viernes, 28 de abril de 2017

Lucio


El verdadero cementerio es la memoria
R.Walsh

Duerme Graciela, se deja envolver por la tibieza de unas sábanas blancas, mientras afuera la madrugada es agosto y el viento enloquece las ramas peladas. En su rostro se dibuja una sonrisa que no es de felicidad, es apenas un respiro. Desde hace un tiempo la felicidad no es para ella, es cosa del ayer. Se revuelve en la cama y la sonrisa por un instante se nota más, asoma entre sus labios un destello y luego vuelve el gesto sereno, por poco perceptible, un atisbo de sonrisa.

La abuela se divierte con Lucio, que payasea como él sabe hacerlo. Es un momento exiguo, unos minutos, que por muy repetido no deja de ser breve, un flash. La campera negra, el pelo hasta los hombros, una mirada de soslayo, de circunstancia, y en la cabeza un gorro de lana rojo, que simula con ojos blancos, cejas negras y nariz amarilla un pajarraco, algo así. Y la abuela que detrás de sus anteojos no sabe qué decir en su disfrute. Graciela los mira, con el mate en la mano, está en el flash aunque la escena no la muestre. Es un sueño.
El sueño, inasible, tiene sin embargo una base cierta, un ancla en la memoria. Ella y su hijo y su madre son lo que han sido: carne, pensamiento e historia. Sueño breve, una ráfaga, pero con un claro contorno de consciencia.
Yendo hacia atrás, Lucio es flaquito, le sobra remera alrededor de las costillas y está sano. El pelo negro, casi largo, enmarca sus ojos profundos, que son desafiantes. Sostiene una bandera cuya leyenda es una advertencia: podrán ignorarnos, pero no callarnos. Graciela, sin que haga falta soñar, recuerda aquel día, cuando desde el oeste llegaron a la plaza los inundados, ellos, a hacer oír sus voces. A reforzar su dignidad, dirá ella, cuando el agua que invadió todo no se había retirado todavía. Porque eso también le pasa: la Marcha de las Antorchas es también Lucio, todo es Lucio si se pone a pensar.
Graciela parece despertar, pero no. Se da vuelta, cuando afuera el viento silba entre los cables y a través de las ramas sin hojas de los fresnos. Lucio sigue mirando serio, riendo por dentro, atento a las reacciones de su abuela. Le muestra su perfil izquierdo, el de la mancha color café en la mejilla. Graciela piensa en su Manchau, aunque para algunos Lucio sea Bonete y para otros Bruja, por sus épocas de mechas largas y rebeldes.
Tiene Lucio en el sueño el mismo gesto grave de aquellos días, todavía días de impunidad para los que se refugiaron en su asqueroso poder, cuando hubo que llevar los muertos a la plaza, nombrarlos. Las cruces blancas, una por cada uno de los que faltaron, mostraron lo que no muchos querían ver, y menos en ese lugar. El martillo golpeando sobre la madera y ésta penetrando la tierra que respira y se mueve, hinchándola por dentro. No hay huesos allí abajo, pues lo que se trasladó fue la memoria, que para desgracia de quienes no pueden caminar esas calles en paz es incesante.
El sueño es corto, es el show de entrecasa, y en su fugacidad no se ve más que al hombre, al hijo, en ese instante preciso, ante la abuela. Ocurre entre viaje y viaje del camionero que necesita de los caminos, más los de vuelta que los de ida, y que va escuchando a Hendrix o Motorhead Bastards, ese discazo.
Porque esa es otra, en la escena que recrea Graciela Lucio está vivo, aunque un día de septiembre tuvo que irse, justo a los 33. También hay consciencia de eso, de que en un cierto modo todavía anda por acá, tocando la guitarra o recomendando alguna vieja canción de Larralde. Graciela puede escuchar sin esfuerzo una voz que dice: así es el fulbo, m’hijo, o verlo tirado panza arriba con un libro de Borges en las manos, a veces echando el humo del cigarrillo con los ojos achinados.
Y en la lucidez extraña de la noche, mientras el viento se calma y deja lugar a un silencio un poco más perfecto, Graciela sabe, lo supo con el tiempo, que los días difíciles de la crecida, de la huida y de la lucha, eran difíciles, sí, pero tenía más fuerzas y estaban todos los suyos. Y un gesto fiero se le dibuja, la cara apoyada en la almohada, ante la angustia de saber que no es posible dar hasta lo que no se tiene por volver a aquellos días de luchas difíciles.
Nadie podría decir con precisión cuántas marchas fueron, ni mucho menos cuántas antorchas se encendieron. El fuego, tironeado por el viento, ese que allá afuera ahora se calmó, supo iluminar el oscuro palacio de calle San Jerónimo, pero no para concederle algún brillo, sino para dejarlo en evidencia, en contraste con su resplandor.
El payaseo del Manchau, sólo eso en la imagen, no deja lugar para tantas cosas que sin embargo están, se saben: las rondas de mates en los fríos 29 de abril, las charlas con los compañeros de la Carpa Negra, la causa que no avanza, la gente que a veces viene, pero a menudo no.
Después de aquellas primeras tenidas en la plaza la vida se llevó todo por delante, eso se nota demasiado. A todos. Igual, en la tibieza de las sábanas Graciela tiene todavía su sonrisa, una sonrisa de muchacha, que es quizás lo único que no se gasta si sueña con aquellas morisquetas.
Lucio solía tener la palabra justa, sobre las inundaciones las cosas eran claras: la naturaleza es sabia y el río alguna vez vendría a reclamar su valle, por eso no se lo puede culpar. Habrá entonces que mirar hacia quienes lo dejaron entrar así, violento, porque el río antes cumplió en avisar.
Y a esto, quizás, no lo supo Lucio: la naturaleza puede ser cruel y contradictoria, porque demasiado seguido quiebra una ley, la que dice que los viejos deben morirse primero. El pensamiento se rinde ante la experiencia cuando esa alteración se produce.

Al alba sale de su letargo el viento y una lluviecita suave pero persistente se le añade para adueñarse del paisaje, recordando aquel abril. Graciela tiene aún unos minutos para escuchar la risa de su madre ante otra salida de Lucio. Después abre los ojos y se queda mirando los haces de luz que se filtran por la persiana. Se levanta sin esfuerzo y se para frente al espejo. Sonríe, como antes. Se dice:
“Qué personaje este Lucio, toda la noche payaseando”.

1 comentario:

Marta Giavi dijo...

Gracias Daniel, has hecho que lágrimas se metieran en las comisuras de nuestras sonrisas.

Lucio

El verdadero cementerio es la memoria R.Walsh Duerme Graciela, se deja envolver por la tibieza de unas sábanas blancas, mientras afuera ...