La acción transcurre en una habitación –supongamos el living de una casa sólida, bien arreglada, muy personal-. Una estantería con libros al costado. En la pared del fondo un cuadro grande: un original. En el medio de la escena una mesa baja donde se encuentra un libro y una pequeña caja, dos sillones donde se encuentran sentados ella y él: son hermanos y ambos han pasado los cincuenta años. La conversación transcurre “a media luz”, como en el consultorio de un sicoanalista. Se escucha muy quedo, al comienzo, la canción infantil “La loba”.
Hermana: Hace mucho que no nos vemos. Yo quiero hablar de lo que nos pasó. Por eso te llamé.
Hermano: (En todo se toma su tiempo, con una suerte de apatía). ¿De qué querés hablar?
Hermana: De tu hermana. Cuando me separé fui un mes a la casa donde ella vive por que me lo ofreció. Me salió más caro que el mejor hotel…: Viste que donde ve un tullido, una viuda, un canceroso, abre sus alas protectoras. Se siente bien. Como te decía, fui un mes hasta tanto me acondicionaran esta casa. Cuando me estaba mudando para aquí, noté que me faltaba una caja donde guardaba las fotos de la infancia. Le pregunté. Me dijo que no la había visto. Revisé la casa. No encontré nada. Cuando me venía, sentí olor a quemado que venía del patio del fondo. Fui a ver. Bueno, la pequeña había armado una fogata con la caja. Por eso corté mi relación con ella.
Hermano: De esa doña –que también es tu hermana, no te olvides- hay que saber cuidarse ¿No te lo dije?
Hermana: Bueno… Pensé que podía cambiar, que casarse, no importa con que ardid, a los cuarenta años podía cambiarle la vida. Hacerla menos ruin, menos tilinga… Pero me equivoqué.
Hermano: ¿No te lo dije yo? Hay gente que no cambia con nada. ¿Todavía te debe la plata de la fiesta de casamiento? ¿Y el viaje a Córdoba?
Hermana: Sí. Pero lo interpreté como un regalo forzado. No todo los días se casa una cuarentona, ¿no? Estoy un poco ansiosa. ¿No te molesta si fumo un cigarrillo?
Hermano: Si es uno nada más no me molesta. Sabés que me da náuseas el olor. Me hace más daño a mí que a vos.
Hermana: (imperativa) ¿Fumo o no?
Hermano: Fumá. Estás en tu casa. Supongo que no fumarás fuera de aquí. Pero no tendrías que fumar. El cigarrillo afea a una mujer. ¿Cuántos fumás al día?
Hermana: (Esquiva la pregunta). Algo. Según el día. (Enciende un cigarrillo que saca de la cajita que está sobre la mesa).
Hermano: ¿No te lo dije yo? Empezaste a fumar para joderla a mamá –que en paz descanse- y terminaste enviciada. Ya te dije que te iba a pasar eso. (Se para abruptamente y da una vuelta alrededor de la mesa y el sillón donde está sentada su hermana). Vos me ponés nervioso. Dame una pitada. (Fuma sin tragar el humo). Me da asco.
Hermana: ¿No seré yo la que te da asco? (Levanta un poco la voz). Todos ustedes me condenan porque hice mi vida. Nadie piensa en el hambre que pasé en Córdoba para poder recibirme. ¿Hubieran preferido que fuera una costurera como lo fue tu mujer? ¿O una mantenida como nuestra madre? Papá me envió dinero mientras vivió. ¿Y después que murió? Tuve que cuidar enfermos en hospitales. Noches en blanco, a mate amargo. Al alba, sin pegar un ojo, un baño en la miserable pensión donde vivía y a la facultad. Y a la tarde a estudiar. Los fines de semana, qué te creés, ¿Qué farreaba? Me desmayaba en la cama sábados y domingos, gracias al bromuro.
Hermano: (Vuelve a sentarse). Sé que te sacrificaste.
Hermana: Ajá. (Se sonríe). Después me casé aquí, con un abogado rico y todos muy contentos ¿No es así? Pero cuando me separé hace diez años nadie me preguntó nada. Se terminó el pariente rico. Se terminaron las comilonas que él pagaba…
Hermano: No te pregunté nada porque sabía que tu matrimonio no iba a funcionar. ¿No te lo dije?
Hermana: No te lo dije. No te lo dije. ¿Qué sos? ¿El oráculo de Delfos?
Hermano: No me hablés en difícil. No sé qué es el oráculo de Delfos. No leo libros como vos. Soy un comerciante decente. Soy un hombre decente.
Hermana: Ningún comerciante es decente. Pero eso, dejémoslo así.
Hermano: Yo vivo bien así. Estoy conforme con lo que soy. Desde que me volqué a la religión mi mente se tranquilizó.
Hermana: (Enciende otro cigarrillo). Ajá. Para eso sirven las religiones. Para tranquilizar. Para aprender a aceptar lo que venga. Pero vos muy piadoso no sos: vendés mercadería podrida. Le metés los cuernos a tu mujer… Cuando la pesqué a… bueno… nuestra hermana robándome la caja, que no tenía sólo las fotos de mi infancia: también tenía las cartas que me mandaba a Córdoba papá hablándome de ustedes… ¿Qué me importan las fotos de la infancia? Tengo buena memoria todavía. Pero las cartas sí. Las cartas sí. En ellas me hablaba de ustedes.
Hermano: ¿Qué decía de nosotros?
Hermana: No te lo voy a decir.
Hermano: ¿Qué es lo que decía de nosotros?
Hermana: No te lo voy a decir. No quiero ponerte nervioso. Tengo que pedirte un favor.
Hermano: ¿Qué decía?
Hermana: Te digo una sola cosa. Papá a todos les había puesto sobrenombres…
Hermano: ¿Cuál era el mío?
Hermana: Te lo digo pero no me preguntes más. El tuyo era “sábado inglés”.
Hermano: ¿Por qué?
Hermana: Porque no trabajabas. ¿No es gracioso?
Hermano: No le veo la gracia.
Hermana: Bueno. Eran cosas entre papá y yo.
Hermano: ¿Y a mamá como le decía?
Hermana: No. No. Esto está pasando de tono. No me preguntes más.
Hermano: Te lo pido por favor. Quiero saber.
Hermana: No.
Hermano: Es lo último que te pido. Vos me hablaste de un favor.
Hermana: Está bien. A mamá le decía “mi cuñada”.
Hermano: ¿Por qué?
Hermana: Porque a él le gustaba la tía Matilde. Y se acercó a mamá para entrar en la casa. ¡Pobre papá! Como quedó ensartado. Lo que puede una madre desesperada. ¿Con quien la iba a colocar a mamá?
Hermano: Sos cruel. No tendrías que hablar así. Por la memoria de mamá.
Hermana: No te preocupés. Ya están todos muertos, con sus amores y sus odios.
Hermano: No seas macabra. Yo creo en la otra vida.
Hermana: Vos me hiciste hablar. Jodete. Pero olvidemos este asunto de los sobrenombres y los amores desencontrados. ¿Por qué dejaste de saludarme?
Hermano: No te dejé de saludar. Simplemente tomé distancia. No quería estar en el medio.
Hermana: Todo en vos es tan saludable. En el fondo te envidio. Para mí todo es un infierno.
Hermano: Porque nadás contra la corriente. ¿No te lo dije?
Hermana: Algún día el mundo aceptará que puede haber una mujer inteligente. Mientras tanto sí, yo y otras como yo nadamos contra la corriente.
Hermano: La mujer es para la cocina, la casa, la cama.
Hermana: ¿Te parece? (Lo mira casi con curiosidad). Ya en el 19 hubo una primera huelga de costureras. Mucha agua pasó bajo los puentes hasta ahora, 1940. Se viene el fin del mundo. De este mundo. Espero vivir para verlo.
Hermano: El mundo está bien como está. Vos estás muy influenciada por los periódicos que recibís.
Hermana: Si te referís a los periódicos anarquistas, escribo en uno de ellos.
Hermano: ¡Ah! Ahora escribís…
Hermana: Siempre escribí. Pero nos estamos desviando mucho del tema de esta cita de domingo a la tarde. Como te dije antes necesito que me hagas un favor.
Hermano: ¿Qué necesitás? (Ya algo molesto).
Hermana: Que me prestes 500 pesos. Sé que los tenés en el banco. Tu mujer me lo dijo.
Hermano: No sé por qué te lo dijo, pero es cierto.
Hermana: (Lo corta). Yo te firmo un pagaré. Estoy endeudada por un hombre.
Hermano: ¿No te lo dije? Tu debilidad por los hombres te iba a perder. Seguro que era un pibe.
Hermana: Para vieja ya estoy yo. No es ese el punto.
Hermano: ¿Y por qué una deuda tan grande?
Hermana: Porque le compré un piano. Era un buen músico y componía en un piano de mierda.
Hermano: ¿Dónde lo conociste?
Hermana: En el hospital. Tenía tuberculosis.
Hermano: ¿Se murió?
Hermana: No. Se enamoró de una muchacha, como corresponde. Pero no quiero hablarte de eso. El dinero… ¿me lo prestás o no me lo prestás?
Hermano: A ese dinero lo tengo en el banco y no lo toco ni así se estuviera muriendo mi mujer.
Hermana: Te dije que te firmo un pagaré.
Hermano: No.
Hermana: Te lo devuelvo.
Hermano: No. Yo no presto plata.
Hermana: ¿Ni a mí? Me van a embargar el sueldo.
Hermano: ¿Qué te creés, turrita? ¿Que porque leo la Biblia soy un gil?
Hermana: (Suelta una carcajada).
Hermano: ¿De qué te reís?
Hermana: De vos. Todo lo que te conté es mentira. No necesito plata. Quería probarte, “sábado inglés”.
Hermano: ¿En qué, si puede saberse?
Hermana: (Está apasionada sin llegar a la exaltación). No me quisiste prestar plata. Bueno. Te voy a dar un cross en la mandíbula.
Hermano: (Piensa que está a salvo de todo). ¿Vos?
Hermana: Sí. Yo. Mirá, cuando yo estaba bien casada, mamá me pidió grandes cantidades de dinero.
Hermano: ¿Por qué?
Hermana: ¿Para qué va a ser?, infeliz. Para salvar tus deudas de juego. ¿De dónde pensás que ella sacaba la plata? Veo que te has quedado mudo. Yo no. Cada entrega está rigurosamente registrada, firmada.
Hermano: ¿Vos sos loca? ¿Cómo le ibas a hacer firmar un préstamo a mamá?
Hermana: En principio la plata no era mía, era de mi marido, y él me la facilitaba con esa condición. ¡Timbeabas lindo, hermano! ¡No te privaste de nada!
Hermano: ¡No te metás en mi vida!
Hermana: ¿Por qué? ¿La única vida que siempre está sobre la mesa de operaciones es la mía? (Permanece tranquila y parece rememorar con deleite). Continúo. En tu última broma, donde una prostituta que frecuentabas apareció muerta, y hubo que coimear a un juez y mandarte unos meses a Uruguay, ¿quién te creés que puso la plata?
Hermano: (Suda y se seca la cara). Sos una hiena.
Hermana: ¿Por qué? No estoy inventando nada. Todo eso pasó de verdad. ¿Vos te creíste que todo estaba olvidado y que todo fue gratis?
Hermano: ¿Y dónde están esos papeles?
Hermana: A buen recaudo. En el banco, como tu plata. ¿Pensabas en otra fogata?
Hermano: ¿Qué me vas a cobrar ahora?
Hermana: Nada, nada, todo se lo cobró mi ex marido. Los préstamos firmados por mamá llegaron a ser una cifra astronómica. ¿Cuánto pensás que sale coimear por una muerte? Abel pagó todo sin decir nada. Pero le hizo firmar a mamá la venta de las dos casas: la de barrio Candioti, donde vivís vos, y la de barrio Sur, donde vive tu hermana. Son mías. Abel me las cedió por la asistencia que le di a su madre durante su agonía. Yo lo único que hice fue esperar, como una araña.
Hermano: (Muy quedo). ¿Qué vas a hacer ahora?
Hermana: Resolví mudarme a la casa que ocupás, donde pasé mi infancia. El centro ya se ha puesto muy ruidoso. Tenés un mes para irte. La otra casa tal vez la venda. Tal vez vuelva a irme a Europa. Tal vez la done. No sé. No tengo hijos. Es mi intención que nada quede para los tuyos.
Se encienden a pleno las luces y los actores se paran y enfrentan al público.
Se escucha, como al principio, muy suave la canción infantil “La loba”.
(Madame Estela Figueroa es escritora y docente, y reside en la ciudad de Santa Fe).
(Roberto Arlt nació en Buenos Aires el 2 de abril de 1900 y murió en la misma ciudad el 26 de julio de 1942).
Hermana: Hace mucho que no nos vemos. Yo quiero hablar de lo que nos pasó. Por eso te llamé.
Hermano: (En todo se toma su tiempo, con una suerte de apatía). ¿De qué querés hablar?
Hermana: De tu hermana. Cuando me separé fui un mes a la casa donde ella vive por que me lo ofreció. Me salió más caro que el mejor hotel…: Viste que donde ve un tullido, una viuda, un canceroso, abre sus alas protectoras. Se siente bien. Como te decía, fui un mes hasta tanto me acondicionaran esta casa. Cuando me estaba mudando para aquí, noté que me faltaba una caja donde guardaba las fotos de la infancia. Le pregunté. Me dijo que no la había visto. Revisé la casa. No encontré nada. Cuando me venía, sentí olor a quemado que venía del patio del fondo. Fui a ver. Bueno, la pequeña había armado una fogata con la caja. Por eso corté mi relación con ella.
Hermano: De esa doña –que también es tu hermana, no te olvides- hay que saber cuidarse ¿No te lo dije?
Hermana: Bueno… Pensé que podía cambiar, que casarse, no importa con que ardid, a los cuarenta años podía cambiarle la vida. Hacerla menos ruin, menos tilinga… Pero me equivoqué.
Hermano: ¿No te lo dije yo? Hay gente que no cambia con nada. ¿Todavía te debe la plata de la fiesta de casamiento? ¿Y el viaje a Córdoba?
Hermana: Sí. Pero lo interpreté como un regalo forzado. No todo los días se casa una cuarentona, ¿no? Estoy un poco ansiosa. ¿No te molesta si fumo un cigarrillo?
Hermano: Si es uno nada más no me molesta. Sabés que me da náuseas el olor. Me hace más daño a mí que a vos.
Hermana: (imperativa) ¿Fumo o no?
Hermano: Fumá. Estás en tu casa. Supongo que no fumarás fuera de aquí. Pero no tendrías que fumar. El cigarrillo afea a una mujer. ¿Cuántos fumás al día?
Hermana: (Esquiva la pregunta). Algo. Según el día. (Enciende un cigarrillo que saca de la cajita que está sobre la mesa).
Hermano: ¿No te lo dije yo? Empezaste a fumar para joderla a mamá –que en paz descanse- y terminaste enviciada. Ya te dije que te iba a pasar eso. (Se para abruptamente y da una vuelta alrededor de la mesa y el sillón donde está sentada su hermana). Vos me ponés nervioso. Dame una pitada. (Fuma sin tragar el humo). Me da asco.
Hermana: ¿No seré yo la que te da asco? (Levanta un poco la voz). Todos ustedes me condenan porque hice mi vida. Nadie piensa en el hambre que pasé en Córdoba para poder recibirme. ¿Hubieran preferido que fuera una costurera como lo fue tu mujer? ¿O una mantenida como nuestra madre? Papá me envió dinero mientras vivió. ¿Y después que murió? Tuve que cuidar enfermos en hospitales. Noches en blanco, a mate amargo. Al alba, sin pegar un ojo, un baño en la miserable pensión donde vivía y a la facultad. Y a la tarde a estudiar. Los fines de semana, qué te creés, ¿Qué farreaba? Me desmayaba en la cama sábados y domingos, gracias al bromuro.
Hermano: (Vuelve a sentarse). Sé que te sacrificaste.
Hermana: Ajá. (Se sonríe). Después me casé aquí, con un abogado rico y todos muy contentos ¿No es así? Pero cuando me separé hace diez años nadie me preguntó nada. Se terminó el pariente rico. Se terminaron las comilonas que él pagaba…
Hermano: No te pregunté nada porque sabía que tu matrimonio no iba a funcionar. ¿No te lo dije?
Hermana: No te lo dije. No te lo dije. ¿Qué sos? ¿El oráculo de Delfos?
Hermano: No me hablés en difícil. No sé qué es el oráculo de Delfos. No leo libros como vos. Soy un comerciante decente. Soy un hombre decente.
Hermana: Ningún comerciante es decente. Pero eso, dejémoslo así.
Hermano: Yo vivo bien así. Estoy conforme con lo que soy. Desde que me volqué a la religión mi mente se tranquilizó.
Hermana: (Enciende otro cigarrillo). Ajá. Para eso sirven las religiones. Para tranquilizar. Para aprender a aceptar lo que venga. Pero vos muy piadoso no sos: vendés mercadería podrida. Le metés los cuernos a tu mujer… Cuando la pesqué a… bueno… nuestra hermana robándome la caja, que no tenía sólo las fotos de mi infancia: también tenía las cartas que me mandaba a Córdoba papá hablándome de ustedes… ¿Qué me importan las fotos de la infancia? Tengo buena memoria todavía. Pero las cartas sí. Las cartas sí. En ellas me hablaba de ustedes.
Hermano: ¿Qué decía de nosotros?
Hermana: No te lo voy a decir.
Hermano: ¿Qué es lo que decía de nosotros?
Hermana: No te lo voy a decir. No quiero ponerte nervioso. Tengo que pedirte un favor.
Hermano: ¿Qué decía?
Hermana: Te digo una sola cosa. Papá a todos les había puesto sobrenombres…
Hermano: ¿Cuál era el mío?
Hermana: Te lo digo pero no me preguntes más. El tuyo era “sábado inglés”.
Hermano: ¿Por qué?
Hermana: Porque no trabajabas. ¿No es gracioso?
Hermano: No le veo la gracia.
Hermana: Bueno. Eran cosas entre papá y yo.
Hermano: ¿Y a mamá como le decía?
Hermana: No. No. Esto está pasando de tono. No me preguntes más.
Hermano: Te lo pido por favor. Quiero saber.
Hermana: No.
Hermano: Es lo último que te pido. Vos me hablaste de un favor.
Hermana: Está bien. A mamá le decía “mi cuñada”.
Hermano: ¿Por qué?
Hermana: Porque a él le gustaba la tía Matilde. Y se acercó a mamá para entrar en la casa. ¡Pobre papá! Como quedó ensartado. Lo que puede una madre desesperada. ¿Con quien la iba a colocar a mamá?
Hermano: Sos cruel. No tendrías que hablar así. Por la memoria de mamá.
Hermana: No te preocupés. Ya están todos muertos, con sus amores y sus odios.
Hermano: No seas macabra. Yo creo en la otra vida.
Hermana: Vos me hiciste hablar. Jodete. Pero olvidemos este asunto de los sobrenombres y los amores desencontrados. ¿Por qué dejaste de saludarme?
Hermano: No te dejé de saludar. Simplemente tomé distancia. No quería estar en el medio.
Hermana: Todo en vos es tan saludable. En el fondo te envidio. Para mí todo es un infierno.
Hermano: Porque nadás contra la corriente. ¿No te lo dije?
Hermana: Algún día el mundo aceptará que puede haber una mujer inteligente. Mientras tanto sí, yo y otras como yo nadamos contra la corriente.
Hermano: La mujer es para la cocina, la casa, la cama.
Hermana: ¿Te parece? (Lo mira casi con curiosidad). Ya en el 19 hubo una primera huelga de costureras. Mucha agua pasó bajo los puentes hasta ahora, 1940. Se viene el fin del mundo. De este mundo. Espero vivir para verlo.
Hermano: El mundo está bien como está. Vos estás muy influenciada por los periódicos que recibís.
Hermana: Si te referís a los periódicos anarquistas, escribo en uno de ellos.
Hermano: ¡Ah! Ahora escribís…
Hermana: Siempre escribí. Pero nos estamos desviando mucho del tema de esta cita de domingo a la tarde. Como te dije antes necesito que me hagas un favor.
Hermano: ¿Qué necesitás? (Ya algo molesto).
Hermana: Que me prestes 500 pesos. Sé que los tenés en el banco. Tu mujer me lo dijo.
Hermano: No sé por qué te lo dijo, pero es cierto.
Hermana: (Lo corta). Yo te firmo un pagaré. Estoy endeudada por un hombre.
Hermano: ¿No te lo dije? Tu debilidad por los hombres te iba a perder. Seguro que era un pibe.
Hermana: Para vieja ya estoy yo. No es ese el punto.
Hermano: ¿Y por qué una deuda tan grande?
Hermana: Porque le compré un piano. Era un buen músico y componía en un piano de mierda.
Hermano: ¿Dónde lo conociste?
Hermana: En el hospital. Tenía tuberculosis.
Hermano: ¿Se murió?
Hermana: No. Se enamoró de una muchacha, como corresponde. Pero no quiero hablarte de eso. El dinero… ¿me lo prestás o no me lo prestás?
Hermano: A ese dinero lo tengo en el banco y no lo toco ni así se estuviera muriendo mi mujer.
Hermana: Te dije que te firmo un pagaré.
Hermano: No.
Hermana: Te lo devuelvo.
Hermano: No. Yo no presto plata.
Hermana: ¿Ni a mí? Me van a embargar el sueldo.
Hermano: ¿Qué te creés, turrita? ¿Que porque leo la Biblia soy un gil?
Hermana: (Suelta una carcajada).
Hermano: ¿De qué te reís?
Hermana: De vos. Todo lo que te conté es mentira. No necesito plata. Quería probarte, “sábado inglés”.
Hermano: ¿En qué, si puede saberse?
Hermana: (Está apasionada sin llegar a la exaltación). No me quisiste prestar plata. Bueno. Te voy a dar un cross en la mandíbula.
Hermano: (Piensa que está a salvo de todo). ¿Vos?
Hermana: Sí. Yo. Mirá, cuando yo estaba bien casada, mamá me pidió grandes cantidades de dinero.
Hermano: ¿Por qué?
Hermana: ¿Para qué va a ser?, infeliz. Para salvar tus deudas de juego. ¿De dónde pensás que ella sacaba la plata? Veo que te has quedado mudo. Yo no. Cada entrega está rigurosamente registrada, firmada.
Hermano: ¿Vos sos loca? ¿Cómo le ibas a hacer firmar un préstamo a mamá?
Hermana: En principio la plata no era mía, era de mi marido, y él me la facilitaba con esa condición. ¡Timbeabas lindo, hermano! ¡No te privaste de nada!
Hermano: ¡No te metás en mi vida!
Hermana: ¿Por qué? ¿La única vida que siempre está sobre la mesa de operaciones es la mía? (Permanece tranquila y parece rememorar con deleite). Continúo. En tu última broma, donde una prostituta que frecuentabas apareció muerta, y hubo que coimear a un juez y mandarte unos meses a Uruguay, ¿quién te creés que puso la plata?
Hermano: (Suda y se seca la cara). Sos una hiena.
Hermana: ¿Por qué? No estoy inventando nada. Todo eso pasó de verdad. ¿Vos te creíste que todo estaba olvidado y que todo fue gratis?
Hermano: ¿Y dónde están esos papeles?
Hermana: A buen recaudo. En el banco, como tu plata. ¿Pensabas en otra fogata?
Hermano: ¿Qué me vas a cobrar ahora?
Hermana: Nada, nada, todo se lo cobró mi ex marido. Los préstamos firmados por mamá llegaron a ser una cifra astronómica. ¿Cuánto pensás que sale coimear por una muerte? Abel pagó todo sin decir nada. Pero le hizo firmar a mamá la venta de las dos casas: la de barrio Candioti, donde vivís vos, y la de barrio Sur, donde vive tu hermana. Son mías. Abel me las cedió por la asistencia que le di a su madre durante su agonía. Yo lo único que hice fue esperar, como una araña.
Hermano: (Muy quedo). ¿Qué vas a hacer ahora?
Hermana: Resolví mudarme a la casa que ocupás, donde pasé mi infancia. El centro ya se ha puesto muy ruidoso. Tenés un mes para irte. La otra casa tal vez la venda. Tal vez vuelva a irme a Europa. Tal vez la done. No sé. No tengo hijos. Es mi intención que nada quede para los tuyos.
Se encienden a pleno las luces y los actores se paran y enfrentan al público.
Se escucha, como al principio, muy suave la canción infantil “La loba”.
(Madame Estela Figueroa es escritora y docente, y reside en la ciudad de Santa Fe).
(Roberto Arlt nació en Buenos Aires el 2 de abril de 1900 y murió en la misma ciudad el 26 de julio de 1942).
1 comentarios:
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