viernes 7 de octubre de 2011

La contingencia y el método

Esto que sigue sucedió unas tardes atrás. La del viernes, para ser preciso. Iba por el centro tratando de guarecerme de la lluvia, rozando las paredes casi, esquivando a los caminantes que en sentido contrario también intentaban salir indemnes del aguacero. Hasta que divisé a pocos metros al profesor Varela, detrás de sus gafas oscuras. Al parecer me vio al mismo tiempo, a juzgar por su intempestiva detención. Abrió los brazos y sonrió, como quien se lleva una sorpresa grata. Un par de minutos más tarde ingresábamos a un bar, cambiando impresiones sobre el chaparrón y la consecuente disminución de la temperatura. Se lo notaba de inusual buen humor y lo explicó diciéndome que era viernes.
Claro, arriesgué, se viene el fin de semana… Pero negó, llevando su cara de izquierda a derecha y luego de nuevo a la izquierda, con lentitud.
Me hacen bien los viernes. Es el día de la diversión, informó.
Comprendió que debía seguir hablando porque el hecho de que fuese viernes no parecía alcanzar para justificar su estado, y menos estando de por medio el “contratiempo de la lluvia”, como había considerado al entrar al bar. Eso sin mencionar que se trataba de un hombre situado en las vísperas de una vejez que lo estaba alcanzando a paso rápido, mientras crecía hasta la desmesura su fama de cascarrabias.
Pasa, dijo, que estoy dando un tallercito. Varela acentuó la “i”, como mofándose de la palabra que acababa de pronunciar.
¿Tallercito? ¿Tallercito de qué?, pregunté.
Sonrió como quien es descubierto en plena travesura. Y explicó: en realidad le llamamos taller, pero es de todo menos taller. Te vas a reír, pero es un curso de seducción. Sí, así como lo oís: de seducción. Van unos tipos que pasaron los cuarenta, que ven que los cincuenta se vienen encima, y hay que ver el efecto que puede causar la confusión.
¿Eso le da gracia, profesor?, reprobé.
No. No es eso, contradijo. No es la desorientación que sufren, sino la manera en que lo manifiestan. Hay dos en particular, que vendrían a representar dos estilos definidos, antagónicos, si se quiere.
¿Antagónicos?
Sí. Son la contingencia y el método, el sombrero y los zapatos de goma, el sutil y el perseguidor…
Lo interrumpí. El entrevero de términos me impedía comprender. Varela se avino a “esclarecer” y dijo que iría “por partes”, frase que completó con un chiste gastado, que no le hacía honor a sus antecedentes, y que no viene al caso.
Te cuento primero del perseguidor, continuó el profesor. Este hombre es la contingencia caminando, por decirlo de alguna manera. Cuando amanece no tiene la menor idea de lo que va a hacer para conquistar a la mujer que no lo deja dormir, pero su instinto está dispuesto a todo. No tiene límites su voluntad, está atento, es como un cazador. Por eso lo defino como el hombre de los zapatos de goma: necesita sentirse cómodo porque es capaz de cruzar desiertos. No lo leyó, pero en eso piensa como Arlt: “El futuro es nuestro por prepotencia de trabajo”. Entonces, cuando pone en la mira a una mujer es temible: se le aparece por el trabajo con cualquier pretexto, que puede ser fumar un cigarrillo o tomar unos mates (con facturas que él ha comprado); se arrima a los amigos de ella, a quienes festeja como si fuesen ellos los sujetos a seducir; se anoticia de la música que le gusta o de la literatura que le atrae, y no repara en gastos para agasajarla. En una palabra, es la acción. Pero ojo, conoce sus limitaciones y eso lo hace fuerte. Es como el cántaro y la fuente. Encara, encara y encara, hasta que encuentra la grieta. Encarna, cabalmente, lo que se espera de un militante.
Un militante, repetí. Varela actuó como si no me hubiese escuchado, y comenzó con su explicación sobre “el hombre del sombrero”.
Es el turno del contrario, la antítesis del anterior. Lo suyo es el método, por eso lo llamo (sin que él lo sepa) el científico. Tiene el mismo objetivo que el militante, pero para llegar al resultado se ha trazado un camino, se ha fijado un conjunto de pautas preestablecidas. Es decir, tiene una secuencia que respeta a rajatabla, que no se modifica con ninguna coyuntura. Como buen científico, tiene una hipótesis: si determinado hecho ha causado un efecto en ensayos anteriores, y él considera que está en el rumbo correcto, sigue en la misma línea. Lo suyo es acción seguida de reacción, con su lógica y también su margen de error. Pero el método es su sino, su destino.
¿Y por qué eso de “el hombre del sombrero”?
Eso es una parte de su caracterización, que utiliza para interesar, por más de una razón. Le sirve para enmascarar su gusto por la estructura, le da un aire bohemio, por aquello del desuso en que ha caído el sombrero. Pero, además, el sombrero es caro. Funciona como un perfume francés, es un detalle sutil, que a la mayoría le pasa de largo, pero él busca afectar a una sola mujer y el resto nada le importa.
¿Qué es lo divertido de todo esto?, pregunté.
Su forma de actuar, contestó Varela, algo contrariado al comprobar que su relato no causaba el resultado que deseaba.
Cuente entonces cómo actúa…
Es más complejo de lo que parece. Hay que observarlo muy bien para darse cuenta, porque esconde más de lo que muestra. Tiene en alta estima a su persona (como casi todo el mundo), pero lo simula en la palabra, no en los hechos. Por ejemplo, habla con desdén de sus logros, se manifiesta sorprendido de lo mucho que aprecia el resto de la gente sus cualidades. Una frase dirigida a la mujer que pretende conquistar podría ser: “Me convocaron para hacer tal cosa (y seguidamente menciona una posibilidad que un ser humano común y silvestre envidiaría con enjundia), pero me toma tan de sorpresa que no sabría cuánto pedir a cambio”. Con esa simple frase logra un doble efecto: por un lado deja traslucir su valor, y por el otro lo desdeña, exhibiendo la humildad de los grandes hombres.
Varela se mostró satisfecho de su explicación, pero fue por más:
Y a la hora de los bifes, su ego le impide ser operativo. Es incapaz de decirle a la muchacha en cuestión: “Te invito al cine”. Su frase sería: “¿Qué película se puede ver el viernes?”. Como si esperase que a su sutileza le suceda un convite. Y lo que generalmente recibe es un “no sé” grande como un cine, o un silencio portentoso.
¿Y usted cómo los ayuda?, quise saber.
No los ayudo.
¿Cómo que no los ayuda?
Varela se sacó los anteojos y los posó sobre la mesa. Me miró con gesto de extrañeza, como si intentara desentrañar cuál era la trampa escondida en mi pregunta.
Primero, retomó, que yo sepa, en mi vida he seducido a nadie, mal podría enseñar a seducir. Apenas si deslizo de cuando en vez alguna frase hecha, sacada de un manual de autoayuda que compré por unas chirolas en una librería de viejo. Y segundo, si estuviese a mi alcance, a esos dos señores no los ayudaría aunque me pagasen.
¿Es gratuito el taller, entonces?
Claro que no. Precisamente, el militante y el científico son los únicos que no pagaron la matrícula.
¿Y por qué no los intima?
Porque sería robarles. Además, no te olvides de la diversión… Cada uno se cobra las deudas como puede…
Varela interrumpió el suave murmullo imperante en el bar con una estridente carcajada. Todas las miradas se dirigieron hacia nuestra mesa. Por la ventana podía observarse que ya no llovía.

1 comentarios:

andal13 dijo...

Sutil modo de divertirse un viernes.

La mía, la de leerte en una tardenoche lluviosa.