¿En qué pensás?, dijo él.Su voz sonó dura, pero clara, después de tomar ese café aguachento que significaba su ingreso a la jornada, cuando el mediodía estaba tan cerca que se podía palpar. Ella demoró en contestar, y lo hizo mediante un impulso eléctrico, alocado, cuando se dio cuenta de que unos segundos más de tardanza podrían ameritar una feroz trompada en la cara.
En nada.
La miró con una mezcla de desprecio y de lástima.
No se puede pensar en nada.
Ella se acomodó en la silla, que apenas aguantaba su peso. Sus muslos flácidos temblaban nerviosamente.
Pero yo no pienso en nada.
No había dejado de mirarla. Ahora el desprecio había desaparecido, y sólo sentía lástima.
Mejor que no pienses en nada...
Ella suspiró aliviada. Juntó las tazas, las enjuagó y las colocó boca abajo sobre un trapo.
Escuchame.
Esa voz dura seguía siendo perturbadora para ella. Sacudió las manos con suavidad, para no salpicar. Sabía de antemano lo que le iba a decir. Pero tenía la esperanza de que le dijera otra cosa, que le ordenara que cocine y que haga dormir a los chicos porque a la siesta iba a tener ganas.
¿Qué?
Vas a tener que salir más temprano.
Ella escuchaba esa frase a menudo. Nadie iba a parar a levantarla con la luz diurna, también lo sabía, pero qué iba a hacer…
Está bien.
Él sonrió, mecánicamente, aún sabiendo que nada mejoraría con su idea. Pero sonrió, y ella disfrutaba su sonrisa. Era una suerte de consuelo. Al menos, si él sonreía, no debía soportar su violencia.
Se agachó al costado de la garrafa de gas y sopesó la bolsa de papas. Había dos o tres, no más que eso, por lo que buscó, en un cajón montado sobre otro cajón, la bolsa de arroz. Había bastante. Él la observaba mientras fumaba un Derby arrugado que le había sobrado de la noche anterior.
¿Qué vas a cocinar?
Un guisito.
Calculó, él, que tenía más o menos una hora antes de sentarse a comer. Se levantó de la silla por primera vez en el día y salió caminando hacia el patio, donde sus cuatro hijos jugaban. Desde la puerta les gritó algo, por costumbre, y los chicos asintieron con gesto grave, salvador, también por costumbre. Ya se iba a tomar un aperitivo al barcito que lo veía transcurrir, pero se detuvo. Metió la mano en el bolsillo y sacó el bollito de billetes que a la madrugada ella había depositado en ese mismo bolsillo, sin necesidad de que nadie se lo recuerde.
Recontó la plata (era lo primero que hacía al despertar: contar la plata) y se quejó por lo bajo. Había dos billetes de diez pesos, uno de cinco y otro de dos. Agarró el de cinco y lo extendió ante los ojos de ella.
Comprá carne.
Luego se fue, con paso cansino, los hombros bien echados hacia atrás, con pretendida altivez, acomodándose el pelo engominado y silbando un tango cuyo ritmo, evidentemente, no dominaba bien.
La mujer se asomó a la ventana y al verlo desaparecer entre las callecitas de tierra llamó a sus hijos. Les dijo que los quería. Sólo en ausencia de él podía permitirse esa clase de demostraciones sin ser acusada de malcriarlos. Los mandó a la carnicería en busca de pulpa picada.
Salían los cuatro a cumplir el mandado cuando lo vieron, ella también, en el umbral de la puerta. Había vuelto. Lo esquivaron con delicadeza y él le acarició la cabeza a la nena, a la pasada, como con cariño.
A la siesta voy a tener ganas, así que hacé dormir a los guachos y bañate.
Ella ensayó una sonrisa, lo observó de arriba a abajo e intentó recordar cómo era aquello de desear. Recordaba, sí, que cuando eran novios no veía la hora de que él llegara a visitarla, de que se durmieran sus padres para entregársele de una vez, de que le apagara el fuego que se iniciaba en su entrepierna con sólo pensar en la vez anterior. No pudo recordar la sensación, pero igual sonrió. Y su hombre salió, ahora sí, a tomar su aperitivo al barcito.
Cuando volvió lo esperaba un plato de guiso servido hasta el tope, justo enfrente al de ella. Miró el tacho de lavar y comprendió que sus hijos ya habían comido, pues los platos sucios descansaban en el fondo del agua oscura, y que seguramente ya estaban acostados, amontonados, en la piecita del costado. Vaciaron cada uno su plato en silencio y después él encendió un Derby. Cuando terminó de pitar, se levantó con vigor.
Vamos a la pieza.
Ella se incorporó y lo siguió. Al llegar al camastro, él se sentó y comenzó a sacarse la ropa. Primero los zapatos, luego las medias y el pantalón, y finalmente la camisa. Ella se desvistió antes, desprendiéndose el vestido que, al caer, la acarició.
Estás gorda.
Se acostó al lado de él, y sintió ese olor que lo caracterizaba, mezcla de transpiración, humo y alcohol. No tenía ganas, ninguna... Entonces, buscó el resquicio que le facilitara la tarea.
¿Qué querés que te haga?
Él se enderezó apenas, colocando la almohada debajo de la cabeza, y con las manos se abrazó la nuca.
Chupamelá.
Ella buscó, mientras lo hacía, algún recuerdo que la alejara de ese lugar y de ese momento.
Ahora vení arriba.
Acató la orden y decidió terminar pronto la farsa. Primero en forma imperceptible, luego con mayor fuerza, dejó salir de su boca los gemidos adecuados para engañarlo, como si fuera uno de sus patéticos clientes. Luego se apartó, mientras él la miraba, satisfecho. Presintió lo que él iba a decirle, por lo que mentalmente realizó antes el recorrido: ir hasta la cocina, asomarse desde allí a la piecita de sus hijos, y volver.
Negra, alcanzame los puchos.
Tardó menos de un minuto, apurada por sentir esos ronquidos quejosos que nunca tardaban demasiado en llegar después del sexo y la fumada.
Necesitaba aprovechar el tiempo y fue hasta la piecita de los chicos. Como presumía, Angélica estaba despierta. La llamó con un gesto de su mano derecha y juntas fueron al patio, a sentarse debajo de un árbol. La nena, desde sus escasos diez años, actuaba como si fuera la madre de sus hermanitos, cuando su propia madre se iba a hacer la calle cada atardecer.
En silencio vieron pasar la siesta, y al sol dirigirse lenta pero decididamente hacia el oeste, hasta que la sombra del árbol comenzó a tocar la casilla, desde abajo, refrescando primero las chapas roñosas incrustadas en la tierra.
El placer callado terminó cuando él se levantó, dispuesto a iniciar su rosario de órdenes.
Prepará el mate.
Cuando él se fue, los chicos no tardaron en aparecer. Les preparó un mate cocido que sirvió tibio junto a unas galletas que había tenido la precaución de esconder de su marido. Ahí estaban todos juntos. Los disfrutó a su manera, con alegría y con dolor. Con un nudo en la garganta. Luego, lastimosamente, llegó el momento de partir. Se sacó el vestido holgado que la hacía sentir una señora, tal vez una madre, y se colocó una remera color rosa y el pantalón negro, ajustado, que mejoraba el aspecto de la carne a exhibir.
Abrazó con fuerza a sus hijos, les dijo por segunda vez en el día que los quería, y salió rumbo a avenida Freyre y Moreno, su esquina.
En el camino no podía dejar de pensar en sus temores, como cada vez que emprendía ese camino. La angustiaba una frase de su madre: un día vas a volver y te vas a encontrar con que este malparido le entregó la nena a alguno de sus secuaces.
Vencé el miedo, le había dicho su madre, porque lo único que le permite actuar así es tu miedo, había agregado su madre.
Su madre, pensó, no sabía de lo que hablaba porque no sufrió lo que ella sufría. Sólo ella sabía lo que dolían las palizas.
Vencé el miedo, vencelo, se decía.
Fue la primera en llegar a la esquina, como habitualmente sucedía. Todavía no había oscurecido, y los colectivos que surcaban la avenida hacia el norte iban repletos.
Una sonrisa tímida, aunque acompañada por una mirada que le pareció malévola, se abrió paso en su cara y se quedó.
Estoy loca, pensó. Tengo que hacerlo, se convenció.
Su primer cliente apareció poco después, a bordo de una camionetita que difícilmente fuese suya. Era apenas un muchacho, morocho, con la piel curtida por el sol, que le preguntó cuánto cobraba.
Ella le contestó con otra pregunta.
¿Tenés ganas de estar conmigo?
El muchacho respondió sí. Entonces ella abrió la puerta de la camionetita, se sentó a su lado y le sonrió.
A vos no te cobro nada.
La camioneta se puso en marcha y se alejó rápidamente de la esquina. Mientras acariciaba la pierna del conductor, intentó recordar cómo era aquello de desear.
14 comentarios:
Fuerte.Real.Atrapante.
asi me resulto tu historia.Con una sensibilidad agudisima esperando tras cada letra.
felicitaciones,disfruto mucho de tus palabras.
Me encantó. Me encanta cómo escribis. Cómo conducis suavemente al lector para rematarlo con un final que no está explicito pero que se vislumbra a lo largo de todo el texto.Es como una tristeza latente, en este caso.Siempre pense que "nada" es igual a "todo" ... al menos cuando se dice verbalmente.
yo tambien a veces me pregunto.... como era aquello de desear...
Este texto es brillante.
Definitivamente me encanta como escribes, gracias por tu visita. EN publicaciones antiguas tengo mas historias por si quieres leerlas. Yo seguire visitandote.
Un abrazo
Un texto fantastico.
Me gusta como lo finalizaste y como atrapas al lector a seguir leyendo palabra a palabra.
Nunca debemos perder el deseo...nunca.
Pero mi favorito sigue siendo "el espacio entre tus tetas"
Besos!
p/d: logro recordar ella como era ese sentimiento de "desear" ?
Qué historia!!! Y qué ciertas son las palabras plasmadas en un simple papel. Son más reales que, escucharlas dichas por algún protagonista... Yo también, me pregunto, y últimamente más todavía: ¿qué es desear?... Como siempre, te felicito, me encanta como escribís y cómo cada palabra, cada gesto, cada sentimiento, cada sensación; hasta los sonidos, los olores, los colores... se vuelven realidad a medida que mis ojos recorren cada mínimo detalle de tus escritos..... Te mando un beso. T.A.I
Dura historia que se repite bajo tantos atardeceres. Muy bien contada, a mi gusto.
Aquello de desear también puede perderse bajo techos en donde no hay violencia... Creo que es un fuego que ambos participes deben mantener encendido...
Van mis saludos y mi promesa de volver a leerte...
Muy bueno! Veo que no esquivas temas difíciles. Muy lograda esa sonrisa de la protagonista, antes de tomarse la revancha. Ironía que su vida de pareja fuera más prostitución que la de su oficio. Paradójico que fuera su profesión la que le permitiera la salida, una victoria. Te sigo leyendo. Cuando quieras, podés visitarme en El cristal con que se mira, si tenés tiempo para leer, además de escribir. También escribo cuentos. Saludos
Gracias, no sólo por pasarte por mi blog, sino por provocarme una sonrisa. Ahora, viene lo mejor, cada vez voy conociendo más y más blog interesantes.
uy dió, qué bueno es el relato. Ya me estoy suscribiendo :-)
muy bueno, realmente, espero que tu habilidad de escritor no quede encerrada en un blog, ojalá que sepas sacarlo más a la luz. Buena suerte!!!!
Aun tengo un nudo en la garganta y no lloro porque estoy en la oficina. (entre nosotros te cuento que se me cayeron algunas lágrimas)
Me gusta el relato, me gusta el cuento, tan real.
Me gusta la forma, el ritmo; me duele el tema, la realidad de la letra... y me duele que muchas mujeres sean tan cobardes, que no hayamos aprendido aún que somos igualmente dignas que nuestros compañeros varones (perdón, estoy tematizada)
Un abrazo amigo, Vale
Germán, respondiéndote con mayor precisión, éste y después Tristeza son los que más me gustan. Pero el que más, es éste. Saludos, delin(cuente...)
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