viernes 18 de enero de 2008

Tristeza

Salgo a fumar y noto que hace más frío que quince minutos atrás. En la esquina, un cartel indica calle 3 de Febrero, y no hay otro. El paisaje es desolado y me pregunto en qué barrio estoy. Enciendo el cigarrillo y observo la casa de enfrente, en diagonal. Tan desolada como la esquina que habita, la casa está todavía a medio construir, pese a que la opacidad de los ladrillos revela que tiene ya varios años. Y no tiene puerta la casa, abandonada como está, porque donde una vez la hubo ahora hay un hueco remendado parecido a una ventana, sellada a su vez por cemento o tablas, no estoy seguro. Lo único que le otorga algo de vida al magro paisaje es una planta de color verde intenso, que sobresale de entre la ruinosa construcción y muestra una flor marchita de jazmín.
Entristece el aspecto de esa casa, y el de esa esquina, pienso, mientras camino algunos metros hacia la estación de trenes, alejándome de la clínica donde ella está ahora.
El frío me hace reconsiderar la idea de fumar, y vuelvo, casi decidido a tirar el cigarrillo para ingresar a esperarla en un ambiente menos hostil.
Entonces veo al cuidacoches y busco en mi mente, con ansiedad, un tema de conversación que me permita luego preguntarle cómo se llama el barrio.
El hombre, enfundado en un gorro de lana, con barba del día y abrigado, me facilita las cosas. Me dice que le parece que hace mucho frío y que no entiende la opinión de no sé quien, que le hizo notar que está muy abrigado, y que tampoco entiende por qué le dijo –el no sé quien- que cuando haga frío en serio no iba a poder calmar el frío si ahora que no hace tanto frío se emponcha tanto.
El hombre, con un gesto de tranquilidad inaudita, que inspira confianza, razona con simpleza que si hace frío no hay por qué sufrirlo teniendo abrigo, y si mañana hace más frío, habrá que ponerse todo lo que haya, y si no alcanza, bueno, se verá...
Lo observo, y él mira a un costado, hacia abajo, sin llegar a posar sus ojos en el suelo. Y me sigue contando su mundo y sus circunstancias, cosas que no entiendo porque habla bajito o porque pasa algún automóvil por la esquina de 3 de Febrero y la calle que estamos pisando.
Y me doy cuenta de que al salir de la clínica sentí mucha tristeza, pero no comparable con la que me genera ver al hombre que está hablando conmigo, y su situación triste.
Trato de encontrar un bache en su monólogo acompasado y le pregunto qué barrio es este. Me contesta que se llama San Lorenzo y me informa que hubo un metro y medio de agua durante las inundaciones.
Le pregunto si había llegado el agua a su casa, y no me dice nada. En cambio me cuenta que está cuidando autos, que está parado aunque le duelen los pies, y que tiene frío. Y que su familia no sabe de él hasta que vuelve, y que puede pasarle cualquier cosa. Como las que ya le pasaron.
A veces, me cuenta, anda la policía porque dicen que roban motos en el barrio, y que más de una vez se lo llevaron equivocado. Lo llevan a él, me cuenta, aunque está claro que el trapo rojo que tiene en la mano lo identifica como cuidador de autos. Y también me cuenta que en las razias llevan siempre a unas diez personas, que ni agua les dan, y que cuando los largan ni disculpas les piden. Por la equivocación, aclara.
Lo miro y me resulta increíble la paz que trasluce su mirada. Lo vuelvo a observar, él con los ojos clavados en algún punto del costado, abajo pero sin llegar al suelo, y siento a la tristeza envolverme y apretarme el cuello. Y concluyo que su mirada no transmite paz, sino resignación.
De repente, un hombre elegante sale de la clínica y se acerca a un lujoso Mercedes Benz negro, y el cuidador lo saluda con un cómo le va, jefe, y el hombre elegante se sube al auto luego de responder el saludo con familiaridad y arranca y se va, sin reparar en que le estuvieron cuidando el auto. No hubo una moneda.
El cuidacoches se acomoda el gorro y ya no me habla, y no sé por qué me meto en la clínica, porque ya no me molesta el frío.
Me siento en una silla, esperándola, y veo al hombre con su gorro de lana y su trapo rojo pasar por la esquina. Y me doy cuenta de que ahora estoy más triste que hace un rato.
Ella sale del consultorio y me regala una sonrisa nerviosa. Me anticipa, con la mirada, que tiene cosas por contar.
Vamos hasta el auto y busco al cuidacoches. No lo encuentro y vuelvo a recorrer con la vista la esquina desolada, la de la casa desolada, pero no lo veo. Entonces arranco, y conduzco hasta la esquina de la estación, y descubro que hay un hombre sentado en un umbral y tengo la esperanza de que sea el hombre que me cuidó el auto, pero no es. Y vuelvo a arrancar y doblo hacia la derecha. La miro a ella, que no se decide todavía a hablar. Me pregunto si podrá hacer que la tristeza se vaya.

12 comentarios:

Paloma dijo...

Muchas gracias por pasar y por felicitar. Me quedo leyéndote, permiso.
Saludos!

SUSANA dijo...

Germán: "Tristeza" salió de algún lugar, quizás estuviste ahí, ese día, quizás no.
Lo que me mueve en tu relato es la lupa que colocaste sobre una persona, un "invisible" de nuestra sociedad.
Hace años, una persona que había vivido mucho más que yo, me habló de la "invisibilidad", ese no existir para los demás,. Y en la categoría entraban viejos, pobres, y todos los estéticamente no aceptables.
Al principio me costó entenderlo. Hoy valoro, atesoro más bien, los relatos que tienen el inmenso valor de rescatar aquello que la mayoría desecha.

Tristeza habla de Vos, de ella, de un desconocido, de una casa sin terminar y del frío, todos testimoniando un momento de desolación.

Gracias por estas letras.

Natu dijo...

Muy buen relato.
Gracias por la visita.saludos!

rossana dijo...

Vengo curioseando por aquí, porque escribiste un comentario en lo de la flaca, y leo este relato, que parece una parte de la vida cotidiana y no una ficción. Me gustó mucho, aunque te deja ese sabor a tristeza...Pero la buena literatura no se hizo para calmar el dolor del alma. Te sigo leyendo. Un saludo

Sil.* dijo...

Bien Germán, quise devolverte tu visita y me sorprendí mucho. Esta mezcla de fotos con texto que hacés está por demás sutil. Comparto con Susana cando habla de invisibilidad para algunos. Y es que hasta nosotros mismos somos invisibles en algún momento para el resto.
Sigo tus pasos...
Besos
Sil

Loco Dulce De Leche dijo...

cuando el Nosotros, se transformo en Nos-otros solo queda la mandíbula dolorida por el golpe, y un "desolado paisajes de antenas y de cables"... Calle melancolia, será el nombre del cartel que no está?.

me encantó saludos.-

FLACA dijo...

Entré aquí con curiosidad a devolverte la visita.Había empezado el mate,porque es de tarde,y lo primero que iba a escribir era una pavada: la foto que aparece en tu perfil es exactamente lo mismo que yo veo cuando levanto los ojos del teclado.¿Podés creer que el rincón desde el que hablamos cada uno es exactamente igual, hasta con la impresora puesta en el mismo lugar?
Bueno, iba a decir eso que ahora dije, pero empecé a leer tu relato y me quedé muda.Se me quedó como un nudo desolado en la garganta que traté de desanudar mate tras mate leyendo sin poder parar tus otros cuentos de enero.Si fuera de noche,debería estar tomando un tintillo para digerir esto y, de paso, festejar. ¡Qué bien que escribís!, y cuánto me alegro de haberte conocido en el bar. Voy a andar seguido por aquí y, sin dudas, cuando te conozcan los de la cofradía no te van a dejar levantarte de la silla.

FLACA dijo...

Yo otra vez, para disipar la tristeza. Si querés reírte y encontrar el complemento poético a tu relato "El espacio entre tus tetas", leé "Eufemismo"( julio del 2007-etiqueta "Poemas") en Los divagues del Santi
http://divaguesdelsanti.blogspot.com
Creo que da para pensar que los hombres tienen una fijación con eso.

Chechu del viejo San Telmo dijo...

Germán:
Esas personas "invisibles"- como define Susana- son las que llaman mi atención al caminar completamente "distraída" (por llamarlo de alguna manera: en realidad voy escribiendo en mi cabeza, je) por la calle.
Me sentí en esa esquina... y ahora decime cómo me saco esa tristeza!
Besos

Itzara dijo...

gracias por tu visita,yo pase pero no pude quedarme el tiempo deseado..buscaré un hueco para leerte...un abrazo fuerte.

gabriel dijo...

Hablando de tristeza, creo que el relato ayuda al lector que tuviera tristeza a sentirse acompañado.

Anónimo dijo...

es la prueba fehaciente que en realidad y bajo ninguna discusion sos un gran escritor, gracias....