viernes 8 de agosto de 2008

Tristeza

Salgo a fumar y noto que hace más frío que quince minutos atrás. En la esquina, un cartel indica calle 3 de Febrero, y no hay otro. El paisaje es desolado y me pregunto en qué barrio estoy. Enciendo el cigarrillo y observo la casa de enfrente, en diagonal. Tan desolada como la esquina que habita, la casa está todavía a medio construir, pese a que la opacidad de los ladrillos revela que tiene ya varios años. Y no tiene puerta la casa, abandonada como está, porque donde una vez la hubo ahora hay un hueco remendado parecido a una ventana, sellada a su vez por cemento o tablas, no estoy seguro. Lo único que le otorga algo de vida al magro paisaje es una planta de color verde intenso, que sobresale de entre la ruinosa construcción y muestra una flor marchita de jazmín.
Entristece el aspecto de esa casa, y el de esa esquina, pienso, mientras camino algunos metros hacia la estación de trenes, alejándome de la clínica donde ella está ahora.
El frío me hace reconsiderar la idea de fumar, y vuelvo, casi decidido a tirar el cigarrillo para ingresar a esperarla en un ambiente menos hostil.
Entonces veo al cuidacoches y busco en mi mente, con ansiedad, un tema de conversación que me permita luego preguntarle cómo se llama el barrio.
El hombre, enfundado en un gorro de lana, con barba del día y abrigado, me facilita las cosas. Me dice que le parece que hace mucho frío y que no entiende la opinión de no sé quien, que le hizo notar que está muy abrigado, y que tampoco entiende por qué le dijo –el no sé quien- que cuando haga frío en serio no iba a poder calmar el frío si ahora que no hace tanto frío se emponcha tanto.
El hombre, con un gesto de tranquilidad inaudita, que inspira confianza, razona con simpleza que si hace frío no hay por qué sufrirlo teniendo abrigo, y si mañana hace más frío, habrá que ponerse todo lo que haya, y si no alcanza, bueno, se verá...
Lo observo, y él mira a un costado, hacia abajo, sin llegar a posar sus ojos en el suelo. Y me sigue contando su mundo y sus circunstancias, cosas que no entiendo porque habla bajito o porque pasa algún automóvil por la esquina de 3 de Febrero y la calle que estamos pisando.
Y me doy cuenta de que al salir de la clínica sentí mucha tristeza, pero no comparable con la que me genera ver al hombre que está hablando conmigo, y su situación triste.
Trato de encontrar un bache en su monólogo acompasado y le pregunto qué barrio es este. Me contesta que se llama San Lorenzo y me informa que hubo un metro y medio de agua durante las inundaciones.
Le pregunto si había llegado el agua a su casa, y no me dice nada. En cambio me cuenta que está cuidando autos, que está parado aunque le duelen los pies, y que tiene frío. Y que su familia no sabe de él hasta que vuelve, y que puede pasarle cualquier cosa. Como las que ya le pasaron.
A veces, me cuenta, anda la policía porque dicen que roban motos en el barrio, y que más de una vez se lo llevaron equivocado. Lo llevan a él, me cuenta, aunque está claro que el trapo rojo que tiene en la mano lo identifica como cuidador de autos. Y también me cuenta que en las razias llevan siempre a unas diez personas, que ni agua les dan, y que cuando los largan ni disculpas les piden. Por la equivocación, aclara.
Lo miro y me resulta increíble la paz que trasluce su mirada. Lo vuelvo a observar, él con los ojos clavados en algún punto del costado, abajo pero sin llegar al suelo, y siento a la tristeza envolverme y apretarme el cuello. Y concluyo que su mirada no transmite paz, sino resignación.
De repente, un hombre elegante sale de la clínica y se acerca a un lujoso Mercedes Benz negro, y el cuidador lo saluda con un cómo le va, jefe, y el hombre elegante se sube al auto luego de responder el saludo con familiaridad y arranca y se va, sin reparar en que le estuvieron cuidando el auto. No hubo una moneda.
El cuidacoches se acomoda el gorro y ya no me habla, y no sé por qué me meto en la clínica, porque ya no me molesta el frío.
Me siento en una silla, esperándola, y veo al hombre con su gorro de lana y su trapo rojo pasar por la esquina. Y me doy cuenta de que ahora estoy más triste que hace un rato.
Ella sale del consultorio y me regala una sonrisa nerviosa. Me anticipa, con la mirada, que tiene cosas por contar.
Vamos hasta el auto y busco al cuidacoches. No lo encuentro y vuelvo a recorrer con la vista la esquina desolada, la de la casa desolada, pero no lo veo. Entonces arranco, y conduzco hasta la esquina de la estación, y descubro que hay un hombre sentado en un umbral y tengo la esperanza de que sea el hombre que me cuidó el auto, pero no es. Y vuelvo a arrancar y doblo hacia la derecha. La miro a ella, que no se decide todavía a hablar. Me pregunto si podrá hacer que la tristeza se vaya.