, pero la acababa de soltar. Contra todo lo que siempre había imaginado, no me dolió tanto. Es más, sentí una sensación de alivio infinito, como si me hubiese sacado de encima una mochila de cien kilos.

No hay comentarios:

Hospital de niños

¿Y cómo fue la historia del hospital de niños? Terrible. Ahí se nos vinieron abajo las esperanzas. Eso pasó el mismo 29 de abril, cuando e...